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Consideraciones sobre la oración

(III)


El Padre Meschler,* en el trecho que publicamos en el número anterior, indica las condiciones para que la oración tenga eficacia. En este artículo, insiste en la perseverancia de nuestra oración teniendo presentes también los intereses de la Iglesia.


Orar, orar tanto como sea posible, hace parte también de la perseverancia en la oración. Nos urge orar mucho, ya que carecemos de todo, y es deber nuestro interceder también por muchos otros. Pedir únicamente para uno mismo, y sólo abogar por sus mezquinos intereses, no es cumplir la misión propia en la Tierra; es desconocer el poder y la eficacia de la oración. Nuestra oración debe ser la de un hijo de Dios, es decir, que ésta debe extenderse a todas las necesidades de la Iglesia y de la humanidad entera.

A cada momento, ¡cuán graves e importantes cuestiones, de las cuales dependen en gran parte la salvación de las almas y la gloria divina, están ante el tribunal de Dios a la espera de sus respectivas soluciones! Incluir en nuestras plegarias los intereses del mundo, presentarlos al Señor, encomendándolos a Él: eso es orar de modo apostólico, católico, divino, y al mismo tiempo humano.

Así lo hizo el Salvador, y es lo que Él nos enseña en la oración dominical. Si se diera la casualidad de que no tengamos una intención precisa o particular, recorramos en espíritu las diferentes regiones de la Tierra, a fin de confiar a la protección divina los intereses que en ellas se debaten; todos reclaman el auxilio de nuestras preces.

Del mismo modo como aprendemos a andar, a leer y a escribir —andando, leyendo y escribiendo—, así también aprendemos a orar bien, ejercitándonos en la práctica de la oración. Si ésta nos parece penosa e insípida, es porque no acudimos a ella con asiduidad. Sin embargo, ¡cuán importante es el gusto de la oración, la facilidad de orar! Si apreciáramos la oración, seremos ingeniosos para hallar tiempo para el ejercicio de ella, pues encontramos siempre ocasión propicia para aquello que nos place. [...]

*     *     *

Debemos tener por la oración vocal gran estima, primeramente por ser dirigida a Dios, razón de sobra para que sea apreciada. Además, ella se encuentra en armonía con nuestra naturaleza, que es un compuesto de alma y cuerpo. Es nuestro deber alabar a Dios, utilizando todas las facultades que recibimos de Él: tanto las del cuerpo como las del alma. En la oración vocal, quien ora es el hombre tomado en su conjunto: su corazón y su carne se regocijan en el Señor (Sal. 83). La Sagrada Escritura llama a la oración “el fruto de labios que bendicen el nombre de Dios” (Heb. 13, 15). Pero hay tantos que no sólo rechazan dar ese homenaje, ¡sino que blasfeman el Santo Nombre del Señor! Es, pues, justo ofrecer al Creador una compensación; es la que le damos mediante la oración vocal. [...]

*     *     *

Las palabras son imágenes y símbolos. Puestas en vibración por la varita mágica de la memoria, ellas nos desvelan magníficas perspectivas en el reino de la verdad y hacen brotar manantiales de la más suave consolación.

El Espíritu Santo compuso para nuestro uso, en el libro de los Salmos, las más bellas oraciones vocales que se conocen, y el Salvador tuvo a bien darnos una fórmula precisa de ese género de oración. En la celebración de su culto oficial, la Iglesia sólo emplea oraciones vocales que, por lo general, son muy breves. La mayor parte de la humanidad sólo conoce ese modo de orar, y en él encuentra la salvación eterna. Es, pues, esa forma de oración la senda regia que conduce al Cielo, la escalera de oro por donde suben y bajan los ángeles, llevando a Dios los mensajes de la Tierra y trayendo a los hombres las gracias divinas.

En fin, gracias a la oración vocal, la oración de la Cristiandad en todo el mundo es simultáneamente particular y común.     



* P. Mauricio Meschler  S.J., La Vida Espiritual — Reducida a Tres Principios, Ed. Vozes, Petrópolis, 1960, pp. 32 y ss.


  

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