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«Tesoros de la Fe» Nº 249

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En la lucha contra el jefe del orgullo sigamos al Príncipe San Miguel

(“Catolicismo”, nº 9, setiembre de 1951, p. 1-2)

Plinio Corrêa de Oliveira

El 29 de setiembre, la Santa Iglesia celebrará la fiesta de san Miguel Arcángel. En el pasado, esta fecha estuvo marcada por la piedad de los fieles. Hoy en día, por desgracia, pocos son los que la toman como una ocasión especial para rendir culto al Príncipe de la Milicia Celestial. Sin embargo, como veremos, el culto a san Miguel, vigente para todos los pueblos en todos los tiempos, tiene títulos muy especiales para ser practicado con particular fervor en nuestros días.

Modelo de humildad

La Santa Iglesia venera a san Miguel Arcángel, principalmente, como modelo de la humildad cristiana. Lucifer rechazó el homenaje que el Altísimo le exigía. San Miguel, acompañado de los ángeles que permanecieron fieles, prestó ese homenaje. Mientras que Lucifer personifica a la Revolución, san Miguel personifica el espíritu de jerarquía y de disciplina que es la quintaesencia de la humildad cristiana. En una época profundamente socavada por el espíritu de la revolución, cuando todos los poderes legítimos, sea en el orden espiritual, sea en lo político, social, económico o familiar, son objeto de un odio y de una desconfianza generalizada, es especialmente difícil para un católico conservar intacto el espíritu de jerarquía que, en todos los campos de la actividad, es la nota distintiva de un verdadero cristiano. Sin embargo, la alternativa es inexorable. O tenemos el espíritu de jerarquía que caracterizó a san Miguel, o nuestro espíritu es el de Lucifer. El patronazgo de san Miguel es, pues, singularmente precioso para quienes quieren permanecer fieles a la ortodoxia, a la genuina doctrina de la Iglesia Católica, en todos los puntos atacados por el espíritu de revuelta.

Modelo de combatividad

San Miguel es asimismo el modelo del guerrero cristiano, por la fortaleza que demostró al arrojar al infierno a las legiones de espíritus malditos. Es el guerrero de Dios, que no tolera que la Majestad divina sea contestada u ofendida en su presencia, y que está dispuesto en todo momento a empuñar la espada para aplastar a los enemigos del Altísimo. Él nos enseña que al católico no le basta con hacer el bien: también tiene el deber de combatir el mal. Y no solo un mal abstracto, sino el mal tal y como existe en los impíos y pecadores. Pues san Miguel no arrojó al infierno el mal como un principio, una mera concepción de la inteligencia, ni los principios y concepciones meramente intelectuales son susceptibles de ser quemados por el fuego eterno. Fue a Lucifer y a sus secuaces a quienes arrojó al infierno, pues odiaba el mal como existente en ellos, amado por ellos. Vivimos en una época de profundo liberalismo religioso. Pocos son los cristianos que tienen la idea de pertenecer a una Iglesia militante, tan militante en la tierra como lo fueron san Miguel y los Ángeles fieles en el cielo. También nosotros debemos saber aplastar la insolencia de la impiedad. También nosotros debemos oponer al adversario una resistencia tenaz, atacarlo en sus posiciones, expulsarlo y reducirlo a la impotencia. San Miguel, en esta lucha, no debe ser solamente nuestro modelo, sino nuestro auxilio. La lucha entre San Miguel y Lucifer no ha cesado, sino que se extiende a lo largo de los siglos. Él ayuda a todos los cristianos en los combates que emprenden contra el poder de las tinieblas.

Protector de la Santa Iglesia

No es de extrañar, por lo tanto, que San Miguel haya sido considerado patrono de la antigua Sinagoga. Esta fue una prefigura de la Iglesia Católica. Y a ese título era la organización militante de todos los hijos de Dios. Por ello, los que luchan por la Iglesia hoy en día pueden venerar a San Miguel como su patrono, al igual que lo hacían los antiguos judíos. Este patrocinio es especialmente sensible en un punto. Es en la lucha contra la masonería. En efecto, la masonería no es más que la anti-Iglesia, constituida por el poder de las tinieblas para socavar y destruir la civilización cristiana, como medio para reducir al mínimo la influencia de la Iglesia y perder el mayor número de almas. Está bien visto que la masonería es satánica en su espíritu, su programa, sus métodos. Y así, San Miguel es por excelencia el patrono de los que luchan contra esta secta infernal.

Protector de los moribundos

Se admite generalmente que el demonio, deseoso de perder las almas, descarga contra ellas tremendas tentaciones en el momento de la muerte. Por eso, en la oración por los agonizantes, la Santa Iglesia incluye una invocación a San Miguel, pidiéndole que abra las puertas del Cielo para el moribundo. Así pues, San Miguel Arcángel debe ser invocado a este título, y muy asiduamente, por todos los fieles, y en especial por aquellos que tienen algún motivo más particular para sentir que su vida está en peligro.

Modelo de los adoradores eucarísticos

En nuestros días, la piedad eucarística ha alcanzado un grado de desarrollo admirable.

Las asociaciones destinadas a promover la adoración al Santísimo Sacramento se multiplican por doquier. En varias ciudades existe la obra de la Adoración Perpetua, organizada por los beneméritos Padres Sacramentinos. De este modo, se presta a Dios un culto que le es sumamente grato y, al mismo tiempo, se repara la inmensa cantidad de pecados y de ultrajes que se cometen constantemente contra la Majestad divina. Ahora bien, aún a este título San Miguel Arcángel tiene una relación especial con la piedad de nuestro tiempo. En efecto, es el modelo de los adoradores eucarísticos. Conocemos por la Sagrada Escritura que San Miguel asiste perpetuamente junto al trono de Dios, presidiendo el culto de adoración que se le tributa al Altísimo y ofreciéndole las oraciones de los santos, simbolizadas por el incienso cuyo humo asciende a los cielos. Por lo tanto, es muy justo ver en él al modelo de los adoradores eucarísticos.

Patrono de la lucha contra el comunismo

Estos comentarios sobre la devoción a san Miguel Arcángel serían incompletos si no contuvieran una referencia a la magnífica oración en alabanza suya, que León XIII quiso que se recitara en todo el orbe católico, después de la misa, por el celebrante arrodillado a los pies del altar. Es sabido que el propósito de esta oración era obtener una solución a la cuestión romana, que mantenía en litigio a la Santa Sede y a Italia desde la conquista de Roma por las tropas garibaldinas. Lo que parecía imposible para la sabiduría humana fue obtenido gracias a las oraciones de toda la Iglesia. El Tratado de Letrán (1929) puso término a la espinosa cuestión. Después de esto, Pío XI dispuso que esta oración se rezara por la conversión de Rusia y la derrota mundial del comunismo. El comunismo constituye, en nuestros días, un tremendo peligro que pone en sobresalto a todas las naciones de la tierra. Por su ateísmo radical, por el espíritu de revuelta que preside toda su concepción de la sociedad, de la cultura, de la economía y de la vida en general, es nítidamente diabólico. Por ello, san Miguel Arcángel es el patrono naturalmente indicado para la lucha contra el comunismo.

Así debemos hacer nuestro el propósito expresado en el himno que la Sagrada Liturgia canta en alabanza a san Miguel en su fiesta: “Contra ducem superbiae sequamur hunc nos principem, ut detur ex Agni throno nobis corona gloriae”: en la lucha contra el jefe del orgullo, sigamos al príncipe san Miguel, para que del trono del Cordero nos llegue la corona de gloria.



  




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