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Número 83
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El mensaje de Fátima y las persecuciones a la Iglesia

Por ocasión del 90º aniversario de las apariciones de la Santísima Virgen en la Cova de Iría, su mensaje constituye un poderoso escudo para los católicos actuales, víctimas de una insidiosa persecución religiosa.

José Antonio Ureta


Para incentivar la enseñanza de Religión a los niños, el Papa San Pío X dictaba personalmente clases de catecismo los domingos a los niños de Roma. Fiel al sistema tradicional de exigir que los alumnos aprendiesen de memoria las respuestas, el santo Pontífice los interrogaba para verificar si habían aprendido la lección.

En una de esas clases, preguntó a sus alumnos sobre las notas distintivas de la Iglesia Católica, que comprueban su origen divino. Con la vivacidad de los italianos meridionales, varios alumnos levantaron la mano para responder. A medida que iban siendo indicados por el Pontífice, daban la respuesta que constaba en el catecismo: “¡Una!”; “¡Santa!”; “¡Católica!”; “¡Apostólica!”

El Papa, con tono de aprobación, dijo: “Está bien. ¿Pero quién es capaz de presentar aún una nota distintiva más de la Iglesia?” Los niños se miraron perplejos, porque en el catecismo sólo figuraban aquellas cuatro. Después de una pausa, con la voz embargada, el santo susurró: “¡Mártir!”

De hecho, en aquellos días, la Santa Sede estaba enfrentando la furia anticlerical del gobierno francés, el cual, bajo pretexto de establecer la separación entre la Iglesia y el Estado, había expoliado a la Iglesia en Francia de todos sus bienes, desterrado a los religiosos de clausura, expulsado a los sacerdotes y religiosas de las escuelas públicas y retirado de los edificios públicos toda y cualquier señal religiosa.

Con la lucidez de los santos, el Sumo Pontífice percibía bien que aquellas iniciativas no eran sino el comienzo de la exclusión de la Religión Católica de la vida pública, no solamente en Francia, sino también en los demás países de Europa. En la propia Italia, la Santa Sede había sido expoliada de los Estados Pontificios, y el Papa se había vuelto como que prisionero en su palacio del Vaticano. Frente a esta perspectiva de persecución —abierta o velada, dependiendo de la ferocidad anticlerical de los gobiernos de los diversos países— San Pío X decidió convocar a los católicos para la defensa de los derechos de la Iglesia y el combate a las leyes anticlericales. El precio eventualmente a pagar sería el recrudecimiento de la persecución... y el martirio de muchos. De ahí su desahogo ante los niños del catecismo.

El conflicto religioso que despuntaba fue, no obstante, interrumpido por el estruendo de los cañones y el estrépito de las ametralladoras durante la I Guerra Mundial. Con la vuelta de la paz, el ejemplo de heroísmo dado por los católicos en las trincheras, y especialmente por el clero, hizo imposible la retomada de las hostilidades contra la Iglesia por parte de los gobiernos.

En Italia, se firmó el Tratado de Letrán, que reconoció la Ciudad del Vaticano como Estado soberano gobernado por el Papa. En Francia, se llegó a un acuerdo diplomático concediendo a la Iglesia el uso de las catedrales y de las iglesias robadas por el Estado, que se obligaba a mantenerlas por cuenta suya. En los otros países la separación entre la Iglesia y el poder civil se dio de modo menos conflictivo, abriéndose en Occidente un período de relativa tranquilidad en los asuntos religiosos.

San Pio X

En ese período de calma, hubo no obstante dos excepciones de consideración: a) en México, la persecución abierta contra la Iglesia del gobierno de Elías Calles resultó en la llamada “guerra de los cristeros” —nombre de los combatientes católicos que se levantaron al grito de “¡Viva Cristo Rey!”—, la cual terminó con la masacre de los líderes cristeros después un acuerdo de paz entre el gobierno y el episcopado; b) en España, el gobierno republicano-comunista dio rienda suelta a su ateísmo, y durante la guerra civil de 1936-39 causó decenas de miles de víctimas, particularmente en las filas del clero y de las ordenes religiosas.

Mientras tanto, en Europa Oriental, la saña antireligiosa de Stalin condujo a la muerte o a los campos de concentración en Siberia a millones de rusos, ucranianos, lituanos y ciudadanos de otros países anexados por la URSS, y que se oponían al programa ateo del comunismo bolchevique.

La falsa reacción al comunismo, representada por el neopaganismo nazista de Hitler, abrió paso a una persecución religiosa, que llevó a los campos de concentración y de exterminio no solamente a los ciudadanos de raza judía, sino también a miles de católicos, el más conocido de los cuales es San Maximiliano Kolbe.

