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Número 83
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La Virgen que conquistó a Cajamarca

La Virgen de los Dolores

Esculpida por ángeles artistas dicen unos, o donada por el Emperador Carlos V según otros, esta antiquísima imagen de la Virgen Dolorosa de Cajamarca es el objeto predilecto de la devoción local.

La devoción a la Santísima Virgen en el misterio de sus Dolores está profundamente arraigada en todo el Perú. El culto a María bajo este nombre conmovedor, como lo señala el historiador jesuita P. Vargas Ugarte: “es uno de los muchos rasgos que imprimió en nuestra tierra la emigración andaluza”. Así se explica, que bajo diversos títulos como el de las Angustias, de la Soledad, de las Lágrimas o el mismo de los Dolores, existan incontables imágenes de esta advocación a lo largo y ancho del país.

Una de las más célebres es, por cierto, la que desde tiempo inmemorial el pueblo cajamarquino venera en su histórica Plaza de Armas, en una amplia y sólida capilla de piedra primorosamente labrada. Esta espléndida construcción plateresca y su privilegiada ubicación ejemplifican admirablemente uno de los tantos rasgos de la esencial catolicidad del Perú: así como en la Plaza de Armas o principal de nuestros pueblos no puede faltar una iglesia, en varias ciudades éstas plazas son ladeadas, no de una, sino de dos y hasta tres edificaciones de orden religioso. Tal es el caso de Arequipa, del Cusco o de Trujillo –a pesar de que en esta última a la Iglesia de la Compañía le haya sido dado en tiempos republicanos un uso profano–, y de la propia Cajamarca.

Allí, frente a la imponente Catedral, se yergue la Iglesia de San Francisco, en cuyo extremo se levanta la Capilla de la Virgen de los Dolores. La imagen es una de aquellas esculturas que llaman de vestir, en madera policromada, que mide 1.60 metros aproximadamente. Su rostro, de una gran expresividad se nos presenta ligeramente pálido, con la cabeza inclinada y abundantes lágrimas sobre las mejillas. Las manos juntas en actitud de oración y súplica. Está recubierta por riquísimos mantos que le ofrecen sus devotos y adornada con las valiosas joyas de su ajuar: un corazón sobrepuesto, atravesado por siete espadas, la corona de la Inmaculada con las doce estrellas y la media luna bajo los pies.

Su fiesta se celebra el Viernes de Dolores, es decir, el viernes que antecede a la Semana Santa. Como preparación para ello, durante los días previos, al caer la noche, se realiza la popular Setena –“novena” de siete días en honra de los Siete Dolores de María– que constituye “la más arraigada y entrañable tradición religiosa cajamarquina”. Durante el resto del año también tiene lugar una Misa muy concurrida, todos los días viernes.

Iglesia San Francisco (derecha)

Portentosa iglesia de San Francisco (derecha)
de Cajamarca. A un costado se encuentra la
Capilla de la Virgen de los Dolores, en donde
se venera a la Reina de la ciudad.

“La Santísima Virgen reveló a Santa Brígida –reza la advertencia de una difundida setena– lo mucho que ella aprecia a las almas que se compadecen de sus dolores, y no hay devoto ni devota de la Virgen María, que no tenga particular afición a honrar a su afligida Madre en sus dolores. De la Santísima Virgen de los Dolores podemos decir, con toda confianza, lo que el Apóstol decía de Jesucristo: si nos compadecemos de Ella, recordando sus dolores, enternecidos de su aflicción y honrándola en sus penas, seremos con Ella glorificados”.

Recordemos pues, rápidamente, los siete dolores de María que la tradición nos señala: 1) la presentación del Niño Jesús; 2) la huida a Egipto, a causa de la persecución de Herodes; 3) la pérdida del Niño Jesús en el Templo; 4) el encuentro con Jesús camino al Calvario; 5) la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo; 6) la Piedad, es decir, cuando la Virgen recibe al pie de la Cruz el cuerpo sin vida de su Divino Hijo; y, 7) la sepultura del Divino Redentor.

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