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«Tesoros de la Fe» Nº 222

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El Santísimo Sacramento de la Eucaristía

La Solemnidad del Corpus Christi en Orvieto

Paulo Roberto Campos

Durante su glorioso Pontificado, el Papa san Pío X (1903-1914) impulsó extraordinariamente la piedad eucarística. Recomendó la comunión frecuente cuando declaró que se dé “amplia libertad a todos los fieles cristianos, de cualquier clase y condición que sean, para comulgar frecuente y diariamente, pues así lo desean ardientemente Cristo nuestro Señor y la Iglesia Católica: de tal manera que a nadie se le niegue, si se halla en estado de gracia y tiene recta y piadosa intención (cf. Sacra Tridentina Synodus, decreto de san Pío X sobre la comunión frecuente y cotidiana, 20 de diciembre de 1905).

El Sumo Pontífice también incentivó la primera comunión precoz, para lo cual bastaba que el niño “sepa distinguir el Pan Eucarístico del pan común y material”. En cuanto a la doctrina, apenas se exigiría que ellos tuvieran “algún conocimiento” de las verdades de la fe (cf. Quam Singulari, decreto de san Pío X sobre la edad para la primera comunión, 8 de agosto de 1910).

Al incentivar la comunión frecuente y la aproximación de los niños a la mesa de la comunión, san Pío X luchó eficazmente para que las ideas modernistas y jansenistas no se expandieran en los ambientes católicos de entonces. En efecto, la herejía jansenista —alegando un falso respeto y negando la infinita misericordia de Dios— debilitaba la devoción al Santísimo Sacramento.

Este Santo Padre, que pasó a la historia como el “Pontífice de la Eucaristía”, sintetiza el más excelso de todos los sacramentos —que, como sabemos, son siete: bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio— con estas elocuentes palabras: “La devoción a la Eucaristía es la más noble de todas las devociones, porque tiene por objeto al mismo Dios; es la más saludable porque nos da al propio autor de la gracia; es la más suave, pues suave es el Señor. Si los ángeles pudieran sentir envidia, nos envidiarían porque podemos comulgar.

Eucaristía: la mayor manifestación del amor divino

A la izquierda, el cardenal Giuseppe Sarto, Patriarca de Venecia, futuro Papa Pío X, conduce el Santísimo Sacramento por las calles de Venecia. Arriba, el Santo Pontífice con los paramentos y la tiara papal.

Según santo Tomás de Aquino, “todos los demás sacramentos están ordenados a la Eucaristía como a su fin” (3 q65 a3). El Doctor Angélico también afirmó que la dádiva del Divino Sacramento es “una gracia de heroísmo en la lucha, y que su efecto propio es no solo el de amortiguar en nosotros el fuego de las pasiones, sino el de hacernos invencibles contra todas las potencias infernales”. Defendió la tesis de que el Santísimo Sacramento es el mayor de los milagros realizados por Nuestro Señor Jesucristo, el sacramento por excelencia, la maravilla de las maravillas, el Maximum miraculum Christi.

En el mismo sentido, san Agustín, de manera muy inspirada, se manifestó sobre este milagro divino: “Que Dios, como ser infinitamente sabio e infinitamente poderoso, no podía ni quería darnos una mayor muestra de su amor que el de la Eucaristía; ya que, en este don, se nos dio a sí mismo”.

Imposible una mayor manifestación del amor de Dios por los hombres, según el apóstol san Juan: “Habiendo [Jesús] amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

“Panis Angelorum”: el alimento sobrenatural para nuestras almas

¿No sería, por lo tanto, una ingratitud hacia Nuestro Señor Jesucristo despreciar esta manifestación tan excelsa del amor divino, si rechazamos este “alimento espiritual” que  misericordiosamente nos concedió? Claro que sí. Además, sería despreciar una gracia que aumenta nuestra unión con Dios, que nos da un anticipo de la visión beatífica; un don que nutre nuestras almas, fortalece nuestras virtudes, conserva y aumenta en nosotros la vida de la gracia (la vida sobrenatural); que nos da fuerza para vencer las tentaciones, dominando nuestras pasiones desordenadas; además de borrar los pecados veniales y nuestras faltas leves.

