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«Tesoros de la Fe» Nº 18 > Tema “Mártires”

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San Pedro de Verona

Gran inquisidor, taumaturgo y mártir

El martirio de San Pedro de Verona, Domenichino — Pinacoteca de Bolonia, Italia


Dotado de un inusitado carisma de predicador y convertidor de herejes, este extraordinario fraile dominico liberó, por medio de una Cruzada, a toda la Toscana de la herejía de los maniqueos, siendo por ellos martirizado


Plinio María Solimeo


El domingo 5 de abril de 1252, dos frailes dominicos viajaban por el camino que une a las ciudades de Como y Milán, en Italia. Mientras caminaban, iban rezando el Salterio. De repente, saliendo del bosque, dos hombres los atacaron, descargando un terrible golpe de maza sobre uno de ellos. El fraile cayó por tierra y lentamente, mojando dos dedos con su propia sangre, escribió en el suelo: “CREDO”. Mal había terminado el trazo, le clavaron un puñal en el corazón. Muerto el gran enemigo de su secta —se trataba de cátaros o maniqueos— los dos herejes se lanzaron sobre el otro dominico que, de rodillas, rezaba, matándolo en el mismo instante.

Estos frailes asesinados tan bárbaramente eran hijos espirituales de Santo Domingo. Uno de ellos, Pedro de Verona, el Inquisidor mayor de toda Italia, era tan gran predicador y polemista, que los herejes se habían visto obligados a prohibir a sus correligionarios de oírlo debido al número de conversiones; el otro era su compañero Fray Domingo.

San Pedro de Verona tenía tal fama de santidad, que fue canonizado el mismo año de su muerte. Su fiesta se conmemora el día 4 de junio.

Lirio nacido en el lodo

Nada puede ser más favorable para la formación de un santo que un hogar verdaderamente cristiano, pues de un árbol malo no puede salir un buen fruto. Pero la Providencia puede abrir excepciones a esa regla, y muchas veces lo hace. Fue lo que sucedió con San Pedro de Verona, hijo de padres herejes maniqueos.

Como anota un biógrafo suyo, “parece que había nacido con una aversión natural hacia las máximas de esta abominable secta y a todos los que pretendían conducirlo a ella. Prevenido por una gracia oculta, igualmente despreciaba, incluso antes del uso de razón, los halagos, caricias, solicitaciones, así como las amenazas, golpes y maltratos de los que deseaban con mayor ansia instruirlo desde temprano en los elementos de su herejía”.1

Como los herejes no tenían escuelas en la ciudad, su padre lo envió a un profesor católico para que aprendiera las primeras letras. Éste sembró en el corazón del pequeño Pedro, ávido de las verdades eternas, los fundamentos de la única Religión verdadera, la católica.

Cierto día, un tío hereje de los más fanáticos, se encontró con el niño que volvía de sus clases y lo interrogó sobre lo que estaba aprendiendo. Pedro se inflamó entonces en la explicación del Símbolo de los Apóstoles (el Credo), que refuta el error fundamental de aquellos herejes. Por más que el tío argumentase, el niño defendía con ardor lo que había aprendido.

Preocupado, el hereje fue a buscar a su hermano y lo alertó en el sentido de que, si acaso no impidiese al niño asistir a clases, éste estaría perdido para la secta. El padre de Pedro, sea por no ser de los maniqueos más fanáticos, suponiendo tal vez que después de adulto le sería más fácil convencerlo, lo dejó con el profesor. Y más tarde, lo envió a la Universidad de Bolonia.

“Era lamentable la corrupción de costumbres que reinaba entre la juventud de aquella Universidad. Y es verosímil que eso mismo moviera al padre de Pedro a enviarlo allá, creyendo que una vez que lo licencioso de las costumbres estropease su corazón, sería fácil entonces borrar de él las impresiones de la doctrina católica”.2 Pero Dios lo preservó del vicio como lo había protegido de la herejía.

