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Número 83
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San Atanasio

Columna de la Iglesia

San Atanasio

Uno de los mayores Santos de la Historia, odiado violentamente por los malos, fue sin embargo muy amado por su lucha intrépida en defensa de la Fe.

Plinio María Solimeo

“El siglo IV, la edad de oro de la literatura cristiana, nos ofrece en sus umbrales la figura gigantesca de Atanasio de Alejandría, el hombre cuyo genio contribuyó al engrandecimiento de la Iglesia mucho más que la benevolencia imperial de Constantino. Su nombre está indisolublemente unido al triunfo del Símbolo de Nicea” 1, que aún hoy rezamos.

“¿Hay nombre más ilustre que el de San Atanasio entre los seguidores de la Palabra de la verdad, que Jesús trajo a la tierra? ¿No es este nombre símbolo del valor indomable en defensa del depósito sagrado, de la firmeza del héroe frente a las más terribles pruebas de la ciencia, del genio, de la elocuencia, de todo lo que puede representar el ideal de santidad de un Pastor unido a la doctrina del intérprete de las cosas divinas? Atanasio vivió para el Hijo de Dios; su causa fue la de Atanasio. Quien estaba con Atanasio, estaba con el Verbo eterno, y quien maldecía al Verbo eterno maldecía a Atanasio” 2, comenta Don Guéranger, el admirable autor eclesiástico del siglo XIX.

Éste es el gran santo que conmemoramos el día 2 de mayo.

Arrianismo: herejía devastadora

Dios Nuestro Señor permitió que hubiese varias herejías ya en los comienzos de la Iglesia. Con ello, al refutarlas, los doctores fueron explicitando la verdad católica a partir de la Revelación y estableciendo así los fundamentos básicos sobre los cuales se afirmaría la verdadera doctrina.

Una de las herejías que más daño causó a la Iglesia, a partir del siglo III, fue el arrianismo, debido al apoyo que encontró de parte de muchos obispos y emperadores.

En la segunda mitad del siglo III, Melecio, obispo de Licópolis, rompió con San Pedro de Alejandría, provocando un cisma que dividió al patriarcado de Alejandría. Melecio cayó en cisma (o sea provocó una división) por haber discordado de la condescendencia del Santo al recibir de vuelta a la Iglesia a cristianos arrepentidos que, por debilidad, habían ofrecido incienso a los ídolos para evitar la muerte.

Arrio, hombre intrigante, habilidoso, persuasivo, venido de Libia, se unió a los cismáticos. Elevado al sacerdocio por el primer sucesor de San Pedro de Alejandría, ambicioso y buscando preeminencia comenzó a predicar una nueva doctrina, que negaba la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. San Alejandro, nuevo Patriarca de Alejandría, la condenó como herética.

Atanasio: sustentáculo anti-arriano

“Jamás, tal vez, ningún jefe de herejía poseyó en más alto grado que Arrio las cualidades propias para ese maldito y funesto papel. Instruido en las letras y en la filosofía de los griegos, dotado de una rara fineza de dialéctica y de lenguaje, conseguía dar al error el aspecto y el atractivo de la verdad. Su exterior ayudaba a la seducción. Su orgullo se disfrazaba bajo una simple vestimenta, bajo una mirada modesta, recogida, mortificada, que le daba un falso aire de santidad, y al cual sabía aliar un trato gracioso en un tono dulce e insinuante” 3. Esto le abrió la puerta de los grandes y poderosos del mundo. Eusebio de Cesarea le concedió asilo y lo protegió. Eusebio de Nicomedia se volvió su más fuerte defensor. Por eso su herejía se extendió a través de los siglos, provocando un gran mal a la Iglesia.

El crecimiento y el tumulto de la nueva herejía preocupó al Emperador Constantino, que envió al más venerado Prelado de la época, Osio de Córdoba, a Alejandría, para intentar hacer cesar la “epidemia”. Éste, estando con San Atanasio, reconoció de inmediato su ortodoxia; así como la mala fe y error de Arrio. Por ello, aconsejó al Emperador a convocar un concilio en Nicea, para condenar la nueva herejía. En él fue compuesto el famoso Credo de Nicea, que algunos heresiarcas rubricaron constreñidos, y otros, rehusándose a hacerlo, fueron exiliados.

Fue ahí, en la gran asamblea, que un pequeño gran hombre, secretario de San Alejandro, se hizo notar por el fuego de sus palabras, la elocuencia y el amor a la ortodoxia católica. Era él Atanasio.

Modelador de los acontecimentos

“Atanasio era una de esas raras personalidades que deriva incomparablemente más de sus propios dones naturales de intelecto de que de lo fortuito de la descendencia o de los que lo rodean. Su carrera casi personifica una crisis en la historia de la Cristiandad, y se puede decir de él que más dio forma a los acontecimientos en que tomó parte de que fue moldeado por ellos” 4. A esta descripción psicológica debemos añadir su fe profunda e inconmovible, al servicio de la cual colocó sus cualidades naturales.

De estatura por debajo de la media (por lo que fue objeto de burla por parte del apóstata Juliano), según sus biógrafos, era de complexión delgada, pero fuerte y enérgico. Tenía una inteligencia aguda, rápida intuición, era bondadoso, acogedor, afable, agradable en la conversación, pero vigilante y afilado en el debate.

La Historia no guardó el nombre de sus padres. Por la alta formación intelectual que aún de joven demuestra, se juzga que pertenecía a la clase más elevada.


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