Según la definición del Concilio de Trento (1545-1563), la Eucaristía es “como un antídoto con que nos libremos de las culpas veniales, y nos preservemos de las mortales” (ses. XIII, c. 2).

La institución de la Eucaristía en la Última Cena con los apóstoles

Nuestro Señor, en una manifestación extrema de amor divino por sus hijos en este mundo, en la víspera de su crucifixión, resurrección y ascensión al cielo, instituyó el sacramento eucarístico en la Última Cena, la postrera con los apóstoles, para no abandonarnos nunca, permaneciendo en la tierra, quedando físicamente presente en el sagrario. No apenas de manera simbólica, sino realmente presente bajo las apariencias de las sagradas especies consagradas (el pan y el vino). Así, estando siempre entre nosotros —para escuchar nuestras súplicas y atenderlas, cuando fuere necesario para nuestra salvación eterna— cumplió con esta promesa divina: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta  la consumación de los siglos” (Mt 28, 20).

Lo atestiguaron los apóstoles y lo registraron los Evangelios: “Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo: Tomad y comed; esto es mi cuerpo. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 26-28).

Sacerdos alter Christus (El sacerdote es otro Cristo). Como enseña la Santa Iglesia, en la parte más importante de la misa, que es la consagración —por el poder conferido por Nuestro Señor a los apóstoles al ordenar “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19)—, la sustancia del pan de trigo y del vino de uva se convierte substancialmente en su cuerpo y en su alma, en estado glorioso, impasible, intangible e invisible. El sacerdote en la misa —que es la renovación incruenta del sacrificio del Calvario— al pronunciar las palabras sacramentales durante la consagración, “agit in persona Christi” (actúa en la persona de Cristo). El sacerdote no dice “Tomad y comed; esto es el cuerpo de Cristo”, sino más bien “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”; en ese momento se opera la transubstanciación, como tan apropiadamente la Iglesia lo denomina.

En efecto, en el Concilio de Trento, con respecto a la presencia real y substancial de Jesucristo en las especies eucarísticas, fue promulgado que: “después de la consagración del pan y del vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía verdadera, real y substancialmente Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles” (ses. XIII, c. 1).

Eucaristía: modo de recibir el augusto sacramento

Dado que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, Nuestro Señor está verdaderamente presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad, ¿no es una enorme gracia poder visitarlo con frecuencia? ¿No se considera un gran honor visitar a un rey? Imagínese, entonces, ¡qué honor tan grande es poder visitar al Rey de los reyes, al Señor del cielo y de la tierra, siempre a nuestro alcance en los sagrarios, tanto en las ricas e imponentes catedrales como en las pobres y simples capillitas!

Si nos invitaran a visitar a una reina —por ejemplo, la reina de Inglaterra—, ¿no nos prepararíamos espléndidamente para tal visita y lo haríamos con el mayor respeto?

Si así es, con mayor razón debemos visitar el Santísimo Sacramento y recibir la sagrada comunión con sumo respeto, en actitud de adoración, en estado de gracia (sin la mancha de ningún pecado mortal). Es una sabia tradición de la Iglesia recibirla de rodillas y en la lengua; en el caso de las damas, cubiertas con un velo en la cabeza y convenientemente vestidas.

Al no estar en estado de gracia, uno debe primero purificar la conciencia, arrepintiéndose y confesándose antes de recibir la comunión. Como lo advierte san Pablo apóstol: “Quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo [del Señor] come y bebe su condenación” (1 Cor 11, 27-29).

