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«Tesoros de la Fe» Nº 219

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¿Con la abstinencia de carne la Iglesia favorece el veganismo?

PREGUNTA

¿Por qué la Iglesia prohíbe comer carne los días de ayuno y los viernes? ¿Al hacerlo, no muestra cierta reserva a este alimento, dando razón a los adeptos de la dieta vegana?

Le pregunto esto porque un compañero de trabajo, que es vegetariano, me hizo este comentario y yo no supe qué responder. Gracias.

RESPUESTA

Padre David Francisquini

La disciplina actual de la Iglesia latina impone a los fieles “abstenerse de comer carne y ayunar en los días establecidos por la Iglesia” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2043). El ayuno y la abstinencia son obligatorios el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo; y la mera abstinencia todos los viernes del año, salvo que coincidan con una solemnidad, conforme el canon 1251 (Código de Derecho Canónico). Sin embargo, por disposición de la Conferencia Episcopal, los fieles en el Perú pueden sustituir la abstinencia de carne de los viernes por “prácticas de piedad, mortificaciones corporales concretas, abstención de bebidas alcohólicas, tabaco, espectáculos, etc.” (Documentos de la Conferencia Episcopal Peruana, 1979-1989, p. 323).

Antiguamente, la obligación de la abstinencia comenzaba con el uso de razón, o sea, a los siete años, pero actualmente se exige a partir de los catorce años de edad, y va hasta el fin de la vida (el ayuno es obligatorio solamente entre los 18 y 59 años). De la obligación de la abstinencia —la cual rige bajo pena de pecado mortal— están dispensados los enfermos, los obreros que realizan trabajos arduos, los soldados en campaña y los pobres y viajeros que no disponen de otros alimentos.

Interesa destacar que la obligación de la abstinencia de carne es una costumbre multisecular en la Iglesia, confirmada por la ley eclesiástica. Su finalidad es ayudarnos a mortificar nuestro cuerpo y dominar las pasiones. Tal obligación no es de derecho natural; o sea, aunque el derecho natural obligue a los pecadores a que hagan penitencia por sus pecados, no les impone ningún medio específico para ello. Después de la venida de Nuestro Señor Jesucristo, esa obligación dejó de ser de derecho divino. Antes ocurría esto con la ley mosaica, que prohibía a los judíos el consumo de ciertos alimentos.

En la ley de la abstinencia de carne no entra, por lo tanto, aversión alguna de la Iglesia con relación a la carne como alimento, ni a su consumo por el hombre, contrariamente a lo afirmado de modo erróneo por el compañero de trabajo de nuestra consultante y por los que otrora sustentaban algunas herejías (como la de los maniqueos, según los cuales la carne y todo el mundo material eran una cosa mala en sí misma). Al contrario, el Génesis nos dice que cada categoría de seres creados fue considerada buena por Dios; y en la narración referente al sexto día de la Creación, agrega: “Vio Dios todo lo que había hecho, y era bueno” (1, 31).

No llames impuro lo que Dios ha purificado

En cuanto a servirse de la carne como alimento, Dios lo autorizó expresamente a Noé y a sus hijos después del Diluvio, diciendo: “Todo lo que vive y se mueve os servirá de alimento: os lo entrego todo, lo mismo que los vegetales” (Gen 9, 3). Dirigiéndose a Timoteo, san Pablo le dice que en el futuro vendrán “espíritus embaucadores” y “enseñanzas de demonios”, que “mandan abstenerse de alimentos que Dios creó para que los creyentes y los que han llegado al conocimiento de la verdad participen de ellos con acción de gracias”, a pesar de que “toda criatura de Dios es buena, y no se debe rechazar nada, sino que hay que tomarlo todo con acción de gracias” (1 Tim 4, 1-4).

Pero habiendo dado Dios a Noé y a su descendencia un permiso general para alimentarse indistintamente de vegetales y animales, Él, no obstante, les prohibió que se alimentaran con la sangre de los animales, presumiblemente con la intención pedagógica de inspirar en los hombres horror al homicidio. Más tarde, Moisés también prohibió a los judíos el consumo de la carne de ciertos animales considerados impuros; de aquellos que morían por enfermedad o eran atacados por las fieras; de los inmolados a los ídolos y de las carnes ahogadas (o sea, provenientes de animales que no habían sido desangrados al morir).

