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Número 83
Noviembre de 2008

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Apareció la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador hacia los hombres

Plinio Corrêa de Oliveira

Las palabras del título de este artículo, del gran Apóstol San Pablo (Tit. 3, 4), expresan el magno acontecimiento de la noche de Navidad. A partir de ellas, Plinio Corrêa de Oliveira desarrolla —en materia publicada originalmente en la edición de Navidad de 1955 de la revista «Catolicismo» y que transcribimos aquí con ligeras adaptaciones— el principio de que cada uno individualmente, cada familia, grupo, congregación, orden religiosa, en fin, cada pueblo está llamado a alabar y retribuir de modo propio la bondad y el amor de Dios hacia los hombres.
El Prof. Plinio resalta que todos y cada uno tienen un lugar junto al santo pesebre, así como los Reyes Magos y los pastores, los ricos y los pobres, los fuertes y los débiles, los sabios y los ignorantes. Por ello, es importante que cada cual se conozca para saber donde colocarse junto al Niño Dios. El autor define además cuál es el modo propio de amor de Dios que corresponde a «Catolicismo» —definición que puede aplicarse perfectamente a los «Tesoros de la Fe», aunque se trate materialmente de una publicación más modesta— y de qué modo los redactores y lectores de la revista están llamados a glorificar a nuestro Divino Salvador.

¿Quién podrá decir cuántas personas se arrodillarán esta Navidad ante un pesebre? ¿Quién podrá enumerar a los hombres de todas las razas y en todas las latitudes que se acercarán a la cuna del Niño Dios, a fin de implorarle gracias particularmente ricas y abundantes, ese día en que se abren en toda su amplitud las puertas de la misericordia divina?

También nosotros, directores, colaboradores y lectores de Catolicismo nos preparamos para acercarnos al santo pesebre. Queremos meditar las lecciones que de él se sacan, robustecer nuestras voluntades en las gracias que de él promanan, alentar nuestros corazones en la alegría de que él es fuente imperecedera.

Junto al santo pesebre, grandes y pequeños son bien acogidos

Quiso la Providencia que el Niño Jesús recibiera la visita de tres sabios —que según una venerable tradición eran también reyes— y algunos pastores. Precisamente los dos extremos de la escala humana de valores. Pues el rey está de derecho en el ápice del prestigio social, de la autoridad política y del poder económico. El sabio es la más alta expresión de la capacidad intelectual. El pastor se encuentra, en la escala de valores, en materia de prestigio, de poder y de ciencia, en el mínimo grado, al ras del suelo. Ahora bien, la gracia divina, que llamó al pesebre a los Reyes Magos, del fondo de sus lejanos países, llamó también a los pastores, del fondo de su ignorancia. La gracia nada hace de errado o incompleto. Si ella los llamó, y les mostró cómo ir, les debe haber enseñado también cómo presentarse ante el Hijo de Dios. ¿Cómo ellos se presentaron? Muy característicamente como eran. Los pastores fueron hasta allí llevando su rebaño, sin pasar antes por Belén para una toilette que disfrazase su condición humilde. Los Magos se presentaron con sus tesoros, oro, incienso y mirra, sin buscar ocultar su grandeza a fin de no desentonar del ambiente supremamente humilde en que se encontraba el Divino Infante.

La piedad cristiana, expresada en una iconografía superabundante, entendió durante siglos, y aún entiende, que los Reyes Magos se dirigieron hacia la gruta con todas sus insignias. Esto quiere decir que al pie del pesebre cada cual debe presentarse tal cual es, sin disfraces ni atenuaciones. Pues hay lugar para todos, grandes y pequeños, fuertes y débiles, sabios e ignorantes. Es cuestión, apenas, para cada cual, de conocerse, para saber dónde colocarse junto a Jesús.

Junto al santo pesebre hay lugar para todas las vocaciones

Ahora bien, ¿qué es Catolicismo? ¿Cuál es su lugar en la Casa de Dios? Respondiendo a esta pregunta, habremos encontrado nuestro propio lugar junto a Jesús.

Sabemos que, en el Cielo, los ángeles, distribuidos en los nueve coros, contemplan directamente la esencia divina, en cuya riqueza infinita cada cual ve más nítidamente ciertas perfecciones.

