El Perú necesita de Fátima La verdadera penitencia que Nuestro Señor ahora quiere y exige, consiste, sobre todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con sus propios deberes.
CampañasTienda VirtualTesoros de la FeDonaciones



«Tesoros de la Fe» Nº 222

La Palabra del Sacerdote  [+]  Versión Imprimible
AbcAbcAbc

¿Puede un obispo o sacerdote prohibir la comunión en la boca?

PREGUNTA

Debido a la amenaza de la epidemia del coronavirus, el obispo de mi diócesis impuso que la Sagrada Comunión sea distribuida exclusivamente en la mano de los fieles, y ya no más en la boca. Me llama la atención que, en el mismo comunicado, se prohíbe darse la mano durante el saludo de la paz. Si el contacto con la mano transmite el virus, sería lógico prohibir también la comunión en la mano, porque la mano del fiel podría estar contaminada, ¿no es así?

Esta contradicción me lleva a sospechar que algunos obispos están queriendo aprovechar la crisis sanitaria para intentar erradicar la distribución de la comunión en la boca, que es el modo tradicional. Hace muchos años soy “mal visto” por algunos sacerdotes, por no recibir la comunión en la mano y he sido interpelado varias veces para “hacer como los demás”.

Estos curas alegan que en la Iglesia primitiva se comulgaba de esa manera, y que el hecho de no permitir que los fieles toquen la hostia, como se hacía antes, establecía una excesiva distinción entre los laicos y el clero, dando a entender que los sacerdotes eran virtuosos y los fieles eran pecadores.

Quisiera saber si esto es verdad y cuál es la legislación de la Iglesia sobre la distribución de la comunión.

RESPUESTA

Padre David Francisquini

El Concilio de Trento declaró que la costumbre del sacerdote celebrante de comulgar con sus propias manos, y después distribuir la hostia a los fieles, es una tradición apostólica (ses. 13, c. 8). San Basilio (330-379) informó que solo era permitido recibir la comunión con las propias manos en tiempos de persecución o en el caso de los monjes del desierto; es decir, cuando no había ni sacerdote ni diácono para dar la comunión (Carta 93). Con la paz de Constantino esa excepción terminó, pues le fue permitido a la Iglesia salir de las catacumbas. Probablemente eso no era respetado en algunos lugares y se cometían abusos, porque el Concilio de Rouen del año 650 definió: “No se coloque la Eucaristía en las manos de ningún laico o laica, sino únicamente en su boca”.

De hecho, a medida que la Iglesia fue tomando conciencia de cuán augusto es el tesoro que Nuestro Señor le dejó con el Sacramento de la Eucaristía —su Cuerpo y Sangre realmente presentes en las especies consagradas del pan y del vino—, Ella fue poco a poco perfeccionando su modo de celebrar la Misa, la asiduidad y el modo de distribuir la Sagrada Comunión, así como de conservar y transportar el Santísimo Sacramento. Basta citar, por ejemplo, que los primeros cristianos celebraban la Misa en el mismo lugar de la comida fraterna que tomaban en común (ágape), e inmediatamente después de haber comido. Aún en el siglo V, san Paulino de Nola atestigua la existencia de ese tipo de reuniones en la mesa, no enteramente separadas de la celebración; y fue solamente en el segundo milenio que se hizo más rígida la regla del ayuno eucarístico previo a la recepción de la Sagrada Comunión.

Certeza de la presencia de Jesús en la hostia sagrada

Concomitantemente se fue imponiendo la costumbre de dar la comunión en la boca, por la certeza de que el Cuerpo de Nuestro Señor estaba tan presente en una pequeña fracción como en una hostia entera, como bellamente escribió santo Tomás de Aquino en el himno Lauda Sion: “Cuando se parte la hostia no vaciles: recuerda que en cada fragmento está Cristo todo entero”. Ahora bien, durante la distribución de la Sagrada Comunión es frecuente que se separen de la hostia pequeños fragmentos, y es por eso que el monaguillo siempre debe colocar la patena debajo del mentón del comulgante, a fin de recoger los fragmentos que eventualmente se desprenden de la hostia. De vuelta al altar, el sacerdote limpia la patena, derramando esos minúsculos fragmentos dentro del cáliz a ser purificado mediante las abluciones.

