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Número 83
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La Candelaria de Cayma

La Candelaria de Cayma

Reina hermosa, consuelo de afligidos,
A vuestra dignación nos acogemos,
Y de tantas angustias oprimidos
Con vuestro aliento respirar queremos.
Aquí, Señora, nos tenéis rendidos,
Y por las prendas que de Vos tenemos
Esperamos que siempre os guste y cuadre
Tratarnos con amor de dulce Madre.

D. Manuel Abad e Illana,
Obispo de Arequipa (1771-1780)


El Evangelio refiere que al cumplirse los días de la purificación llevaron al Niño Jesús a Jerusalén “para presentarle al Señor”, pues todo varón primogénito debía ser consagrado a Dios según la Ley de Moisés. Ordenaba además dicha Ley, que toda madre pasara por un periodo de purificación de 40 días después del alumbramiento, a cuyo término debía presentar una ofrenda al Señor en pago de sus culpas.

No quiso María sustraerse a la ley mosaica, y así la vemos llegar al Templo de Jerusalén con el Niño en los brazos y la ofrenda purificadora de los pobres, es decir un par de tórtolas o dos pichones y una vela de cera. Con este acto, la Virgen Santísima dio muestras de su admirable humildad, pues se prestó a un ritual del que bien podía haberse dispensado, como que era Ella inmaculada y su Hijo el Unigénito de Dios.

Existen incontables imágenes en que se venera a María en este misterio de la Purificación o Candelaria, cuya fiesta la Iglesia celebra el 2 de Febrero. Una de las más antiguas del Perú se halla en la parroquia de San Miguel Arcángel de Cayma, en Arequipa. Su existencia remonta a los orígenes de la Ciudad Blanca y su historia se confunde con la leyenda. Lo cierto es, según constante tradición, que fue un obsequio a aquella región del Emperador Carlos V y que un día, siendo conducida por los indios, escucharon éstos una voz que les ordenaba que se detuviesen en aquel sitio y aunque intentaron proseguir su marcha no les fue posible moverla, levantándole allí una ermita.

La Virgen de Cayma es una talla de tamaño regular, de rostro delicado y dulce. Sostiene al Niño Jesús, con su respectiva candela y canasto, infaltables en las imágenes de esta advocación mariana, muy difundida bajo diversos nombres (p. ej., Nuestra Señora de Chapi) en el sur andino. En numerosas ocasiones Ella ha sido el consuelo y el amparo de Arequipa, afligida por las epidemias y los terremotos, comenzando por la violenta erupción del Huaynaputina en el 1600.

Cuatro años después, a raíz de una terrible epidemia de cólera –conocida vulgarmente por “el vómito negro”– que devastaba a la población “hasta el punto de no caber los muertos en las iglesias y ser enterrados en masa en grandes zanjas”, se acordó traer en su socorro a la imagen de la Candelaria de Cayma... y fue tan sólo pasearla por la ciudad que la mortandad cesó. Por lo que se hizo costumbre, en agradecimiento por haber ahuyentado tan implacable pestilencia, bajarla todos los años en esa fecha, 28 de agosto, fiesta de San Agustín. Devoción ésta que perduró hasta fines del siglo XIX.

Gobernando en el siglo XVIII la Diócesis de Arequipa Mons. Abad e Illana, fue repentinamente afligido por una severa parálisis. Conducido en silla de manos al Santuario, habiendo invocado a la Santísima Virgen de la Candelaria, alcanzó la milagrosa curación de su dolencia.

La constancia de su devoción y el fervor nunca desmentido de los arequipeños ha quedado inmortalizado en los numerosos cuadros que relatan los favores de esta Virgen de la Candelaria y que se conservan al interior del templo. En uno de ellos –pues faltaría espacio para transcribir tantos hechos que se le atribuyen– aparece estampada esta elocuente inscripción: “No es posible reducir a número los muchos y portentosos milagros que ha obrado y obra cada día esta divina Señora de Cayma. Cojos, mancos, calenturientos, los que padecen flujos de sangre, apretones de garganta y otras enfermedades interiores, especialmente bultos; las mujeres en sus partos: muchos casados deseosos de tener sucesión, la han conseguido por intercesión de María”.


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