San Pedro, Marco Zoppo, 1468 – Temple sobre panel de álamo, National Gallery of Art, Washington

Nuestro Señor Jesucristo, no obstante, enseñó que la impureza no proviene de aquello que entra por la boca, sino de lo que sale del corazón (Mt 15, 17-20), revocando implícitamente las prescripciones alimenticias de la ley mosaica. Para confirmar tal revocación, Dios mostró a san Pedro —en el éxtasis que este tuvo en la casa del curtidor Simón, en Jope, mientras le preparaban algo que comer— un gran lienzo en el cual había “de toda especie de cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo”, mientras una voz le decía: “Levántate, Pedro, mata y come”. A lo cual él respondió: “De ningún modo, Señor, pues nunca comí cosa profana e impura”. La voz entonces replicó: “Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano”. Y eso se repitió tres veces (Hch 10, 9-16).

Dicha revocación fue aún confirmada en el Primer Concilio de Jerusalén. Contrariando los deseos de los cristianos judaizantes, que querían sujetar a los gentiles convertidos a la observancia de las abstinencias de la Ley de Moisés, el Concilio decretó: “hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros [los apóstoles] no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de uniones ilegítimas” (Hch 15, 28-29).

El Concilio de Florencia (1444) declaró que esa abstención (de sangre y de lo ahogado) impuesta por los apóstoles reunidos en Jerusalén pretendía únicamente salvaguardar la sensibilidad de los judíos recientemente convertidos, y que ya no era obligatoria en el Nuevo Testamento.

Mientras que ciertas iglesias de rito oriental aún la observan, en la Iglesia latina esa práctica de abstenerse de sangre y de las carnes estranguladas ya había desaparecido en la Edad Media. El Papa Nicolás I (858-867), en su respuesta a consultas de los búlgaros, afirmó: “Se puede comer todo tipo de carnes, a menos que ellas sean nocivas en sí mismas” (nº 43).

La posición equilibrada de la Iglesia Católica

En materia de abstinencia hay, por lo tanto, dos errores que evitar: el primero es el exceso de los antiguos herejes maniqueos y otros, para los cuales comer carne es malo en sí mismo; el segundo error es el de los mundanos, para los cuales ayunar y abstenerse de carne es masoquismo; y aún el de los evangélicos, para los cuales la abstinencia no tiene ningún valor religioso. El argumento que usan en favor de este segundo error, es una antojadiza interpretación de la epístola a los Colosenses, donde dice: “que nadie os juzgue sobre lo que coméis o bebéis” (2, 16).

Pero la actitud correcta, adoptada por la Iglesia Católica, es una posición intermedia, que prescribe algunos días de abstinencia de carne como ejercicio espiritual de mortificación. Sigue así las huellas de san Pablo, que declaró: “golpeo mi cuerpo y lo someto” (1 Cor 9, 27); y aun afirmó que “los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos” (Gal 5, 24).

Es por ello que, en la Iglesia primitiva, era impuesta una abstinencia de veinte días a los catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo. También desde los orígenes de la Iglesia, la práctica de la abstinencia de ciertos alimentos en determinados días ya estaba muy difundida entre el común de los fieles, como se verifica en los escritos de los Padres de la Iglesia.

San Jerónimo observa que la abstinencia data de la venida de Cristo al mundo; Clemente de Alejandría dice que Cristo la practicaba al alimentar a sus discípulos con pan y pescado; san Gregorio Nacianceno afirma que san Pedro se alimentaba solo de habas. Tertuliano indica que en el siglo II los cristianos de África se abstenían de carne y de vino. Orígenes, en el siglo III, señala que es indiferente alimentarse de carne, pero que es razonable privarse ocasionalmente de ella. San Epifanio, en el siglo IV, enumera diversas formas que tomaba la abstinencia entre los cristianos de su época.

