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Número 83
Noviembre de 2008

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Una invitación al amor a la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo

Señor de la Caída –
Iglesia de San Pedro, Lima

Por ocasión de la Semana Santa entregamos a la consideración de nuestros lectores una gran y suprema verdad, cuyo recuerdo debe iluminar todas las meditaciones que los buenos católicos hagan sobre el tema.

Plinio Corrêa de Oliveira

El Evangelio nos descubre con la mayor evidencia cuánto se compadece la misericordia de nuestro Divino Salvador con nuestros dolores de alma y del cuerpo. Basta considerar los asombrosos milagros de su omnipotencia practicados tantas veces para mitigarlos.

Sin embargo, no imaginemos que ese combate al dolor haya sido el mayor beneficio dispensado por Él a los hombres en esta vida terrena.

No comprendería la misión de Cristo ante los hombres quien cerrase los ojos al hecho central, de que Él es nuestro Redentor y que quiso padecer crudelísimos dolores para redimirnos.

Hasta en el auge de su Pasión, por un mero acto de su divina voluntad, Nuestro Señor podría haber hecho cesar instantáneamente todos esos dolores. Desde el primer instante de su Pasión hasta el último, Él podría haber ordenado que sus llagas se cicatrizasen, su sangre preciosa dejase de correr, los golpes recibidos por Él dejasen de mantener cicatrices en su divino cuerpo y, por fin, una victoria brillante y jubilosa cortara el paso, bruscamente, a la persecución que lo iba arrastrando hasta la muerte.

Señor del Santo Sepulcro –
Iglesia de La Merced, Cusco

No obstante, Él no lo quiso. Por el contrario, quiso dejarse arrastrar por la vía dolorosa hasta lo alto del Gólgota, quiso ver a su Madre Santísima entregada al auge del dolor y, finalmente, quiso gritar, de manera que lo oyesen hasta el fin de los siglos, estas palabras lancinantes: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt. 27, 46).

Por estos hechos comprendemos que, al darnos la gracia de ser llamados para que cada cual padezca con Él una porción de su Pasión, dejaba claro el papel inigualable de la cruz en la vida de los hombres, en la historia del mundo y en su glorificación.

Al invitarnos a padecer los dolores de la vida presente, no pensemos que Él haya querido dispensarnos, a cada cual, de pronunciar en el último trance su consummatum est — “todo está consumado” (cf. Jn. 19, 30).

Sin la comprensión de la cruz, sin el amor a la cruz, sin haber pasado cada cual por su via crucis, no habremos cumplido los designios de la Providencia a nuestro respecto. Y, al morir no podremos hacer nuestra la sublime exclamación de San Pablo: “Combatí el buen combate, he concluido la carrera, he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada, y que me dará el Señor en aquel día, como justo Juez” (2 Tim. 4, 7-8).

El Señor de los Temblores,
en procesión por las
calles de Cusco

Toda y cualquier cualidad, por más eximia que sea, de nada servirá si no hubiese en todas las almas, como un cimiento, el amor a la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Con tal amor todo lo conseguiremos, aunque nos pese el fardo sagrado de la pureza y de otras virtudes, los ataques y los escarnios incesantes de los enemigos de la Fe, las traiciones de los falsos amigos.

El gran fundamento, el máximo fundamento de la civilización cristiana está en que todos los hombres ejerciten generosamente el amor a la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

Éstas son reflexiones altamente oportunas por ocasión de la Semana Santa. Que para todo esto nos ayude María, y habremos reconquistado para su Divino Hijo el Reino de Dios, hoy tan oscilante en el corazón de los hombres.


  

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