En consonancia con estas palabras del apóstol, el Concilio de Trento reafirmó que: “Ninguno sabedor de que está en pecado mortal, se pueda acercar, por muy contrito que le parezca hallarse, a recibir la sagrada Eucaristía, sin disponerse antes con la confesión sacramental” (ses. XIII, c. 7).

La Última Cena, Marten De Vos, s. XVI – Óleo sobre lienzo, The National Museum of Western Art, Tokio (Japón)

“Misterio de fe”: el sublime misterio eucarístico

Para nosotros, simples mortales, la transubstanciación es un misterio, el Mysterium Fidei. Creemos porque nos enseña la fe, lo que nos lleva a creer en Dios y en todas las cosas que hace, aunque nos parezcan incomprensibles. “La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve” (Hb 11, 1).

La Eucaristía es un misterio muy alto, que supera la pobre inteligencia humana, pues nuestros ojos mortales solo ven pan y vino. Pero estamos seguros de que es el Cuerpo de Cristo, porque para Dios NADA es imposible.

De una manera muy expresiva y poética, uno de los himnos compuestos por santo Tomás de Aquino para la adoración del Santísimo Sacramento, el Adoro te devote, canta esta misteriosa y sublime verdad de fe:

“Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

“Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad”.

“Ver para creer”: conmovedores milagros eucarísticos

Si Dios creó todo el universo de la nada, ¿no podría cambiar la substancia del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre? — Responde el gran san Ambrosio: “Si tan poderosa es la palabra del Señor Jesús, de modo que por ella comienzan a ser lo que antes no era, cuánto más ha de serlo para hacer que las cosas que ya eran sean y se cambien en otra cosa. […] Antes de la consagración no estaba el cuerpo de Cristo, pero después de la consagración te digo que es ya el cuerpo de Cristo. Él dijo, y se hizo; Él ordenó, y se creó” (De Sacramentis, IV, 15-16).

Sin embargo, en algunas ocasiones, Nuestro Señor nos ha develado misericordiosamente el misterio eucarístico, mostrándose realmente presente en la Sagrada Hostia a través de milagros conmovedores. Esto confirma la presencia real del Hombre-Dios en la Eucaristía, y fortalece así la fe de muchos de nosotros que, como santo Tomás apóstol, a veces necesitamos “ver para creer”.

Es imposible enumerar en tan breve espacio, todos los prodigios operados a lo largo de los siglos, que confirman la presencia real en la Eucaristía, pero nos detendremos en uno ocurrido hace exactamente 756 años. Un milagro portentoso que está en el origen de la expansión de las festividades públicas en honor del Santísimo Sacramento, las procesiones del Corpus Christi.

Múltiples y preciosos confalones son portados durante el solemne cortejo de Orvieto. El tapiz de la fotografía superior, representa la “Misa de Bolsena”, en la cual se operó el impresionante milagro eucarístico

El impresionante Milagro Eucarístico de Bolsena

Entre los milagros operados por la Sagrada Eucaristía, el de Bolsena (provincia de Viterbo, diócesis de Orvieto) es el más conocido, ya que está en el origen de la fiesta del Corpus Christi (o Corpus Domini). En 1264, el padre Peter, oriundo de Praga, emprendió un viaje desde su región (Bohemia) hasta Roma. Aunque era un sacerdote piadoso, anhelaba revitalizar su fe en la Ciudad Eterna, pedirle al Papa algunas aclaraciones y exponer sus dudas sobre de la doctrina de la transubstanciación. Como vimos anteriormente, durante la consagración, la sustancia del pan y el vino se convierte en el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo; permaneciendo, sin embargo, en la apariencia del pan y el vino.

Al llegar a la ciudad de Bolsena, dicho sacerdote celebró la misa en la iglesia de Santa Cristina. ¡Esa fue la última vez que las dudas de fe sobre la presencia real de Jesús en la Sagrada Eucaristía lo atormentaron!

