¿Con qué autoridad afirmamos que sólo la Religión Católica es la verdadera?
1.- ¿Con qué autoridad afirmamos que sólo nuestra Religión es la verdadera? No vale citar la Biblia ni el Magisterio.
2.- ¿Cómo defender que los pasajes bíblicos nunca fueron adulterados, o que por lo menos no sufrieron influencia de la cultura hebrea?
Le hago estas preguntas porque necesito argumentos para la clase de filosofía. Mi profesor dijo que él era Dios, que todos sus alumnos son Dios y que todo lo que nos rodea es Dios. Esta cuestión la supe elucidar (Dios está en todo, pero nada lo contiene... ), sin embargo, no me atreví a responder las preguntas que arriba le hago para no empeorar la situación.
Nuestro interlocutor sitúa claramente en qué términos quiere una respuesta: “no vale citar la Biblia ni el Magisterio”, porque su profesor no admite la autoridad de ambos. Se trata por lo tanto de demostrar, a quien no acepta los fundamentos de la verdad católica —la Sagrada Escritura y la Tradición transmitida e interpretada por el Magisterio eclesiástico— que nuestra Religión es la verdadera.
En honor a la verdad, conviene desde ya decir lo siguiente: la posición de un interlocutor que, de antemano, no acepte la demostración estrictamente científica e histórica de que Nuestro Señor Jesucristo entró en la Historia de la humanidad, comprobó su divinidad como Dios humanado, e instituyó el Cristianismo, equivaldría “ipsis litteris”, por ejemplo, a la posición irracional y anticientífica de un profesor de Historia que, también de antemano, repeliese toda documentación histórica —científicamente comprobatoria— de que América fue descubierta por Cristóbal Colón.
Nosotros sabemos, es decir, tenemos la convicción interior de que la Religión católica es la verdadera porque con el sacramento del Bautismo recibimos el don de la fe. ¿Cómo hacer para transmitir esa convicción a quien no tiene fe?
Pues bien, desde luego cabría decir que humanamente eso es imposible, mientras nuestro interlocutor no se abra al llamado de la gracia e, iluminado interiormente por el don de la fe, acepte la verdad por sí mismo.
Esta respuesta parece a primera vista simplista y desalentadora. Alguien dirá: ¿Entonces no podemos hacer nada para demostrar a los otros que nuestra Fe es verdadera? Si así fuere, ellos dirán que nuestra posición ¡es la de “dueños de la verdad”, meramente subjetiva, que no pasamos de grandes presuntuosos, queriendo imponer a los otros “nuestra verdad” sin siquiera tener argumentos para probar que estamos en lo cierto!
Si el lector sacó esa conclusión, corrió demasiado y no analizó debidamente la afirmación anterior (resaltada en negrita-itálica). No prestó atención en el “humanamente imposible” (lo que es imposible al hombre, no lo es para Dios); y no se detuvo en la cláusula “mientras”, que levanta el problema de la colaboración del hombre con la gracia de Dios. Sobre esta importante y delicada cuestión, el lector podrá ver La Palabra del Sacerdote del mes de Setiembre del 2002..
A respecto de ser “dueños de la verdad”, conviene recordar el dicho, al mismo tiempo espirituoso y profundo del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira: “Yo no soy dueño de la verdad, es la verdad que es dueña de mí”.
Conocimiento de Dios por la luz de la razón
La Religión católica tiene ciertamente argumentos para probar que todos los puntos de su doctrina están de acuerdo con la recta razón, que ninguno de ellos contradice las verdades conocidas por la razón humana.
En efecto, hay ciertas verdades sobre Dios que las podemos conocer con la luz de nuestra razón. Así, por ejemplo, que Dios es un ser espiritual perfectísimo, eterno, creador del Cielo y de la Tierra. Que es infinitamente sabio, poderoso, justo y bueno. Que todas sus perfecciones son infinitas. Que es inmenso, y por eso está en el Cielo, en la Tierra y en todas partes (como en la consulta apropiadamente se recuerda). Que es omnisciente, y así ve claramente todas las cosas presentes, pasadas y futuras, hasta incluso los afectos más íntimos del corazón, como los pensamientos más secretos de todo hombre.
|