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«Tesoros de la Fe» Nº 204

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Nuestro Señor Jesucristo vela siempre sobre su Iglesia

De la introducción al libro: «Yo ya he resistido otras tormentas: Una respuesta a los escándalos y las reformas democráticas que amenazan a la Iglesia Católica».1

 

La Iglesia es frecuentemente representada como la barca de Pedro navegando en los mares de la historia.

Unas veces vientos serenos inflan sus velas, y ella fluctúa sobre las olas con gracia imponente y serena. Otras veces, sin embargo, los vientos rugen, el mar se encrespa con olas espumantes, rayos cruzan los cielos, truenos alarman a los navegantes y la nave parece naufragar.

Mientras el estruendo de la borrasca sacude la Barca de Pedro, el Salvador duerme. Entonces, como los apóstoles, gritamos: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”. Al despertar, Jesús nos tranquiliza como lo hizo con ellos: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”. De pie, con voz majestuosa, ordena que cese la tempestad y el mar se calma.2

“Es imposible que no haya escándalos”

Hoy la Iglesia es golpeada por escándalos de abuso sexual encubiertos por autoridades eclesiásticas. Ella está siendo atacada por sus enemigos, mientras la inseguridad y la confusión agitan a sus hijos.

Muchos no entienden por qué Nuestro Señor parece dormir o por qué Él permite que el mal penetre en el santuario. Eso aparentemente contraría tanto la promesa de indefectibilidad cuanto la santidad de la Esposa Mística de Cristo. La fe de muchos vacila: si la Iglesia no es santa, no puede ser la verdadera Iglesia de Cristo.

Otros reaccionan procurando reformar la Iglesia, responsabilizando por la crisis a sus dogmas, sus enseñanzas morales y su estructura jerárquica, de institución divina.

Nuestro Señor prometió que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia,3 y que Él la asistirá hasta el fin de los tiempos.4 Sin embargo, no prometió que Ella no sufriría crisis, escándalos y aparentes colapsos.

Todo lo contrario, las parábolas de Nuestro Señor sobre el Reino de Dios, que es la Iglesia, afirman claramente que el bien y el mal harán parte de Ella hasta el fin de los tiempos. Solo entonces Dios enviará a sus ángeles para purificar de escándalo la tierra.5

La vida terrena es un período de prueba. Así, algunos harán el mal y darán escándalo para otros. “Es imposible que no haya escándalos”, dijo Nuestro Señor, “pero ¡ay de quien los provoca!”.6 San Pablo explica cómo esos escándalos ayudan a purificar nuestra fe: “Realmente tiene que haber escisiones entre vosotros para que se vea quiénes resisten a la prueba”.7

Dios permite la tentación, pero siempre nos concede la gracia suficiente para resistir. San Pablo enseña: “Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por ­encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla”.8

Explayando el episodio de Nuestro Señor durmiendo en la barca, san Juan Crisóstomo explica que la tempestad simboliza las pruebas futuras de la Iglesia, durante las cuales los fieles, los atletas de Cristo, serán fortificados. El eminente comentador de la Sagrada Escritura, Cornelio a Lápide, después de referirse a san Juan Crisóstomo, cita una frase de Séneca, para mostrar que hasta un escritor pagano entendió el provecho espiritual proveniente de la lucha contra la tentación: “La vida sin tentación es como un mar muerto”.9

La Iglesia es la “Casa de Dios”, cuya piedra angular es Cristo.10 Ella es “la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén” bajada del cielo.11 Sin embargo, Dios permite la tentación hasta en este lugar sagrado, de la misma forma como permitió que nuestros primeros padres fueran probados en el Paraíso Terrenal. De ese modo, nuestro amor es purificado de todo apego a la consolación divina y de las preocupaciones humanas.

Nuestro Señor previó los escándalos

San Agustín explica que siempre habrá algunos obispos semejantes al Buen Pastor (que es figura de Nuestro Señor), y otros como los mercenarios. Escribiendo a Felicia, una virgen que se afligía con los escándalos que entonces infestaban la Iglesia, él dice:

“Te exhorto a que no te dejes perturbar más de lo normal por estos escándalos. Se nos predijo que vendrían, para que al llegar recordáramos que estaban anunciados y no nos turbásemos demasiado. El mismo Señor los anunció en el Evangelio: ‘¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!’ (Mt 18, 7). […] Hay algunos que ocupan la cátedra de pastor para velar por la grey de Cristo. Pero hay otros que la ocupan para gozar de sus honores temporales y comodidades seculares. Es preciso que en la misma Iglesia Católica perduren hasta el fin del siglo y hasta el juicio del Señor estos dos linajes de pastores, pues unos nacen mientras otros mueren”.12

Finalmente, cuando enfrentó los errores de Lutero y Calvino, la Iglesia afirmó que no era una “Iglesia de santos” o “Iglesia de los predestinados”, sino que abriga en su seno a justos y pecadores.13

La historia de la Iglesia muestra claramente que Ella siempre sufrió pruebas. En sus comienzos, feroces persecuciones externas trataron de destruirla. Poco después, herejías embistieron contra Ella internamente.

