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«Tesoros de la Fe» Nº 133 > Tema “San Francisco de Sales”

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¿Nunca es lícito juzgar a los demás?


Luis Sergio Solimeo


En el ambiente de relativismo filosófico y moral en que hoy vivimos, cuando criticamos acciones o conductas objetivamente inmorales como el aborto, los actos homosexuales, el adulterio y otros más, a menudo oímos a alguien citando las palabras del Divino Salvador, “no juzguéis”.1

Lo absurdo de no juzgar

Sin embargo, tal interpretación literal y fuera de contexto de estas palabras lleva a una conclusión absurda. Porque si no pudiésemos juzgar las acciones de los demás, ello equivaldría a negar que los principios morales puedan ser aplicados en la práctica, a pesar de que deben ser aceptados en la teoría. La consecuencia final es que la moral no tendría sentido como criterio para guiar las acciones humanas. Esto nos lleva al subjetivismo más completo, un caos campal en que cada uno hace lo que se le antoje.

Cuando el Divino Maestro fue al templo, vio que habían hecho de él una cueva de ladrones, y Jesús “echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas” (Mt 21, 12)


Esto también hace que la gente pierda completamente el sentido moral, y es quizás una de las causas de la amoralidad de nuestra época actual.

Dado que las personas piadosas se vuelven inseguras cuando reciben como argumento el “no juzguéis”, vamos a examinar más de cerca lo que realmente significa.

¿El Evangelio prohíbe juzgar?

Juzgar a los demás es condenado en una parte del Sermón de la Montaña, en el que Jesús nos enseña cómo proceder para alcanzar la perfección. Después de tratar de las Bienaventuranzas y condenar el asesinato, el adulterio, el perjurio, y mandarnos amar a nuestro prójimo y evitar la ostentación, Nuestro Señor se ocupa de los juicios sobre los demás.

Él prohíbe juzgar a los demás en forma injusta y malintencionada, ya que esto se volverá contra nosotros: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”.2

Sería hipócrita condenar a otros por culpas en las que nosotros mismos incurrimos, sin buscar previamente erradicarlas de nuestro propio comportamiento: “¿Por qué te fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Déjame que te saque la paja del ojo’, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la paja del ojo de tu hermano”.3

Objetivamente las acciones inmorales deben ser condenadas

Cuando se trata de defectos secundarios o acciones ambiguas que se prestan a diversas interpretaciones, debemos estar preparados para evitar interpretarlos negativamente tanto cuanto sea posible. Sin embargo, cuando estamos ante acciones claramente opuestas a los principios de la moral, o acciones escandalosas, no debemos dejar de hacer un juicio moral estricto.

Esto es lo que San Agustín explica al analizar este pasaje del Evangelio:

“Supongo que este mandamiento no significa otra cosa que siempre debemos dar la mejor interpretación a las acciones cuya intención es dudosa. Pero en lo que se refiere a aquellas que no pueden realizarse con un buen propósito, como los adulterios, las blasfemias y similares, nos permite juzgar; en cuanto a acciones indiferentes [en sí mismas] que admiten buena o mala intención, es temerario juzgar, y especialmente hacerlo para condenar”.4

Moisés con las tablas de los Diez Mandamientos. Moisés arrojó las tablas de los mandamientos de Dios porque “este pueblo ha cometido un pecado gravísimo” (Éx 32, 31).

Y en otro sermón, el santo presenta otro aspecto de la cuestión diciendo:

“En cuanto a esas cosas, entonces, que son conocidas para Dios, desconocidas para nosotros, juzgamos a nuestros prójimos a nuestro propio riesgo. De éstos el Señor ha dicho: ‘No juzguéis, para que no seáis juzgados’. Pero en cuanto a las cosas que son maldades abiertas y públicas, podemos y debemos juzgar y reprender, pero aun con caridad y amor, no odiando al hombre sino el pecado, detestando no al hombre vicioso sino el vicio, la enfermedad más que al hombre enfermo. Porque a menos que el adúltero público, ladrón, borracho habitual, traidor o soberbio sean juzgados y castigados, se cumplirá en ellos lo que el bienaventurado mártir Cipriano ha dicho: ‘El que tranquiliza a un pecador con palabras lisonjeras, le da el combustible para su pecado’ ”.5

Juzgar conforme a la Verdad

El precepto evangélico no es, por tanto, que nos abstengamos de juzgar y condenar aquellos actos que son objetivamente malos, sino que lo hagamos conforme a la regla dada por el propio Salvador: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con un juicio justo”.6

Por lo tanto, aquellos que citan las palabras del Salvador a fin de imponer un estado de amoralidad completa en el que nadie juzgue a nadie, y en que todos acepten, en la práctica, los peores atropellos morales en una actitud de completo subjetivismo y relativismo moral, están simplemente equivocados. 


Notas.-

1. Mt 7, 1.
2. Mt 7, 1-2.
3. Mt 7, 3-5.
4. De Sermone Domini in Monte secundum Matthaeum, II, 18.
5. Sermo 202 de Tempore.
6 Jn 7, 24.



  




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