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«Tesoros de la Fe» Nº 222

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Los malos sacerdotes son el mayor castigo con que Dios aflige al pueblo

¿Quién, pues, no agradecerá a Dios tanto bien y no dará a los sacerdotes, por ser de él dispensadores, todo el honor y reverencia debida?

Respétalos tú, hijo mío, y venéralos, ya porque así lo exige su dignidad de representantes de Jesucristo, ya porque esta es la voluntad de nuestro Redentor, el cual refiriéndose a los apóstoles y discípulos, y a sus sucesores los sacerdotes, dijo: “el que os desprecia, a mí me desprecia”; y finalmente por la grande utilidad que de ellos reporta el bien público por su ministerio de oración, sacrificios, predicación y administración de sacramentos, como te he explicado.

Si supieres u oyeres tal vez que algún sacerdote ha caído en alguna miseria o fragilidad, ni te admires ni te escandalices de ello; pues que así como entre los primeros sacerdotes, los apóstoles, hubo un Judas, no es de extrañar que también entre los de nuestros días haya quien se olvide de que debe ser santo; porque el ser sacerdote no quita a nadie el ser descendiente de Adán y, como tal, sujeto a las mismas miserias y fragilidades que los demás hombres.

Pero entiende, que porque uno sea malo, no se sigue que lo sean todos los demás; y aún con respecto al malo, quiero también que sepas, que has de compadecerte de la fragilidad que ha tenido como hombre y venerar la dignidad sacerdotal que en él ha marcado Cristo.

Si ves colocado al frente de un pueblo a un mal sacerdote, has de afligirte, temer y pensar que quizás nuestros pecados han merecido tan horrendo castigo; pues que la Sagrada Escritura nos enseña que el mayor y más terrible de los azotes que Dios envía a un pueblo, es darte malos sacerdotes. Cuando la ira del Señor aún no ha llegado a su colmo, permite que las naciones se armen unas contra otras, que queden estériles los campos, que el hambre, la desolación y la muerte ejerzan su dominio sobre la tierra; pero cuando su justa indignación llega al exceso, envía el último y más atroz de sus castigos, permitiendo que ministros infieles, sacerdotes manchados, pastores escandalosos se coloquen entre los hombres. Entonces se verifica que las abominaciones del pueblo son causa de los malos sacerdotes y los malos sacerdotes son el mayor castigo con que Dios aflige al pueblo.

Para evitar estos daños tan terribles, la Iglesia celosa siempre del bien de los pueblos y del decoro y lustre de los ministros del altar, ha establecido como ley doce ayunos al año [N. de R.: ya no en vigor], tres en cada principio de las cuatro estaciones, que llamamos témporas, que son el tiempo señalado para la ordenación de sacerdotes, con los que obliga a todos los fieles a que con ella supliquen al Señor que no nos castigue con darnos malos sacerdotes, antes bien compadecido de nuestras miserias, nos envíe ministros dignos y pastores celosos que nos guíen por el desierto de este mundo, hasta llegar con felicidad a la tierra de promisión, a la eterna gloria. Amén.

 

San Antonio María Claret, Catecismo de la doctrina cristiana explicado y adaptado a la capacidad de los niños y adornado con muchas láminas, Herederos de la Vda. Pla, Barcelona, 1849, p. 372-374.



  




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Tesoros de la Fe


Nº 223 / Julio de 2020

La Guerra Invisible
Todo lo que un católico necesita saber en nuestros días para defenderse de la acción diabólica

San Miguel (detalle), Manuscrito ilustrado de Les tres riches heures du Duc de Berry, s. XV, Museo Condé, Chantilly (Francia)



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Santoral

8 de agosto

Santo Domingo de Guzmán, Confesor.

+1221 Bolonia. Canónigo de Osma, en España, oriundo de noble familia, al dirigirse en peregrinación a Roma vió el estrago que la herejía albigense hacía en el sur de Francia. Ahí quedó para predicar y defender la verdad, fundando la Orden de los Predicadores.

Más información aquí.

Catorce Santos Auxiliares

+ . Esos santos son así denominados por la eficacia de su intercesión en los siguientes casos: San Jorge (contra las dolencias de la piel y para conseguir la curación de los animales domésticos); San Blas (garganta); San Erasmo (enfermedades intestinales); San Pantaleón (invocado por los médicos, contra la tuberculosis); San Vito (epilepsia, corea o danza de San Vito); San Cristóbal (huracanes, pestes, viajes); San Dionisio (posesiones diabólicas); San Ciriaco (invocado contra la tentación a la hora de la muerte, dolencias de ojos y posesiones); San Acacio (dolores de cabeza); San Eustaquio (invocado contra las disputas familiares, para no caer en el infierno); San Gil o Egidio (pánico, locura, miedos nocturnos, para realizar una buena confesión); Santa Margarita de Antioquía (contra los males de riñones y durante el parto); Santa Bárbara (para librarnos de la tormenta eléctrica y muerte repentina) y Santa Catalina de Alejandría (invocada por estudiantes, oradores, abogados y contra los problemas de la lengua)








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