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«Tesoros de la Fe» Nº 217

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Los Santos Reyes Magos

Epifanía o Adoración de los Reyes Magos (escena central), Hans de Suabia, s. XV – Alabastro policromado, retablo mayor de la Catedral de Zaragoza

P. Louis-Claude Fillion 1

Si los pastores de Belén fueron los primeros en adorar al Niño Dios y representaron a Israel entero en el establo, era justo y conforme a los designios providenciales que el mundo pagano tuviera también y sin demora a sus representantes al lado de Aquel que traía la paz para todos los hombres sin excepción. Es por ello que los Magos acuden a Belén como primicias de la gentilidad.

Melchor, Gaspar y Baltasar, los tres Santos Reyes Magos, pertenecían a esa antigua casta del lejano Oriente que disponía del monopolio de la ciencia, y muy especialmente de la astronomía, de las matemáticas y de la medicina.

Su nombre, muy conocido entonces en todo el mundo romano, nos señala que ellos pertenecían a esa antigua casta del lejano Oriente que disponía del monopolio de la ciencia, y muy especialmente de la astronomía, de las matemáticas y de la medicina. Sumergidos en el estudio de la naturaleza, los Magos se esforzaban, en la mayoría de los casos mezclando la superstición con la ciencia, por encontrar en los fenómenos celestes y terrestres conclusiones proféticas relativas al futuro de los pueblos, de las familias y de los individuos. San Mateo nos muestra a algunos de ellos que de repente llegan a Jerusalén formulando esta pregunta ardiente: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (2, 2).

Para comprender el alcance de su lenguaje, tenemos que recordar que en aquel tiempo reinaba en el Imperio romano, particularmente en Oriente, un presentimiento generalizado de que estaba por inaugurarse una nueva era para la humanidad. Se consideraba a Judea el punto de partida de aquella edad de oro, la cual debía ser presidida por un poderoso y glorioso personaje. Los historiadores romanos Tácito y Suetonio son claros a ese respecto. Se trataba sin duda alguna de un eco de los oráculos proféticos relativos al Mesías y que círculos judíos habían transmitido a los círculos paganos. Los Magos de quienes el Evangelio nos habla, se encontraban por lo tanto bajo la influencia de esa idea cuando divisaron de repente un astro en el cielo que les pareció nuevo y desde luego establecieron una estrecha relación entre él y el nacimiento del misterioso redentor que era esperado. Evidentemente, fue una revelación divina que les dio a conocer esa conexión y los incitó a realizar el largo viaje que los condujo a Judea. Los caminos de Dios son admirables; Él habla a cada uno de nosotros el lenguaje que mejor comprendemos.

En el escudo de Lima (Ciudad de los Reyes) figura la estrella de Belén y tres coronas que representan a los Reyes Magos. La inscripción latina Hoc signum vere regum est se traduce por: “Este es el verdadero signo de los reyes”.

¿De qué región exacta del Oriente vinieron los Magos? Es imposible dar una respuesta precisa, pues la tradición no es uniforme a tal respecto. Se ha mencionado a Arabia, a Persia, a Partia. Tampoco se podría determinar exactamente su número: es probable que el número de tres, que es habitualmente el más adoptado, provenga de su triple obsequio; o también que esté relacionado con las tres ramas del género humano, las de Sem, Cam y Jafet. No eran reyes como les atribuye el sentimiento popular, sino apenas, cuanto mucho, jefes de tribu, al modo de los jeques árabes.

Muy naturalmente pensaban que en Jerusalén, capital del Estado judío, obtendrían informaciones oficiales acerca del príncipe recientemente nacido. Pero no tenían la menor idea de la perturbación que su pregunta iba a producir en la corte y en todos los habitantes. El viejo Herodes, de carácter envidioso, ambicioso y cruel, veía erguirse en su frente a un rival poderoso, y también sabemos con qué impaciente ardor los judíos suspiraban por su Mesías. Pero Herodes al instante supo contenerse. Su avidez no era menor que la de los Magos en conocer la residencia secreta de su rival. Disimuló, pues, la inquieta rabia que lo dominaba y, una vez que se trataba de un asunto religioso, convocó al gran consejo eclesiástico de los judíos, el Sanedrín, a fin de obtener la información deseada. La respuesta era fácil, y era preciso que Herodes se hubiera conservado más idumeo que judío para ignorarla. El Mesías debía nacer en Belén de Judá, le respondieron los miembros de la alta asamblea, pues así estaba escrito por el profeta: “Y tú, Belén de Efrata, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar a Israel” (Miq 5, 1).

