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«Tesoros de la Fe» Nº 97 > Tema “Ambientes, Costumbres, Civilizaciones”

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Cuando los hombres y las cosas del comercio vivían en la placidez


Plinio Corrêa de Oliveira


En las plácidas aguas de este canal de la ciudad belga de Gante, se reflejan hace siglos las fachadas típicas de algunos edificios de la Edad Media y del Renacimiento. Edificios que dan una singular impresión de equilibrio arquitectónico, por el contraste armónico entre su masa imponente, grave y sólida, y la decoración rica, variada y casi caprichosa de sus fachadas.

¿Para qué sirvieron primitivamente estos edificios tan recogidos y casi diríamos tan pensativos? ¿Residencias patricias? ¿Centros de estudios? No. Estaban ocupados por entidades de cuño corporativo: en el extremo derecho, la sede de la Corporación de los Barqueros Libres. En seguida, la casa de los Medidores de Granos, próxima al pequeño edificio de la Aduana, donde los mercaderes medievales venían a declarar sus mercancías. Más allá, el Granero y, por fin, la Corporación de los Albañiles.

Por lo tanto, casas de trabajo y de negocios. En estas casas la historia nos dice que se desarrolló una actividad de las más intensas y productivas.

Pero la producción económica todavía no estaba rodeada por las influencias materialistas de hoy, y por eso ella se hacía en un ambiente de calma, de pensamiento y de fino gusto, y no en la atmósfera febril, agitada, irreflexiva y proletarizante que tantas veces la marca en nuestros días. ¿Quién imaginaría para edificios burgueses tanta nobleza, y para corporaciones de trabajo manual tan buen gusto?

Más que un problema de arte, éste es un problema de mentalidad. Según una concepción espiritualista, el mejor modo de actuar humano se hace con la mente, y por esto la producción económica da lo mejor de sí misma, como calidad e incluso como cantidad, cuando es hecha en la calma sin ocio y en el recogimiento meditativo.

Según una concepción materialista, vale más la cantidad que la calidad, la actuación del cuerpo que la del alma, la correría que la reflexión, y la superexcitación nerviosa que el pensamiento auténtico. Y de ahí procede la atmósfera agitada de ciertas bolsas o de ciertas grandes arterias modernas.

La superexcitación de los ambientes corresponde a la de los hombres, como el efecto a su causa. Todos conocemos ese tipo de businessman que mastica chicle, mordisquea la punta de sus puros, quizá se muerde las uñas, golpea con los pies en el suelo, es hipertenso, cardíaco, neurótico...

Cómo es diferente este tipo humano, de los burgueses plácidos, estables, dignos, prósperos, y de mirada inteligente, que el pincel de Rembrandt nos presenta en el admirable cuadro llamado «Los síndicos del gremio de los pañeros».

Fueron hombres como éstos que, con medios de comunicación todavía inciertos y lentos, extendieron en todas las direcciones la red de sus actividades y lanzaron las bases del comercio moderno. Su obra, sin embargo, fue realizada en la tranquilidad y casi diríamos en el recogimiento. Ellos todavía reflejan la atmósfera peculiar de los antiguos edificios que analizamos.

Lección fecunda para nuestro pobre mundo, cada vez más devastado por las neurosis.     



Catolicismo nº 92, agosto de 1958.



  




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