Por medio del ayuno se reprimen los vicios y se eleva el espíritu

Alguien podría preguntar: ¿Por qué mortificar el cuerpo, privándose de la alimentación los días de ayuno? Y, en particular, ¿por qué privarse de carne? La razón es que la intemperancia es la madre de la lujuria, y por eso el demonio de la impureza solo puede ser expulsado por la oración y por el ayuno (Mt 17, 21). De hecho, nadie consigue ser casto si, con cierta frecuencia, no le niega a su cuerpo inclusive cosas permitidas.

El medio de triunfar sobre las pasiones desordenadas consiste en debilitarlas de raíz, por el ayuno y por la abstinencia, que están perfectamente en conformidad con las disposiciones de la naturaleza humana, puesto que es fisiológicamente ventajoso en ciertos días sustituir la dieta ordinaria por otra menos sustanciosa y energizante. Con tales privaciones, la persona de alguna manera se desmaterializa, liberando su alma, fortificándola y predisponiéndola para realizar grandes cosas.

En cuanto al hecho de que la obligación de abstinencia recaiga sobre la carne, la Iglesia nada hizo más allá de seguir el sentido común; pues, especialmente en los climas fríos, la carne constituye el alimento más suculento, aquel que puede ser preparado de las formas más variadas, y por el cual la mayoría de las personas siente más apetito. Lo confirma con su sensatez habitual santo Tomás de Aquino: “La Iglesia, al establecer el ayuno, se atiene a lo que sucede con mayor frecuencia. Ahora bien: suele ser más agradable comer carne que pescado, aunque a veces sucede lo contrario. Por eso prohíbe el consumo de carne más que el de pescado” (II-II, q. 147, a. 8, s. 2).

En resumen, al imponer a los católicos la abstinencia de carne, la Iglesia no pretende inculcarles cualquier forma de masoquismo, ni siquiera el rechazo “vegano” de los alimentos de origen animal, sino aquello que bellamente proclama el prefacio de Cuaresma: “¡Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que te demos gracias en todo tiempo y lugar, oh Señor Santo, Padre todopoderoso y eterno Dios! Que con el ayuno corporal reprimes las pasiones, elevas el espíritu, nos enriqueces de virtudes y premios, por Jesucristo Nuestro Señor”.

Al ayunar y hacer abstinencia, debemos pedir a Dios esa gracia del dominio de las nuestras pasiones y de la elevación de alma, y de preferencia debemos pedirlo por la intercesión de María Santísima. Porque aun exenta de cualquier pasión desordenada o de inclinación al pecado, en virtud de su Inmaculada Concepción, Ella fue modelo de mortificación: aceptó con resignación dar a luz a su divino Hijo en un pesebre; vivió pobremente en la casa de Nazaret; y, por encima de todo, lo acompañó en el Via Crucis; permaneció de pie junto a Él durante la Crucifixión; y mereció así el título de Corredentora.



  




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Tesoros de la Fe


Nº 223 / Julio de 2020

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8 de agosto

Santo Domingo de Guzmán, Confesor.

+1221 Bolonia. Canónigo de Osma, en España, oriundo de noble familia, al dirigirse en peregrinación a Roma vió el estrago que la herejía albigense hacía en el sur de Francia. Ahí quedó para predicar y defender la verdad, fundando la Orden de los Predicadores.

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Catorce Santos Auxiliares

+ . Esos santos son así denominados por la eficacia de su intercesión en los siguientes casos: San Jorge (contra las dolencias de la piel y para conseguir la curación de los animales domésticos); San Blas (garganta); San Erasmo (enfermedades intestinales); San Pantaleón (invocado por los médicos, contra la tuberculosis); San Vito (epilepsia, corea o danza de San Vito); San Cristóbal (huracanes, pestes, viajes); San Dionisio (posesiones diabólicas); San Ciriaco (invocado contra la tentación a la hora de la muerte, dolencias de ojos y posesiones); San Acacio (dolores de cabeza); San Eustaquio (invocado contra las disputas familiares, para no caer en el infierno); San Gil o Egidio (pánico, locura, miedos nocturnos, para realizar una buena confesión); Santa Margarita de Antioquía (contra los males de riñones y durante el parto); Santa Bárbara (para librarnos de la tormenta eléctrica y muerte repentina) y Santa Catalina de Alejandría (invocada por estudiantes, oradores, abogados y contra los problemas de la lengua)








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