Esta creciente conciencia de la presencia milagrosa de Jesús en la hostia y de la necesidad de recibirlo con la debida reverencia, llevó también a la Iglesia a imponer a los fieles recibirlo de rodillas, en señal de adoración. Es un signo exterior para rendirle homenaje y saludarlo con nuestro cuerpo, en un gesto de humildad. La recepción en la boca es también un signo de infancia espiritual, pues de la misma forma que los niños abren la boca para recibir el alimento, abrimos la boca para recibir de la mano del sacerdote nuestro alimento espiritual. Y el sacerdote celebra la Misa “in persona Christi”, o sea, al celebrar, asume la propia persona de Cristo. Estos gestos de humillación se hacen, por lo tanto, delante del mismo Dios; y lejos de rebajar, engrandecen a quien los practica, porque son actos de adoración y de reverencia a Dios.

Concilio de Trento, atribuido a Tiziano, s. XVI – Óleo sobre lienzo, Museo del Louvre, París.

Cumplir los deberes religiosos con santo fervor

En el siglo VI, en la Iglesia de Roma, la sagrada hostia ya era depositada directamente en la boca de los fieles, según el testimonio de san Gregorio Magno al contar un milagro de san Agapito (Diálogos, libro 3º). Y fue en la Edad Media que se generalizó la recepción de rodillas, como lo afirma san Columbano, monje irlandés que cristianizó a los escoceses.

A partir de la Edad Media, los fieles sacaron gran provecho espiritual de esos gestos de reverencia ante las especies eucarísticas. Basta pensar en la institución de la fiesta de Corpus Christi por el Papa Urbano IV, en 1264. El primer gran fruto de ese perfeccionamiento en el trato de la Eucaristía fue el aumento de la fe en la Presencia Real de Nuestro Señor en el pan y en el vino consagrados, que se convierten en el Cuerpo y en la Sangre del Salvador. El segundo gran fruto fue el aumento de la piedad, siendo reconocido que la perfección de la virtud de la religión produce en las almas un afecto filial hacia Dios y una tierna devoción a las Personas divinas, a los santos, a la Iglesia, a las Sagradas Escrituras, etc., llevándolas a cumplir con santo esmero los deberes religiosos.

Es inexplicable que, después del Concilio Vaticano II, la comunión en la mano y otros modos de proceder protestante hayan comenzado a infiltrarse en la Iglesia Católica.

Infiltración de costumbres protestantes en la Iglesia

Este movimiento de fervor fue creciendo en la Iglesia Católica a lo largo de los siglos y marcadamente a partir del siglo XVI en oposición a las herejías de Lutero y sus congéneres.

Todas las sectas protestantes niegan la transubstanciación, es decir, niegan que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, perdiendo su sustancia y quedando solamente los accidentes. Algunas sectas dicen que la presencia de Cristo es apenas espiritual, mientras otras sostienen que, durante la ceremonia, su Cuerpo y Sangre se unen a la materia de las especies, pero la sustancia del pan y del vino permanece íntegra. Niegan también el carácter de sacrificio de la Santa Misa; y como consecuencia, niegan el sacerdocio como un orden sagrado para realizar el sacrificio “in persona Christi”. De ahí la equiparación de los fieles a los pastores, que son meros predicadores.

El resultado de la diseminación de esas herejías fue la transformación del altar en una mesa, colocada en frente o en medio de los participantes, y el que hagan una fila para ir a coger ellos mismos con su mano el pan y el vino directamente sobre la mesa. En su óptica herética, todo esto se explica porque el culto es principalmente una predicación; y la “comunión” es simplemente compartir un pan y vino no transubstanciados donde habría una vaga presencia espiritual de Cristo.

Lo inexplicable es que, después del Concilio Vaticano II, mucho de aquel modo de proceder protestante haya comenzado a infiltrarse en la Iglesia Católica.

San Carlos Borromeo dando la comunión a las víctimas de la peste, Tanzio da Varallo, 1616 – Óleo sobre lienzo, Domodossola (Italia)

El documento crucial para el abandono de la manera tradicional de recibir la Comunión fue la Instrucción Memoriale Domini, publicada por la Sagrada Congregación para el Culto Divino el 29 de mayo de 1969. En ella se explicaba que un número reducido de obispos había pedido la admisión de la comunión en la mano; pero, habiendo sido interrogados todos los obispos del mundo por el Papa Paulo VI, apenas un cuarto de ellos aprobaron esa novedad.

La Instrucción agregaba que, a consecuencia de lo anterior, “el Sumo Pontífice ha decidido no cambiar el modo, hace mucho tiempo recibido, de administrar a los fieles la sagrada comunión”. No obstante una líneas después aducía: “Pero si el uso contrario, es decir, el de poner la santa comunión en las manos, hubiera arraigado ya en algún lugar” (?!), las conferencias episcopales deben “examinar las circunstancias peculiares, si existen”, y “tomarán los oportunos acuerdos” para “la debida ordenación del mencionado uso” (o sea, ¡para regularizar los abusos!).