En el momento de la consagración del pan y el vino, en la Sagrada Hostia se produjo una efusión de la preciosísima sangre, que comenzó a desbordarse y se vertieron gotas sobre el corporal (tejido de lino blanco que se coloca debajo del cáliz), tiñéndolo de sangre.

Confuso por tan formidable e inexplicable acontecimiento, el sacerdote primero trató de ocultar el sagrado corporal, porque creía que esto había ocurrido en castigo debido a sus dudas de fe. Pero la sangre atravesó el lino y cuatro gotas cayeron en las gradas del altar, dejando evidentes señales de la adorable sangre impresas en el mármol.

No pudiendo ya ocultar el milagro, fue a buscar al Papa Urbano IV —que estaba en la ciudad de Orvieto, a 20 kilómetros de Bolsena— para confesar y narrar lo sucedido. Ante lo cual, el Papa hizo que trajeran a su presencia aquel corporal y ordenó una meticulosa investigación, que resultó en la comprobación inequívoca del milagro.

Establecimiento de la fiesta del “Corpus Christi” en la Iglesia universal

En la plaza frente a la catedral de Orvieto, los asistentes aguardan el comienzo de la procesión de Corpus Christi

Todo lo cual inspiró la construcción de la maravillosa catedral de Orvieto, para albergar y venerar el sacrosanto corporal, objeto de gran devoción no apenas de los italianos, sino de personas del mundo entero que allí concurren anualmente. En cuanto al mármol sobre el cual salpicaron gotas de la preciosísima sangre, se conserva hasta hoy en la iglesia de Santa Cristina de Bolsena, donde ocurrió el impresionante milagro, otra prueba prodigiosa de la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la hostia consagrada.

Con la bula Transiturus de hoc mundo, del 11 de agosto de 1264, Urbano IV extendió la fiesta del Corpus Christi a todo el orbe católico, para ser celebrada públicamente de manera solemne en calles y plazas. La fecha de la conmemoración se fijó para el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad. El día elegido fue en memoria de la celebración de la primera misa hecha por Nuestro Señor en la Última Cena en el Cenáculo, que fue el Jueves Santo, cuando instituyó el incomparable sacramento de la Eucaristía.

El Papa Urbano IV también pidió a santo Tomás de Aquino que compusiera cánticos para festejar con mayor esplendor el día de Corpus Christi. El Aquinate compuso entonces cinco himnos en alabanza del Santísimo Sacramento: Lauda Sion, Adoro te Devote, Pange Lingua, Sacris Sollemnis y Verbum Supernum. Se dice que para la creación de uno de los himnos, el Papa convocó simultáneamente a san Buenaventura y a santo Tomás, pero cuando el Romano Pontífice leyó en voz alta el oficio compuesto por santo Tomás, san Buenaventura, humildemente, rompió su composición… Este himno es el célebre y bellísimo Lauda Sion (Alaba Sión).

El histórico y solemne cortejo de Orvieto

Desde la determinación de Urbano IV de festejar el día de Corpus Christi, una solemne procesión tiene lugar cada año por las encantadoras calles de Orvieto. Antes de comenzar, a primera hora de la mañana, dentro de la catedral, se realiza con gran pompa la ceremonia de exposición y adoración de la Sagrada Eucaristía. Acto seguido, se celebra una misa solemne. Poco después comienza la magnífica procesión, con el venerable corporal recorriendo las calles de la ciudad, cuyas casas adornan sus ventanas y balcones con banderas, tapicerías y maravillosos arreglos florales.

Impregnada de encanto, sacralidad y grandeza, el Corpus Christi de Orvieto, es ciertamente la más bella manifestación pública de su género en honor a Jesús Sacramentado. Es razonable que así lo sea, pues el “Milagro de Bolsena” está en el origen de la primera procesión del Corpus Christi, que rápidamente se expandió al mundo entero.

El sacrosanto corporal de Bolsena es llevado en andas, bajo un bello palio, durante la procesión de Corpus Christi en Orvieto



  




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