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Número 83
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San Bernardo de Claraval

Gloria de la Iglesia y de la Cristiandad

San Bernardo de Claraval

De tiempo en tiempo la Providencia hace surgir hombres providenciales que marcan todo su siglo, como San Bernardo, el Doctor Melifluo, cantor de la Virgen, gran predicador de cruzadas, extirpador de cismas y herejías, pacificador eximio y uno de los mayores místicos de la Iglesia.

Plinio María Solimeo

En una familia privilegiada, de gran fortuna y poder, nació Bernardo, al final del siglo XI. Su mayor riqueza, sin embargo, era una arraigada fe católica. Su padre, Tecelin, gran señor, era bueno y piadoso; y su madre, Alicia, sería venerada como bienaventurada por la Iglesia en Francia.

Cuando nació Bernardo, el tercero de siete hijos, además de ofrecerlo a Dios, como lo hacía con toda su prole, ella lo consagró al servicio de la Iglesia.

La ciencia de los santos la aprendió Bernardo con sus padres; y la del mundo, con los padres de la iglesia de Châtillon-sur-Seine.

El niño era extremamente bien dotado. Además de buena apariencia física, tenía Bernardo una inteligencia viva y penetrante, elegante dicción, suavidad de carácter, rectitud natural de alma, bondad de corazón, una conversación atrayente y llena de encanto. Paralelamente, una modestia y una propensión al recogimiento que lo hacían parecer tímido.

Radicalidad en la virtud de la pureza

Con tantas cualidades naturales y una posición social envidiable, al crecer podría haberse fácilmente desviado hacia el mundanismo.

Pero Bernardo probó que la alta condición social, si es vivida con fe, puede incluso ayudar a la práctica de la virtud. Su temperamento, inclinado a la meditación, se abrió a la acción de la gracia, que lo llevaba a escoger siempre la virtud al placer, las cosas de Dios a las del mundo.

A los 19 años era alto, bien proporcionado, con profundos ojos azules iluminando un rostro varonil, enmarcado por una cabellera rubia. Su porte era al mismo tiempo noble y modesto.

Cierto día, en una recepción social, la figura de una joven lo atrajo y lo perturbó. Inmediatamente, para apartar aquella visión que se le volvió casi obsesiva, se arrojó en un tanque de agua fría y ahí permaneció hasta que lo sacaron. Hizo entonces el propósito de consagrarse totalmente a Dios.

Prodigiosa población de la Abadía del Císter

El año 1098 San Roberto había fundado, en un valle llamado Císter, una rama reformada de la famosa abadía de Cluny, ya entonces en decadencia. La severidad de su regla fue alejando a los candidatos, mientras sus monjes antiguos iban muriendo. San Esteban Harding, sucesor de San Roberto, pedía constantemente a Dios nuevas vocaciones; pero éstas no aparecían. Pensaba ya cerrar definitivamente las puertas de la abadía, cuando un día treinta nobles caballeros aparecieron, pidiendo ingresar en la Orden. Eran Bernardo con sus hermanos, un tío y amigos, a quienes había convencido de acompañarlo. Más tarde los seguirían su hermano menor y el propio padre, mientras que su única hermana también se dedicaría a Dios, muriendo en olor de santidad.

Era tan intenso el don de persuasión que poseía este hombre lleno de amor de Dios que, al predicar, las mujeres sujetaban a sus maridos y las madres escondían a sus hijos, por miedo a que lo siguiesen...

Comunicación continua con Dios

Bernardo se entregó a la práctica de la regla como monje consumado. Puesto que, en los caminos de la virtud, hay varias vías para alcanzar la santidad, Bernardo se dio con total radicalidad a la bella vía para la cual se sentía llamado por Dios. Dominó de tal manera sus sentidos, que comía sin sentir el sabor, oía sin oír. Dominó el paladar a tal punto, que una vez bebió sin percibir un vaso de aceite, en vez de agua. Formó para sí una “celda interior”, en la cual vivía tan recogido que, después de dos años, desconocía si el techo de la abadía era abovedado o liso, ni si había ventanas en la capilla. Su comunicación con Dios era continua, de manera que incluso mientras trabajaba no perdía su recogimiento interior.

Pensaba que el monje debía tener el dominio de sí, incluso durante el sueño; y más tarde, cuando oía roncar a alguno de los hermanos, decía que eso era dormir de un modo carnal y en el estilo de los seglares. Huía del sueño como de una imagen de la muerte, concediéndole tan poco tiempo que mal podía decirse que dormía.

Bernardo quería santos en su milicia. Por eso decía a menudo a sus novicios: “Si deseáis vivir en esta casa, es necesario dejar afuera los cuerpos que traéis del mundo; porque sólo las almas son admitidas en estos lugares, y la carne no sirve para nada”.


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