El carácter insincero de la Instrucción quedó claro en una nota anexa, en la cual se decía que “el rito de la comunión dada en la mano del fiel no deberá ser aplicado sin discreción”, introducirlo gradualmente”, “comenzando por unos grupos más preparados” por medio de “una catequesis adecuada”.

Como se trataba apenas de un indulto, las conferencias episcopales debían aprobar una resolución por mayoría de dos tercios, haciendo un pedido a la Santa Sede. La inmensa mayoría acabó introduciendo esa forma de distribución, de manera que se convirtió en una costumbre prevalente en la Iglesia latina en los cinco continentes.

La formulación más reciente de la legalización de esa anomalía está contenida en la Instrucción General del Misal Romano de 2002: “No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado, ni mucho menos pasarlo de mano en mano entre ellos. Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la conferencia de obispos. Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas”. Y más adelante: “Si la comunión se recibe solo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo la hostia un poco elevada, la muestra a cada uno, diciendo: ‘El Cuerpo de Cristo’. El que comulga responde: ‘Amén’, y recibe el sacramento, en la boca, o donde haya sido concedido, en la mano, según su deseo”.

La libertad de elección fue reiterada por la Congregación para el Culto Divino en su Instrucción Redemptionis Sacramentum, de 2004, la cual dice, de manera asaz sesgada: “Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el sacramento, en los lugares donde la conferencia de obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia”.

Argumentación contra la comunión en la mano

Su Excia. Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná (Kazajistán)

Dos obispos se han destacado en los esfuerzos para eliminar el abuso de la comunión en la mano, argumentando que un “indulto” fue transformado en regla general; y los que respetan la regla litúrgica pasaron a ser tratados como indultados. Mons. Juan Rodolfo Laise, recientemente fallecido, prohibió la comunión en la mano en su diócesis de San Luis (Argentina); y Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná (Kazajistán), escribió dos libros sobre el tema y promovió una resolución de su conferencia episcopal, prohibiendo la comunión en la mano en toda la región.

En el libro Corpus Christi – La Sagrada Comunión y la Renovación en la Iglesia, Mons. Schneider declara que en nuestros días esa práctica es “la más profunda laceración del Cuerpo Místico de la Iglesia de Cristo”, pues acarrea cuatro consecuencias, cada una más grave que la otra:

- Minimiza los gestos de adoración visible;

- En los niños y en los adolescentes que no conocieron el modo tradicional de recepción, crea la idea de que la Eucaristía es un alimento común y apenas un símbolo;

- Permite importantes pérdidas de partículas de hostias, que caen por tierra y son profanadas involuntariamente;

- Favorece el robo de hostias para actos sacrílegos.

…y su último libro

Además de lo que fue expuesto más arriba, se puede agregar aún lo siguiente: que tal práctica lleva a los fieles a la indiferencia y a la pérdida de la fe, pues aquellas mismas manos que depositaron dinero en la colecta van a tocar la hostia consagrada. Poco a poco, eso induce a la persona a colocar el dinero y la hostia en el mismo nivel, relativizando el valor infinito de la Sagrada Eucaristía.

Debemos resaltar que Nuestro Señor Jesucristo, realmente presente y en persona, es la víctima de esas cuatro deplorables actitudes.

En respuesta a aquellos que dicen que la obligación de recibir la comunión en la boca violaría sus derechos de “cristiano adulto”, Mons. Schneider afirma:

“Esos supuestos derechos violan los derechos de Cristo, el único Santo, el Rey de los reyes: Él tiene el derecho de recibir la excelencia de las honras divinas, incluso en la pequeña y santa hostia. Todas las razones en favor de la práctica de la comunión de pie y en la mano pierden toda consistencia ante la gravedad de la situación evidente de minimización del respeto y de la sacralidad, ante el descuido por las partículas eucarísticas que caen por tierra y frente al creciente fenómeno del robo de hostias consagradas.

“Por encima de todo, cualquier argumento en favor de la manutención de la práctica de la comunión en la mano pierde todo fundamento en consideración de la disminución (para no decir desaparición) de la integridad de la fe católica en la Presencia Real y en la transubstanciación. Tal práctica moderna, que jamás existió en la Iglesia bajo esa forma exterior concreta, acaba incontestablemente por debilitar la plenitud de la fe católica en la Eucaristía”.

