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Número 83
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Informativo N° 14

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San Francisco de Paula

Profeta, Taumaturgo y Fundador

San Francisco de Paula

El Santo, querido y venerado por sus discípulos.

La extraordinaria vida de este Santo comprueba que la práctica heroica de la virtud puede, en ciertos casos, suplir una ciencia humana defectiva. Eso explica la aparente paradoja de la biografía de San Francisco de Paula: un analfabeto dotado de alta sabiduría, que lo convirtió en consejero de Papas y monarcas. Hizo grandes milagros y resucitó a muertos.

Plinio María Solimeo

Difícilmente un santo se labra en un hogar poco cristiano, pues el ejemplo de los padres suele desempeñar un importante papel en la formación de los hijos. Lo vemos claramente en la vida de San Francisco de Paula, cuyos progenitores eran modestos agricultores de la pequeña ciudad de Paula, en la Calabria. Santiago, el padre, sacaba del campo el sustento de la familia y se santificaba en la oración, ayuno, penitencia y buenas obras. Su esposa, Viena, era también virtuosa, secundándolo en sus buenas disposiciones.

Pero no tenían hijos. Y, para obtenerlos, hacían violencia al Cielo, sobretodo al seráfico San Francisco, de quien eran devotos. Prometieron dar su nombre al primer hijo que tuviesen. El Poverello de Asís se dejó conmover, y nació el vástago tan deseado.

La alegría, sin embargo, fue de poca duración, pues al recién nacido Francisco le sobrevino una infección a los ojos, que le amenazaba la visión. Santiago y Viena recurrieron de nuevo al Santo: ¿sería posible que él hubiese atendido sus ruegos por la mitad? Esta vez le prometieron, en caso que el niño sanase y tan pronto como la edad lo permitiese, que lo vestirían con el hábito franciscano, dejándolo durante un año en un convento de la Orden. El niño sanó y creció en gracia y santidad, siguiendo desde temprano el ejemplo paterno de oración y penitencia hasta alcanzar los doce años.

Entonces se le apareció un fraile franciscano, recordando que había llegado la hora en que sus padres cumpliesen la promesa. Admirados, ellos consintieron y llevaron al niño, con su pequeño hábito, al convento franciscano de San Marcos, en el cual se observaba todo el rigor de la regla.

Francisco, aunque no estaba obligado a eso, comenzó a observar la regla con tanta exactitud, que se volvió modelo hasta para los frailes más experimentados en las prácticas religiosas.

Algunos milagros marcaron la vida del fraile-niño en el convento. Cierto día el sacristán lo mandó precipitadamente a buscar brasas para el turíbulo, pero sin indicarle cómo. Él, con toda simplicidad, las trajo en su hábito, sin que éste se quemase. Otra vez, estando a cargo de la cocina, colocó los alimentos en la olla y ésta sobre el carbón, olvidándose sin embargo de encenderlo. Fue después a la iglesia a rezar y entró en éxtasis, olvidándose de la hora. Cuando alguien que pasó por la cocina vio el fuego apagado, lo llamó preguntándole si la comida estaba lista, Francisco sin titubear respondió que sí. Y llegando a la cocina encontró el fuego prendido y los alimentos debidamente cocidos.

Los frailes de San Marcos querían conservar consigo a aquel adolescente que daba tantas pruebas de santidad. Pero él se sentía llamado a otro camino. Acabado el año, se dirigió con sus padres a Roma, Asís, Loreto y Monte Cassino. En este último lugar, sabiendo que San Benito se había establecido allí a los catorce años para entregarse por entero a Dios, hizo el mismo propósito. Pidió a sus padres que lo dejasen vivir como ermitaño en la finca que habitaban. Sus padres no sólo consintieron, sino que pasaron a llevarle diariamente los alimentos.

Francisco quería más soledad. Por eso, un día desapareció y subió una montaña rocosa, donde encontró una pequeña gruta que transformó durante seis años en su morada. Viviendo exclusivamente para Dios, en la contemplación y penitencia, se alimentaba de raíces y hierbas silvestres. Según la tradición de su Orden, ahí recibió el hábito monástico de manos de un Ángel.


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