En los albores del siglo IV, la Iglesia tuvo que enfrentar el arrianismo, una de las más devastadoras herejías. Negaba la divinidad de Nuestro Señor, declarándolo una mera criatura, aunque más perfecta, creada por el Padre para ser intermediario en la creación y redención del mundo. Arrio, fundador de la herejía, afirmaba que la naturaleza del Hijo no era de la misma sustancia que la del Padre, es decir, que el Hijo no era consubstancial al Padre.

Esta herejía atacaba los propios fundamentos del Cristianismo. Si el Verbo no era divino, Dios no se hizo hombre, y los misterios de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor no tendrían un significado trascendental.

Ella se difundió por todo el mundo cristiano. Tantos obispos se le adhirieron, que san Jerónimo exclamó, con hipérbole retórica: “El mundo entero gimió aturdido al ver que se había vuelto arriano”.14

Homicidio y suicidio espiritual

En un sermón sobre los actuales escándalos, el padre Roger J. Landry, de la parroquia del Espíritu Santo en Fall River, EE. UU., observa acertadamente: “Desgraciadamente el escándalo no es nada nuevo en la Iglesia… Cada vez que la Iglesia toca su punto más bajo, Dios suscita santos extraordinarios para reconducirla a su verdadera misión. Es casi como si en esos tiempos de tinieblas, la luz de Cristo brillara con más intensidad”.

El padre Landry cita el mal ejemplo del Papa Alejandro VI, durante el Renacimiento: tuvo varios hijos de varias concubinas, y después los enriqueció con los bienes de la Iglesia; muchos quedaron escandalizados y conmovidos en su fe; Lutero se rebeló, apostató y fundó una nueva religión. Y agrega: “Con el tiempo Dios suscitó muchos santos para combatir esa solución errada y reencaminar al pueblo hacia la Iglesia que Cristo fundó. San Francisco de Sales fue uno de ellos”.

Después de mencionar episodios heroicos en la vida de san Francisco de Sales, el padre Landry transcribe un comentario del santo: “Mientras que aquellos que dan escándalo son culpables del equivalente espiritual del asesinato, aquellos que se escandalizan y permiten que los escándalos destruyan su propia fe, son culpables de suicidio espiritual”.

El padre Landry afirma que san Francisco estuvo entre el pueblo de una región que hoy es Suiza, tratando de evitar que cometieran suicidio espiritual a causa de los escándalos. Y concluye: “Yo estoy aquí para predicarles lo mismo”.15 

 

Notas.-

1. TFP Committee on American Issues, Western Hemisphere Cultural Society, York, EE.UU., 2002.

2. Mt 8, 25-26.

3. Mt 16, 17-19.

4. Mt 28, 18-20.

5. Mt 13 (in toto).

6. Lc 17, 1.

7. 1 Cor 11, 19.

8. 1 Cor 10, 13.

9. Cornelio a Lápide, Commentaria in Scripturam Sacram, Vivès, París, 1881, vol. 15, p. 234.

10. 1 Cor 3, 9; Mt 21, 42.

11. Apoc 21, 2.

12. Epist 208, in https://www.augustinus.it/spagnolo/lettere/index2.htm.

13. P. Joachim Salaverri SJ, De Ecclesia Christi, in Sacræ Theologiæ Summa, BAC, Madrid, 1958, vol. I, nº 1128, p. 912.

14. William Barry, “Arianism” in Catholic Encyclopedia, 1913, vol. I, p. 710.

15. P. Roger J. Landry, in http://catholicpreaching.com/the-fully-catholic-response-to-the-scandals-4th-sunday-in-ordinary-time-a-february-3-2002/.



  




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+ . Anteriormente Fiesta de Nuestra Señora Reina. En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor...(Lucas 1:39-46) La celebración de la fiesta es iniciativa de San Buenaventura, franciscano, en 1263. El Papa Urbano VI (reinó de 1378-1389), la extendió a toda la Iglesia, pidiendo el fin del cisma que sufría la Iglesia.

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