La lección de la aparición del ángel a los pastorcitos de Fátima

El ángel se nos apareció por tercera vez, “trayendo en la mano izquierda un cáliz sobre el cual está suspendida una hostia de la que caían, dentro del cáliz, algunas gotas de sangre”, narra la hermana Lucía en sus Memorias.

Como un saludable contraste, interesa recordar la tercera aparición del Ángel de la Paz a los tres pastorcitos de Fátima en 1916. Por un lado el enviado de Dios nos muestra la reverencia que debemos tener hacia la Sagrada Eucaristía; y por otro, de qué manera los sacrilegios ofenden a Nuestro Señor. A continuación la narración de la hermana Lucía:

“Nos incorporamos para ver lo que pasaba y vemos al Ángel trayendo en la mano izquierda un cáliz sobre el cual está suspendida una hostia de la que caían, dentro del cáliz, algunas gotas de sangre. Dejando el cáliz y la hostia suspendidos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces la oración: ‘Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo: yo te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los infinitos méritos de su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pobres pecadores’.

“Después se levantó, tomó de nuevo en la mano el cáliz y la hostia, y me dio la hostia a mí. Lo que contenía el cáliz se lo dio a beber a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo: ‘Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios’.

“De nuevo se postró en tierra y repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: ‘Santísima Trinidad… etc’. Y desapareció”.

Pidamos a Nuestra Señora de Fátima que obtenga cuanto antes de su divino Hijo que en la Iglesia, que es su Cuerpo Místico, se cierre la llaga de la comunión en la mano, síntoma de tanta indiferencia y causa de innumerables ultrajes.



  




Artículos relacionados

¿Qué significa las puertas del infierno?
La gracia divina antes de la venida de Cristo
La Comunión de los Santos
¿Cómo se compatibiliza el milagro con el orden divino del universo?
¿Lutero fue un hombre de Dios?
¿Por qué Dios permite las enfermedades?
Restauración espiritual de la virginidad
Símbolos religiosos en lugares públicos
La Santa Misa
¿Cómo nuestras oraciones pueden interceder por los difuntos?




Informe de sus aportes a la Alianza de Fátima ¿Necesita que alguien rece por usted? Advocaciones marianas en el Perú Suscríbase a nuestro boletín


COVID-19
¿El coronavirus es un castigo divino?
La pandemia y los grandes horizontes de Fátima
Mons. Athanasius Schneider: Nos gloriamos en las tribulaciones
Remedio seguro contra la “coronafobia”
Cardenal Raymond Leo Burke: Mensaje sobre el combate contra el coronavirus



Peregrinando
Cristiandad
El ángel de la guarda, nuestro verdadero amigo
La Asunción de María Santísima
¡Vade retro Satanás!
El Santísimo Sacramento de la Eucaristía
La Madonna de Monte Bérico
Remedio seguro contra la “coronafobia”
El Hijo de Dios condenado por el más arbitrario de los procesos
Santa Jacinta de Fátima: Centenario de su fallecimiento (1920-2020)
La actitud católica frente a la muerte y la concepción materialista
¿Cómo rezar bien el rosario en honor a la Virgen María?
Grandezas y glorias de San José
Presencia diabólica en el mundo de hoy
Los rostros de la Virgen en el Perú
La Visita a los Monumentos - Jueves Santo
Un remedio eficaz contra la amnesia religiosa



 



Tesoros de la Fe


Nº 226 / Octubre de 2020

Cristiandad
Sacralidad en el orden temporal

Emperador Carlomagno, Alberto Durero, 1511-13 – Óleo sobre madera de tilo, Museo Nacional Germánico, Nuremberg (Alemania)



Solicite aquí la visita de la Virgen Peregrina de Fátima




Santoral

24 de octubre

San Antonio María Claret, Obispo y Confesor

+1870 + Fontfroide - Francia. Incansable misionero, quería salvar al mundo con sus predicaciones, Arzobispo de Cuba, profetizó castigos para aquella isla. Fundó la Congregación Misionera de los Hijos del Corazón Inmaculado de María. Confesor y consejero de la reina Isabel II, de España, influyó para la elección de obispos dignos que fueron después "la guardia personal del Papa" en el Concilio Vaticano I, en el cual ejerció papel preponderante.

Más información aquí.






Ayude a difundir el mensaje de Fátima
Alianza de Fátima | Donaciones | Solicite visita de la Virgen | Tienda Virtual

Campaña promovida por la Asociación Santo Tomás de Aquino
Tomás Ramsey 957, Magdalena del Mar - Lima - Perú
..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... ..... .....