Fue en Bolonia que Pedro tomó conocimiento de una nueva orden de frailes predicadores y de su fundador, Santo Domingo de Guzmán , en cuyo hábito negro y blanco están reflejadas las dos virtudes que él más amaba: la humildad y la pureza. A pesar de tener apenas 16 años, el adolescente se presentó a Santo Domingo, que lo admitió sin dilación en el noviciado.

Sepulcro de San Pedro Mártir, el cual presenta al centro la escena de la canonización, realizada por Inocencio IV en la ciudad de Perugia, 1253 — Basílica de San Estorgio, Capilla Portinari, Milán, Italia

El novicio juzgó su deber domar de una vez todas las malas inclinaciones, triste herencia de los pobres hijos de Eva, por una mortificación sorprendente. Prácticamente no comía, dormía poco y disciplinaba su cuerpo con flagelaciones. En poco tiempo su organismo se resintió y fue atacado por una enfermedad mortal. Pero una milagrosa intervención divina le salvó la vida.

Celoso demoledor de las herejías

Luego de su profesión religiosa, Pedro se dedicó con ahínco a los estudios, volviéndose capaz en corto tiempo de recibir la ordenación sacerdotal y “de subir al púlpito, de atacar a los herejes y de padecer en las más bellas ocasiones por la defensa y sustentáculo de la Iglesia.  Se comportaba con tanto celo que, según los términos de San Antonino, todas sus acciones parecían animadas de una fe muy viva y ardiente caridad”.3 Desde su ordenación, Fray Pedro pedía siempre en el Santo Sacrificio de la Misa la gracia de derramar su sangre por la Fe.

Comenzó entonces la parte verdaderamente extraordinaria de su vida, como hay pocas similares en la Historia de la Iglesia.

Con un don especial para mover los corazones, incluso de los pecadores más endurecidos y de los herejes, su prédica era acompañada de milagros portentosos; lo cual convertía a muchos, para desesperación del enemigo infernal que intentaba de todos los modos impedirle de hablar.

Cierta vez predicaba él en la plaza del mercado de Florencia, pues no había iglesia suficientemente grande en la ciudad capaz de contener la multitud que fuera a oírlo. De repente, surgió un enorme corcel negro, corriendo a toda brida en dirección a los oyentes, pareciendo dispuesto a aplastar todo lo que encontrase al frente. El Santo, con la señal de la Cruz, disipó cual humareda aquel fantasma hecho por el demonio.

En otra ocasión, después de una prédica, un joven pidió para confesarse. Se acusó de haberle dado un puntapié a su madre. Fray Pedro lo reprendió severamente, diciéndole que por ese acto merecería que le amputasen el pie. El infeliz quedó compungido, pero interpretó mal la amonestación del Santo, pues llegando a su casa se cortó el pié. Hubo un vocerío contra Fray Pedro, acusado de imprudencia. Éste fue hasta la casa del penitente, cogió el pie amputado, ¡y con una bendición lo unió de nuevo a la pierna!

Como los líderes de los herejes estaban desesperados por las pérdidas que sufrían, uno de ellos resolvió “desenmascarar” al Santo. “Yo voy —le dijo a los suyos— a fingirme enfermo y me aproximaré de él entre la multitud; él me impondrá las manos y me dirá que estoy curado. Entonces yo declararé su impostura”. Y lo hizo. Fray Pedro, no obstante le dijo: “Si estáis enfermo, sed curado; si no, quedad enfermo”. En el mismo instante, el hombre fue atacado por una terrible fiebre, que lo llevó a un estado de desesperación. Confesando su falta,  pidió al Santo que tuviese pena de su alma y de su cuerpo. Hizo una abjuración de sus errores y fue curado.4

En otra ocasión un seudo-obispo de los maniqueos desafió al Santo para un debate público. Como el sol estaba abrasador y el desafiante no conseguía refutar los argumentos del Santo, para provocarlo y desviar el asunto le dijo: “¿Por qué no pides a tu Dios que nos envíe una nube para protegernos?”“Lo haré con el mayor gusto —respondió el siervo de Dios sin vacilación— si me prometes abjurar de tu herejía en caso vieras la oración atendida”. Aceptado el compromiso, dijo Fray Pedro: “Para que todos conozcan y lo confiesen a una, que nuestro Dios, único omnipotente es el creador de las cosas visibles e invisibles, le pido, en nombre de su Hijo Jesucristo, que nos envíe una nube para defendernos de los rayos del sol”. Y al hacer la señal de la Cruz, inmediatamente apareció en el cielo sereno una nube amena que a todos alivió.5

