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Número 137
Mayo de 2013

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MAYO 2013

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El poder de una sola «Avemaría»


Deseaba saber Santa Matilde cuál era el mejor medio para testimoniar su tierna devoción a la Madre de Dios. Un día, arrebatada en éxtasis, vio a la Santísima Virgen que llevaba sobre el pecho la salutación angélica en letras de oro, y le dijo: «Hija mía, nadie puede honrarme con saludo más agradable que el que me ofreció la adorabilísima Trinidad. Por él me elevó a la dignidad de Madre de Dios.

La palabra “Ave” —que es el nombre de Eva— me hizo saber que Dios en su omnipotencia me había preservado de toda mancha de pecado y de las calamidades a que estuvo sometida la primera mujer.

El nombre de “María” —que significa Señora de la luz— indica que Dios me colmó de sabiduría y luz, como astro brillante, para iluminar los cielos y la tierra.

Las palabras “llena de gracia” me recuerdan que el Espíritu Santo me colmó de tantas gracias, que puedo comunicarlas con abundancia a quienes las piden por mediación mía.

Diciendo “el Señor es contigo”, siento renovarse la inefable alegría que experimenté cuando el Verbo eterno se encarnó en mi seno.

Cuando me dicen “bendita tú eres entre todas las mujeres”, tributo alabanzas a la misericordia divina, que se dignó elevarme a tan alto grado de felicidad.

Ante las palabras “bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”, todo el cielo se alegra conmigo al ver a Jesús, mi Hijo, adorado y glorificado por haber salvado al hombre».     



*San Luis María Grignion de Montfort, El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, nº 48 in Obras, B.A.C., Madrid, 1984, p. 424.


  

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