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Número 83
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La Virgen del Socorro de Huanchaco


Imagen Real de Nuestra Señora Candelaria del Socorro sosteniendo con una mano al Príncipe de la Paz, y con la otra, una candela encendida. Con porte majestuoso que atrae al peregrino, esta encantadora Virgen y Reina parece atender complacida las pláticas de su Divino Hijo. Cada cinco años, durante los célebres «huanchaquitos», visita Trujillo y es desde hace más de cuatro siglos y medio el incomparable socorro de sus hijos.

Debemos a Fray Alonso de Escarcena, misionero franciscano de la conquista, la iniciativa de traer a nuestro suelo a la imagen de Nuestra Señora del Socorro. El celo apostólico de este gran evangelizador concibió la idea de solicitar al Rey de España, Carlos V, a quien conocía personalmente, el obsequio de una imagen de la Santísima Virgen de la Candelaria, con el fin de atraer a la Fe católica a los pescadores indígenas de la caleta de Huanchaco, que tan obstinadamente se aferraban al culto idolátrico.

Un modelo regio para el escultor

Al tomar conocimiento de tan piadosa demanda de su antiguo confesor, el monarca la atendió con premura, confiando la tarea a un imaginero sevillano. Éste aceptó el encargo, pero requirió del Rey un modelo para caracterizar el rostro de la imagen. Carlos V quedó por unos instantes pensativo, mientras su mirada recayó casualmente sobre su madre: “Aquí tenéis el modelo –le dijo al artista– el bello y dulce rostro de la Reina Juana”.

Meses después la corte real pasó de Valladolid a Sevilla y los soberanos aprovecharon la ocasión para visitar el taller al que habían encomendado la imagen, para apreciarla antes de su partida al Perú. Se encontraron pues con una hermosa Virgen con el Niño Jesús en los brazos, “incomparable, tierna y profundamente maternal”, fiel retrato del modelo regio.

Luego de embalar cuidadosamente la escultura, ésta fue embarcada en un galeón que zarpó del puerto de Cádiz rumbo al Nuevo Mundo. Después de atravesar el istmo de Panamá arribó a Huanchaco, hacia fines del mes de enero de 1537.

Primeros milagros en el Perú

La imagen fue trasportada por los indios en un patache, del navío hacia la costa, en donde Fray Alonso la descubrió ante la mirada atónita de los circunstantes. Fue entonces, que el capitán español, llegado a la playa, con voz temblorosa y lágrimas en los ojos, narró con pormenores la terrible tempestad que la noche anterior estuvo a punto de terminar con sus vidas, si no fuera por la intercesión de la Virgen a quien dieron el apelativo de Candelaria del Socorro, pues al oír sus ruegos devolvió de inmediato la tranquilidad a las aguas.

Sobre un altar improvisado, cuya escena es de esperar que algún día un diestro pintor pueda retratar para memoria de nuestro pueblo, el ardoroso misionero ofició la Santa Misa en presencia de los lugareños. Al finalizar el Santo Sacrificio, el religioso llamó a una india, muda de nacimiento, y luego de hacerle la señal de la cruz sobre la frente, “se le soltó la lengua” a la vista de todos y rezó una Ave María, quedando curada para siempre por la mediación de la Virgen del Socorro.

Este acontecimiento prodigioso causó un saludable impacto en el espíritu de los indígenas, que conmovidos pidieron a su padre espiritual les administrase el Bautismo. Así, cargaron en sus brazos a la imagen y se encaminaron procesionalmente a la ermita de la Cruz de la Conquista, en donde hombres, mujeres y niños fueron bautizados ese mismo día.

Muchas son las gracias que se le atribuyen a la Virgen del Socorro, a cuya protección y amparo se han encomendado fieles de todas las épocas y estratos. Curaciones milagrosas, auxilio ante las calamidades y hasta una resurrección, figuran en las crónicas.

Pero el hecho más notable que ha contribuido para la constancia de su culto es, sin lugar a dudas, la romería que lleva a la Virgen cada cinco años a la ciudad de Trujillo, a la cual salvó en 1674 de la peste bubónica y de una feroz plaga de insectos.

Instituida a instancias del venerable Antonio de Saavedra y Leiva, Deán de la Catedral y Párroco de Huanchaco, esta romería quinquenal es fruto del voto y juramento que el 13 de diciembre de 1681 prestó el Cabildo eclesiástico y el Ayuntamiento de Trujillo.


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