Coloquios con bienaventurados

La fama del gran taumaturgo lo precedía en las ciudades, siendo acogido con el repicar de las campanas de las iglesias. Todos querían recibir su bendición, verlo de cerca, tocarlo. Fue incluso necesario, en Milán, preparar una silla portátil cerrada, para protegerlo de la multitud en sus desplazamientos de un lugar a otro.

San Pedro de Verona fue muy favorecido con visiones celestiales. Las vírgenes y mártires Santa Catalina, Santa Inés y Santa Cecilia frecuentemente se le aparecían, y tenían con él familiar esparcimiento. Eso le fue causa de una gran probación, pues un día un fraile oyó aquellas voces femeninas en la celda del Santo y se lo comunicó al Superior. Éste, en el capítulo, reprendió a Fray Pedro, quien en vez de defenderse, dijo apenas: “Soy un gran pecador”, pues, en su humildad, no quería que supiesen de los favores celestiales que recibía. Fue entonces relegado a un convento distante, con la prohibición de salir y de predicar.

Cierto día, en esa reclusión forzada, Fray Pedro se lamentó amorosamente delante de un Crucifijo, diciendo: “¡Y entonces Dios mío! ¿Vos que conocéis mi inocencia, cómo podéis sufrir que yo permanezca tanto tiempo en la infamia?” Nuestro Señor le respondió: “¿Y yo, Pedro, no era inocente? ¿Merecía los oprobios y los dolores con que fui agobiado en el curso de mi Pasión? Aprende así de mí a sufrir con alegría las mayores penas, sin haber cometido los crímenes que te son imputados”.6 Pero los superiores se dieron cuenta de su error y llamaron de vuelta al gran predicador.

En 1232 el Papa Gregorio IX, que conocía el celo y la pureza de doctrina de Pedro de Verona, lo nombró Inquisidor General de la Fe. Fue enviado entonces a Florencia para examinar una Orden religiosa que estaba surgiendo, fundada por siete varones de aquella ciudad. Gracias a su testimonio favorable, la Orden de los Siervos de María fue confirmada.

Fray Pedro no combatía la herejía sólo con palabras sino que “persuadió a los católicos a que se coaligasen en una especie de cruzada para expulsar del país a todos los herejes; y, en menos de seis años, logró ver católica a la Toscana entera”. 7

Ardor apostólico coronado con el martirio

Los herejes no se conformaron con el fenecimiento de su secta. Así, se conjuraron para exterminar a aquel que tantos estragos les hacía.

Por una luz sobrenatural, San Pedro conoció que el momento de su tan deseado martirio estaba próximo. Y se lo dijo a mucha gente, como por ejemplo, a una multitud de diez mil personas que lo oía en Milán, el Domingo de Ramos.

El sábado siguiente a la Pascua, como vimos, se dirigía de Como, donde era Prior, hacia Milán, cuando fue martirizado a los 46 años. Como fue el primer mártir de la Orden Dominicana es también conocido como San Pedro Mártir, y fue inmortalizado por su hermano de hábito, el célebre Beato Fray Angélico, en varias pinturas.     


Notas.-

1. Abbé J. Croisset  S.J., Año Cristiano, Madrid, Saturnino Calleja, 1901, t. II, p. 342.
2. Id. ib., p. 343.
3. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, par Mgr. Paul Guérin, París, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, 1882, t. V, p. 80.
4. Abbé C. Martin, Vies des Saints à l’usage des Prédicateurs, Librairie Religieuse et Ecclésiastique, París, 1865, t. II, p. 181.
5. Cf. P. José Leite  S.J., Santos de Cada Dia, Editorial A. O., Braga, 1987, vol. II, p. 181.
6Bollandistes, op. cit., p. 81.
7. Abbé Croisset, op. cit., p. 345.



  




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