Nuestra Señora de La Merced
“Madre de nuestro Ejército: Humilde a tus plantas como acostumbré en mi juventud de soldado: hoy el anciano Mariscal te repite el ruego de toda su vida: que la fe en las mercedes que otorgas cual guía luminosa abra al Perú la ruta de la gloria”.
(Andrés A. Cáceres, 1921)
El culto a la Virgen de Merced o de las Mercedes es una de las devociones más antiguas y arraigadas en nuestro país. Su gloriosa historia se inicia en la Edad Media, cuando San Pedro Nolasco con el apoyo del Rey Jaime I de Aragón –por especial revelación de la misma Virgen– funda el 10 de agosto de 1218 en Barcelona la “Celestial, Real y Militar Orden de Nuestra Señora de la Merced”, para la redención de los cautivos en poder de los musulmanes.
La trayectoria de esta benemérita Orden es maravillosa y heroica: “Desde su inicio y durante los seis siglos siguientes pudo redimir a más de ochenta mil cautivos devolviéndoles a su patria y a su hogar con el precio de mil quinientos mártires que derramaron su sangre por la conquista de la libertad de los cristianos”. 1
Extensión de su culto en el Nuevo Mundo
Los Padres Mercedarios llegaron al Perú junto con los primeros conquistadores, y con ellos la devoción a la Virgen de las Mercedes, que rápidamente se extendería por el vasto Virreinato. De ello nos da cuenta el historiador jesuita, P. Rubén Vargas Ugarte: “Fruto del celo de los mercedarios fue la difusión del culto a la Virgen titular, algunas de cuyas imágenes, como las de Lima, Quito, Pasto, Piura, Chachapoyas, Portobelo, Ica, Tucumán y Caracas, vinieron a ser muy populares y veneradas”. 2
Fray Miguel de Orenes, quien fundara en 1535 el convento de Lima, trajo la primera imagen de la Virgen de la Merced que se veneró en esta ciudad. El P. Luis Vera en su Memorial de la fundación y progreso de la Orden de Nuestra Señora de la Merced de la Provincia de Lima (1637) señala que ya esta imagen obró estupendos milagros entre los conquistadores y primeros pobladores de la ciudad.
La primitiva ermita mercedaria, un oratorio pequeño y de pobres materiales, fue sustituida por el magnífico templo levantado durante el gobierno del Marqués de Montesclaros (1608-1615) y que hasta hoy contemplamos, a pesar de la furia de los temblores y los saqueos de los piratas. En tiempos recientes la Santa Sede ha elevado la iglesia al rango de Basílica Menor.
En su interior alberga grandes joyas del arte y de la piedad cristiana, entre las que destacan El Cristo de la Conquista, una conmovedora imagen de la Virgen Dolorosa, los restos mortales del Venerable P. Urraca y su famosa Cruz que tanto excita la devoción popular, y otras. Lamentablemente, en años recientes ha desaparecido la preciosísima reliquia de la Sagrada Espina guardada en la Basílica.
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Altar Mayor de la Basílica de La Merced. |
Primera imagen coronada canónicamente en el Perú
La imponente imagen de Nuestra Señora de la Merced, expuesta en su altar mayor, es muy antigua y de muy bella factura. Data del tiempo de la inauguración de la iglesia a comienzos del siglo XVII. Fue jurada patrona de los campos de Lima por el Cabildo el 20 de setiembre de 1730, proclamada Patrona de las Armas de la República por el Congreso Nacional de 1823 y coronada canónicamente en 1921.
Desde antaño se le reconoce su especial protección a la capital, como lo consigna un Acta del Cabildo limeño: “También recibió esta ciudad el beneficio de esta Divina Señora por el mes de julio del año 1615, en que intentaron invadir el presidio del Callao once navíos corsarios holandeses, en que hallándose sin defensa, invocaron su patrocinio y acudió prontamente su clemencia al socorro de este trabajo, apareciéndose acompañada de numerosos ángeles, vestida con el sagrado hábito de su Orden y mirando con semblante benigno a la ciudad la protegió extendiendo su piadoso manto y arrojó del puerto a los enemigos...”. 3
Un milagro digno de figurar en un libro de oro
El citado P. Luis Vera refiere también un milagro de la Virgen ocurrido en la doctrina de Ichopincos, corregimiento de Guamalíes: “Cayóle cáncer mortal al P. Fr. Pedro del Campo estando en esta doctrina y no hallándose remedio en la tierra, acudieron al último cortándole una pierna donde estaba el mal. Cortada por la rodilla, era tan fuerte la corrupción que fue necesario cortarle por más arriba segunda y tercera vez; a ésta quedó tan rendido que diciéndole que no se había atajado el daño, y así tratase de las últimas disposiciones para salir de esta vida, se desmayó y volviendo en sí fue dando voces: tráiganme la Imagen Sacratísima de la Virgen, tráiganme a mi Madre, que sólo ella puede darme salud. Trajéronle la imagen de la iglesia, y al punto que entró en su aposento, a la vista de todos, se le cayeron por sí mismos en el suelo los pedazos de carne podrida en que estaba apoderado el cáncer, quedando la demás colorada y libre de corrupción. Sanó de la llaga en brevísimo espacio, y aunque con pierna de palo, quedó tan ágil que por los más peligrosos caminos del Perú iba a mula, con más facilidad que los muy sanos”. 4
Pero el gran impulsor de esta devoción en el Perú fue sin duda Fray Antonio de Vidaurre, quien por largos años dirigió la Tercera Orden de la Merced y escribió en 1716 la célebre Novena deprecatoria a la Santísima Virgen de la Merced, redentora de cautivos y especialísima abogada del Perú, que tan amplia difusión tuvo desde entonces.
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