Acuerdo de la Iglesia con la modernidad: ilusión

El fin de la Segunda Guerra Mundial y los acuerdos de Yalta trajeron una relativa paz a Occidente y relaciones de buenos oficios entre los gobiernos laicos y la Jerarquía de la Iglesia. Pero sobre ese horizonte sonriente se proyectaba la sombra de las persecuciones que sufría aún la Iglesia del Silencio, no solamente en la URSS, sino también en los países que después del conflicto mundial habían quedado bajo el yugo comunista, como Polonia, Hungría y Checoslovaquia. Las figuras de los cardenales Slipyj y Mindszenty —uno prisionero en las mazmorras soviéticas, y el otro refugiado en la embajada norteamericana de Budapest después de varios años de cárcel— impedían que el silencio de la Iglesia bajase por completo sobre la Iglesia del Silencio.

Sin embargo, fue en un contexto de “Alegría y Esperanza” que se abrió, en 1962, el Concilio Vaticano II, destinado a sellar una nueva era de colaboración entre la Iglesia y el mundo moderno, representado por las corrientes progresistas de izquierda que iban asumiendo los gobiernos. El Papa Paulo VI, no sin optimismo, llegó a afirmar en la última sesión de la asamblea conciliar: “La religión del Dios que se ha hecho hombre se encontró con la religión (porque lo es) del hombre que se ha hecho Dios. ¿Qué sucedió? ¿Un combate, una lucha, un anatema? Todo esto podría haberse dado, pero de hecho no se dio” 1.

No obstante, la coexistencia pacífica de la Iglesia con la “modernidad” duró poco tiempo. La razón de este fiasco fue enunciada por el Papa Benedicto XVI en el discurso a la Curia Romana, por ocasión de la presentación de los votos navideños, el 22 de diciembre de 2005:

“Quienes esperaban que con este «sí» fundamental a la edad moderna todas las tensiones desaparecerían y la «apertura al mundo» así realizada lo transformaría todo en pura armonía, habían subestimado las tensiones interiores y también las contradicciones de la propia edad moderna; habían subestimado la peligrosa fragilidad de la naturaleza humana, que en todos los períodos de la historia y en toda situación histórica es una amenaza para el camino del hombre”. 2

Peor aún, dicha coexistencia favoreció la penetración del relativismo liberal en amplios sectores de los medios católicos actuales, llevando a un debilitamiento de las fuerzas internas de la Iglesia, que deberían presentarse cohesionadas contra el mal. En ese contexto se comprenden las conocidas afirmaciones de Paulo VI sobre un proceso de “autodemolición” existente en la Iglesia, y sobre la penetración de la “humareda de Satanás” 3 en el Templo de Dios. También Juan Pablo II tuvo palabras duras a ese respecto, cuando dijo que “sumergidos en el «relativismo» intelectual y moral, y por consiguiente en el permisivismo, los cristianos son tentados por el ateísmo, por el agnosticismo, por el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico” 4. Y el Papa Benedicto XVI, pocos meses antes de ascender al Sumo Pontificado, aún como cardenal Ratzinger, escribió en el 2005 un Vía Crucis que fue rezado en el Coliseo, en el cual afirma: “¿No deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él!” 5

A pesar de esa penetración del espíritu del mundo en los ambientes católicos, el choque con la modernidad, que Paulo VI quiso evitar por medio de una actitud de “mano extendida” adoptada por la Jerarquía católica después del Vaticano II, está recomenzando 40 años después.

La primera capilla de Fátima fue objeto
de un violento atentado, en 1921

Y ese conflicto no puede sino recrudecer, una vez que el hombre moderno, precisamente porque se cree Dios, se juzga en el derecho de inventar sus propios valores y de darse a sí mismo una ley moral que atienda a sus peores pasiones. Así, no más acepta que la Iglesia Católica quiera influenciar en el debate de cuestiones de las más importantes de la actualidad, tales como el aborto, la eutanasia, los experimentos con embriones, el divorcio, las uniones conyugales libres, el pseudo-casamiento homosexual, etc.

La Iglesia Católica no puede cambiar las enseñanzas que recibió de su divino Maestro como depósito de la fe, y tampoco puede dejar de evangelizar al mundo sin traicionar su misión. Ella no puede, por lo tanto, evitar ese choque con las estructuras del poder político y social, ni con los conglomerados de los medios que dictan el “credo” ateo, individualista y hedonista imperante en la sociedad contemporánea.

En el pasado, ese choque llevó a las persecuciones y al martirio a millones de cristianos, de los cuales la Iglesia Católica resurgió aún más reluciente y poderosa que antes de la prueba que se abatiera sobre Ella.

¿Sucederá lo mismo en este umbral del tercer milenio? ¿Discernimos algún indicio de la Divina Providencia en ese sentido, a fin de prepararnos para una prueba semejante?

Creemos que sí. Tales indicios existen y son muy claros. Ellos nos fueron presentados en las advertencias de Nuestra Señora en Fátima, de las cuales se desprende inequívocamente lo siguiente: o los hombres atendían su llamado y se convertían, o entonces vendría un gran castigo, parte del cual sería una inmensa persecución religiosa.


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