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Número 83
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Fátima, entre la guerra y la paz

Nuestra Señora de Fátima

Las memorables apariciones de la Santísima Virgen en Fátima se dieron en el contexto de un gran conflicto bélico. Hoy, 86 años después, el escenario mundial presenta sorprendentes afinidades con la situación de aquella época, aunque todas agravadas.

Aunque Portugal no participó en la Primera Guerra Mundial (1914-18) sino de un modo indirecto, geográficamente no se hallaba muy distante del centro de las operaciones bélicas, y éstas habían penetrado en la vida cotidiana de sus pobladores, siendo tema obligado de conversación, tanto en las ciudades como en el campo.

En alguna medida, el carácter particularmente católico del pueblo lusitano nos puede explicar cómo en estas circunstancias la noticia de las apariciones –con los medios de comunicación tan incipientes de entonces– se esparció velozmente. Y causó tal revuelo, que apenas tres meses después, los pequeños videntes fueron secuestrados y encarcelados por la autoridad local para forzarlos, inútilmente, a declarar la falsedad de los hechos. Ya en octubre la afluencia de gente a la Cova da Iría, para cuando Nuestra Señora había anunciado un gran milagro, fue incontrolable: 70.000 personas fueron testigos del prodigio del sol. Y hasta el diario laico O Século, de Lisboa, se vio obligado a noticiar el celestial acontecimiento en su primera plana, lado a lado con las noticias sobre la marcha de la guerra.

En 1916, antes de las apariciones de la Virgen, y como preparación para aquel trascendental suceso, los tres pastorcitos tuvieron una visión sobrenatural del Ángel de la Guarda de Portugal, quien se les apareció en tres ocasiones bajo la forma de un joven de unos quince años de edad. El Ángel les dijo: – “No temáis, soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo” y les pidió “ofreced a Dios un sacrificio de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así la paz sobre vuestra patria”.

Explosión de una bomba atómica

Habiendo el mundo permanecido
sordo al mensaje de la Virgen,
persiste el espectro de una
suprema hecatombe de
dimensión universal.

El tema de la guerra y de la paz está constantemente presente a lo largo de los coloquios de la Virgen con la pequeña Lucía y sus primos Francisco y Jacinta. Ya en la primera aparición, Nuestra Señora les dice: “Rezad el rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”. Y en la de julio, antes de revelarles el secreto, les reitera: “Quiero que volváis el trece del mes que viene y que continuéis rezando el rosario todos los días en honra de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque sólo Ella os puede ayudar. Más adelante, en el mes de setiembre, vuelve a insistir: “Continuad rezando el rosario para alcanzar el fin de la guerra”. Por fin, durante la última aparición, el 13 de octubre, la Virgen señala: –“Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor. Que soy la Virgen del Rosario. Y que continuéis rezando el rosario todos los días”. Y les promete formalmente: “la guerra va a terminar y los militares volverán pronto a sus casas”. En efecto, la guerra terminó pocos meses después.

Pero la necesidad de la oración, tan recalcada por la Madre de Dios, así como las causas más profundas de la guerra, son más particularmente resaltadas en la segunda parte del Mensaje de Fátima: “Si hacen lo que Yo os diga, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a acabar, pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor”, es decir la Segunda Guerra Mundial. “Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión Reparadora de los primeros sábados”.


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