En la Iglesia, se da un hecho análogo. Las órdenes y congregaciones religiosas tienen, en general, su propio espíritu, su índole, su escuela de santificación. Y por eso cada cual contempla e imita más especialmente ciertas perfecciones del Divino Redentor.

Este hecho tiene su repercusión en la vida espiritual de los fieles. Recorrido por las más variadas y fecundas corrientes de espiritualidad, nacidas de órdenes religiosas, o de santos de los más variados estados, se distribuye el laicado en grandes familias espirituales, de contornos más precisos, o menos, cuya vitalidad se identifica con la propia vitalidad religiosa de un pueblo. Congregados marianos, Hijas de María, Acción Católica, terciarios carmelitas, franciscanos, dominicos, norbertinos, servitas, oblatos benedictinos, cooperadores salesianos y tantos otros representan apenas los puntos de cristalización más visible de esas diversas corrientes.

De hecho, el espíritu de San Ignacio, como el de Santo Domingo, San Benito, San Francisco, San Juan Bosco y de los demás santos, sopla aún mucho más ampliamente en toda la Cristiandad, dotándola de una diversidad maravillosamente armoniosa.

Diversas campanas de un mismo carillón

Los hechos espirituales, a su vez, generan consecuencias en el terreno del apostolado. Y así vemos en la Iglesia militante una admirable variedad de obras apostólicas que actúan cada cual con medios peculiares, hablan a los hombres un lenguaje propio, y se articulan explícita o tácitamente con las demás, para la realización del Reinado de Jesucristo sobre la tierra.

Era necesario que así fuese. Pues a los hombres, Dios los crea muy diversos entre sí, con necesidades, aspiraciones y vías muy personales. Las verdades que más tocan a unos no son siempre las que más fácilmente mueven o esclarecen a los otros.

Podríamos comparar el conjunto de las obras católicas de un país a un inmenso carillón, en que cada campana emite un sonido propio, sea él grave, solemne, vigoroso, sea cristalino, alegre, juvenil. Del hecho de que todos toquen, resulta la armonía del conjunto.

En el inmenso carillón de las obras de apostolado, ¿cuál es el papel de Catolicismo?

Natividad (1310), Giotto di Bondone,
Iglesia inferior de San Francisco, Asís

La oferta de la mirra equivale al principio de contradicción

¿Cuál es, en este gigantesco esfuerzo de construcción, nuestra parcela de colaboración? Arrodillados a los pies del Niño Jesús, en la visita de Navidad, todos le ofrecerán sus regalos: educadores, misioneros, oradores, dirigentes de obras, tendrán frutos positivos que ofrecerle. Mientras tantos se presentarán delante de Él con las manos llenas de oro e incienso, ¿qué le daremos nosotros?

Una colección de publicaciones. ¿Qué hay de especial en esta colección? Si cada palabra que contenga buena doctrina, por más modesta que sea, tiene a los ojos de la misericordia divina el valor del oro, y le es agradable como el incienso, por cierto hay muchos granos de incienso y oro en nuestras páginas. Pero también hay mucha mirra. De que, por lo demás, sentimos alegría, ya que el Evangelio cuenta que los Reyes Magos llevaran al pesebre no sólo oro e incienso, sino también mirra.

Hay verdades que impresionan a los hombres como el oro. Hay otras que les son suaves y perfumadas como el incienso.

En cuanto a la mirra, es más modesta. La raíz etimológica de esa palabra se relaciona con el vocablo “mur”, que en árabe quiere decir “amargo”. Los especialistas describen la mirra como una resina gomosa, en forma de lágrimas, dotada de gusto amargo, aromática, roja, semitransparente, frágil y brillante. Su olor es agradable, pero un poco penetrante. Como se ve, tiene ella la belleza discreta, austera, fuerte, de la sangre. Y su perfume es el de la disciplina y de la sobriedad.

Diríamos que en el campo ideológico la gran verdad representada por la mirra es el principio de contradicción, por el cual el sí es sí y el no es no. Todas las otras son oro e incienso, pero sólo valen si son apreciadas en un ambiente perfumado por la mirra. Y es de esta mirra que abundante, muy, muy abundantemente necesitamos.


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