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Número 137
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MAYO 2013

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¿Se pueden salvar los suicidas?


PREGUNTA


Quedé chocada por la publicación de sus palabras, sobre la posición de la Iglesia con relación al suicidio. Como fui estudiante de filosofía y teología, las considero extremadamente legalistas. El mismo derecho canónico dice y la teología moral también afirma que para que haya pecado es necesario que la persona tenga conciencia, libertad y voluntad. Una persona que comete suicidio, por lo menos sufre de un desequilibrio, y jamás alguien en sana conciencia se quita la vida por nada. ¿Será que Dios condena a una persona que en un acto de desesperación y profunda depresión, en un momento de desequilibrio emocional se quita la vida? Pienso que no nos compete a nosotros, simples mortales, juzgar a una persona en estas condiciones, diciendo que el suicidio es un “pecado escandaloso”.


RESPUESTA


En primer lugar, cabe observar que la materia sobre la cual trata la objeción de la lectora era una consulta concreta sobre la negación de la sepultura eclesiástica a un suicida. En la respuesta anterior donde se trató del tema, me atuve al ámbito de la consulta. No estaba obligado a hacer un tratado sobre el suicidio, abordando además de los aspectos canónicos y éticos, también los aspectos psicológicos y sociales. Para eso sería necesario componer una monografía, que llenaría varios números de esta publicación. Pero ya que la lectora conduce el asunto por ese lado, para su tranquilidad la respuesta puede ser sintetizada con la frase que el Catecismo de la Iglesia Católica consagra al tema: “Trastornos síquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida” (n° 2282).

Pero de ahí a generalizar, en el sentido que “una persona que comete suicidio, por lo menos sufre de un desequilibrio, y jamás alguien en sana conciencia se quita la vida por nada”, equivale pura y simplemente a abolir el pecado de suicidio, lo cual es una exageración que calza bien con la psicología freudiana en boga en nuestros días. A propósito de la cual ni siquiera los discípulos de Freud se entienden, y que yo, como sacerdote católico, rechazo por completo.     




  

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