Escondiendo cada vez más su juego y deseoso de obtener de los Magos alguna otra indicación gracias a la cual pudiera ejecutar con más seguridad el proyecto homicida que ya le agitaba el espíritu, el rey los mandó venir en secreto y se informó acerca de la época exacta en que la estrella se había aparecido. Suponía, en efecto, que existiera cierta relación entre esa fecha y la del nacimiento del Mesías. Envió enseguida a los Magos a ­Belén y les dijo: “Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo” (Mt 2, 8). Felices por las informaciones obtenidas, se pusieron en camino. Su alegría se multiplicó cuando la estrella que habían visto en Oriente, pero que en seguida desapareciera porque Dios quería poner a prueba su fe, se les apareció nuevamente, toda resplandeciente y se desplazó hacia el frente como un guía, hasta que se detuvo sobre el lugar donde el Niño Jesús se encontraba.2

Al entrar entonces en la casa3 que así es llamada, encontraron al Niño con María, su madre, y se postraron delante de él, según el rito oriental, presentándole piadosamente sus homenajes. En seguida abrieron sus equipajes y le ofrecieron regalos simbólicos: oro, incienso y mirra.4 Pagaban así su tributo: con el oro, al Rey universal; con el incienso, al Hijo de Dios; y con la mirra al Hijo de Dios que debía morir por nosotros.

Su alegría se multiplicó cuando la estrella que habían visto en Oriente, pero que enseguida desapareciera porque Dios quería poner a prueba su fe, se les apareció nuevamente, toda resplandeciente y se desplazó hacia donde el Niño Jesús se encontraba.

En su inocencia, habían tomado en serio las palabras hipócritas de Herodes y se disponían a volver a Jerusalén para decirle dónde habían encontrado a Jesús. Pero el plan del cruel monarca fue desmantelado por la Providencia, que en un sueño sobrenatural llevó a los viajeros a tomar otro camino de regreso a su país.

Hagamos aquí una observación que no deja de ser importante. Y en tres ocasiones hemos asistido a manifestaciones milagrosas que acompañaron algunos de los misterios de la santa Infancia. La cuna de Jesús fue cantada por los ángeles y visitada por los pastores; en el Templo, con motivo de su presentación, el Mesías fue reconocido por san Simeón y por la profetiza Ana; poco después vinieron los Magos a adorarlo en Belén. Pero sería un error ver en estas manifestaciones el rayar de una aurora que inaugurase un periodo totalmente resplandeciente. No. Por muy brillante que fuera, ese fulgor no dejaría de ser transitorio y luego daría lugar, tanto en Belén como en Jerusalén, a una noche profunda. Como ya lo dijimos, era preciso que la infancia de Jesús tuviera testigos, pero no entraba en los designios de Dios que el Mesías fuera tan prontamente revelado a todos. Durante largos años todavía llevará una vida recatada cuyos misterios no tardaremos en estudiar.

 

Notas.-

1. Louis-Claude Fillion (1843-1927), sacerdote de la Compañía de San Sulpicio (sulpicianos), fue profesor de Sagrada Escritura, de Hebreo y de Exégesis en el Instituto Católico de París y uno de los principales consultores de la Pontificia Comisión Bíblica. Publicó una célebre traducción de la Biblia, la permanente devoción de su vida, en ocho tomos. Jesucristo según los Evangelios, Livraria Civilização Editora, Oporto, 2007, p. 77-80.

2. Mucho se ha discutido sobre la naturaleza de la estrella. Según unos, se trataba de un simple meteoro creado para la circunstancia que se movía en nuestra atmósfera, hipótesis que parece más conforme con la narración evangélica. Otros pensaron en un cometa, en una conjunción de astros, etc.

3. El evangelista emplea formalmente esta expresión, donde se concluye naturalmente que la Sagrada Familia había abandonado el pobre establo cuando pasó la aglomeración de los primeros días.

4. Tal como el incienso, la mirra es una especie de resina muy perfumada producida por un árbol árabe.



  




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