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«Tesoros de la Fe» Nº 9 > Tema “Pecado y acción diabólica”

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La Redención y nuestros pecados

PREGUNTA

Si Jesús redimió nuestros pecados, entonces ¿podemos hacer cualquier cosa, puesto que ya estamos redimidos completamente?


RESPUESTA

Ésa es la concepción luterana de la Redención. Si así fuese, ello conduciría a los hombres al más completo amoralismo. Pues entonces se podría robar, matar, pecar contra la castidad, etc., que al final todos los predestinados irían para el Cielo. Por ahí se puede ver que estamos delante de un error monstruoso, que es preciso refutar.

La única condición, según Lutero, sería que los hombres tuviesen fe en la Redención de Jesucristo. Pero esta misma fe, él la concebía de manera errónea, como si fuese el resultado de una decisión irrevocable de Dios, que arbitrariamente escogió, desde toda la eternidad, a aquellos que Él quiere salvar y a los cuales dio el don de la fe. Éstos pueden pecar a su antojo, pues están predestinados para el Cielo. A los que no deben salvarse, Dios no les da el don de la fe, e irán para el infierno, aunque lleven una vida intachable, de oración, penitencia y buenas obras, según los Mandamientos de la Ley de Dios.

En esa concepción, Dios habría hecho dos listas: la lista de los buenos (predestinados), que van a salvarse; y la lista de los malos (réprobos), que van a condenarse. ¡Y sería completamente imposible al hombre pasarse de una lista para otra, pues ellas ya estarían fijadas por Dios desde toda la eternidad y para siempre!

Hasta Melanchton, brazo derecho de Lutero, lamentó que éste se hubiese entregado a una vida disipada

Una vez más, no podemos dejar de estremecernos delante de un error tan monstruoso. ¿Dónde irían a parar la Sabiduría, la Justicia y la Misericordia de Dios?

“Pecca fortiter”

¿Y cómo es que uno puede saber si está en la lista buena o en la lista negra? Escudriñando el propio corazón –según la concepción protestante– y sintiendo que la fe late en su interior. Hecha esa constatación, el hombre debe remover cualquier duda sobre si se salvará o no. Si aconteciera que él pecara, y temiera por la salvación de su alma, debe acordarse que Jesucristo ya redimió de antemano todos nuestros pecados. Así, dudar de la propia salvación sería dudar del valor redentor del sacrificio de Cristo. Entonces, para sofocar esa duda, ¡Lutero aconseja que el hombre peque aún más fuertemente –“pecca fortiter”– para demostrarse a sí mismo que él cree en la obra redentora de Cristo!

¿Cómo no asombrarnos delante de tan monstruosa ilusión?

La doctrina católica

La doctrina católica explica con sabiduría esa delicada cuestión, que envuelve de un lado la gratuidad de la gracia, y de otro lado, la libre colaboración del hombre. Aunque haya diversas escuelas teológicas a respecto de cómo se da esa misteriosa conjugación entre la gratuidad de parte de Dios y la libre pero necesaria colaboración por parte del hombre, hay un sustrato común a todas las escuelas, que se enuncia así: Dios quiere salvar a todos los hombres, y a todos les ofrece el don gratuito de la fe. Unos lo aceptan, y esa aceptación ya es fruto de la gracia; otros, sin embargo, lo rechazan, ¡y ese rechazo es exclusivamente por culpa del hombre!

Así, si el hombre se salva, su salvación es fruto de la gracia, que no obstante, no dispensa la colaboración del hombre. Sin embargo, si él se condena, lo será por culpa exclusivamente suya, pues no cooperó con la gracia.

La fe sin obras es fe muerta

Por la pre-ciencia divina, Dios sabe qué rumbo tomará cada hombre, pues conoce todas las cosas pasadas, presentes y futuras. Pero ello no interfiere con el libre albedrío del hombre, que continúa siendo libre para escoger entre el bien y el mal. Sólo que, cuando escoge el bien, lo hace movido por una gracia; cuando opta por el mal, está rechazando la gracia que lo incitaba al bien, oponiéndole alguna resistencia, y es por lo tanto culpable por el mal que hace.

Lutero niega el libre albedrío y afirma que el hombre no es verdaderamente libre para hacer el bien ni para hacer el mal. De donde se deduciría que él no tiene ningún mérito cuando alcanza el Cielo; sus buenas obras de nada le sirven para eso, como también sus pecados no impiden su salvación.

Según la doctrina católica, Dios quiere que el hombre colabore con la gracia, para que él tenga un mérito personal en alcanzar el Cielo. De ahí que el apóstol Santiago afirme en su Epístola, que la fe sin las obras es una fe muerta (Stgo. 2, 17-26). Como esto contraría la tesis de Lutero, él no tuvo ninguna duda: suprimió del canon bíblico, como inauténtica, la Epístola de Santiago...

Por los méritos de la Pasión de Cristo, los pecados actuales son perdonados en la Confesión o por un acto de contricción perfecta

“Simul justus et peccator”

Para nosotros, católicos, los pecados cometidos después del bautismo nos son perdonados por el Sacramento de la Confesión (o Penitencia) o bien por un acto de contrición perfecta. Y lo son por los méritos de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Una vez perdonados, quedamos limpios del pecado.

Para Lutero, ¡no! El hombre nunca queda verdaderamente limpio del pecado. Queda “justificado” delante de Dios, porque sus pecados son cubiertos por los méritos de Cristo. Sin embargo, por debajo de ese manto permanece el pecado. De modo que él es al mismo tiempo justo y pecador “simul justus et peccator”, según la fórmula de Lutero.

De la teoría a la práctica

Para quien piense que los principios teóricos no tienen consecuencias prácticas, la historia del protestantismo constituye un desmentido protuberante. Fue tal la disolución de las costumbres que sobrevino a esa prédica doctrinaria, en todas las clases sociales, que alarmó al propio heresiarca. Sin embargo, el mal ya estaba hecho. La apostasía de sacerdotes, religiosos y religiosas fue enorme. El mismo Lutero, traicionando sus votos, en 1524 abandonó el hábito de religioso agustino, y en junio de 1525 se unió a Catalina Bora, una religiosa cisterciense salida de su monasterio. Melanchton, brazo derecho de Lutero, llegó incluso a lamentar que éste se hubiese entregado a una vida disipada, que deshonraba su vocación.

Otro ejemplo célebre: el landgrave Felipe de Hesse, gran sustentáculo del luteranismo, empeñado en tomar una segunda mujer, pidió para eso autorización a Lutero y Melanchton, bajo la amenaza de que, si no se la concediesen, se uniría al Emperador (Carlos V), que patrocinaba la causa católica. Melanchton y Lutero le hicieron ver que tal actitud causaría gran escándalo. Sin embargo, delante de la insistencia y de las amenazas del landgrave, y “en atención a sus méritos en la defensa del Evangelio”, le concedieron el divorcio, con la condición de que lo mantuviese en secreto. Y así, Felipe de Hesse tomó una segunda mujer, colocándose claramente en una situación de poligamia.

Era, sin duda, una aplicación concreta del principio herético: Si Jesús redimió nuestros pecados, entonces podemos hacer cualquier cosa, pues ya estamos completamente redimidos...     





  




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