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De los devotos ejercicios (II)

que se aconsejan al cristiano para todos los días


Al toque de las Avemarías —al alba, al mediodía y a la tarde— el buen cristiano reza el «Angelus Domini» (ver recuadro), con tres Avemarías.


A la noche, antes de acostarme, puesto en la presencia de Dios, rezaré devotamente las mismas oraciones que a la mañana, haré un breve examen de conciencia y pediré perdón a Dios de los pecados cometidos aquel día.

Antes de dormirme haré la Señal de la Santa Cruz, pensaré que puedo morir aquella noche y le entregaré a Dios el corazón, diciéndole:

“Señor y Dios mío, yo te entrego todo mi corazón; Santísima Trinidad, dadme gracia para bien vivir y para bien morir; Jesús, José y María, en vuestras manos encomiendo el alma mía”.

*     *     *

Durante el día, puede rogarse a Dios frecuentemente con otras breves oraciones que se llaman jaculatorias.

Algunas jaculatorias: Señor, ayudadme; Señor, hágase vuestra santísima voluntad; Jesús mío, quiero ser todo vuestro; Jesús mío, misericordia; Corazón de mi amable Salvador, haz que arda y crezca siempre en mí tu amor.

Es utilísimo decir durante el día muchas jaculatorias, las cuales pueden decirse con el corazón, sin pronunciar palabra, andando, trabajando, etc.

Además de las oraciones jaculatorias, el cristiano debería ejercitarse en la mortificación cristiana. Mortificarse quiere decir dejar por amor de Dios algo que gusta y aceptar algo que desagrada a los sentidos o al amor propio.

Cuando lleven el Santísimo Sacramento a un enfermo lo acompañaré con modestia y recogimiento si puedo; y si no puedo, haré un acto de adoración en cualquier sitio donde me halle, y diré: “Consolad, Señor, a ese enfermo y dadle gracia para que se conforme con vuestra santísima voluntad y consiga su salvación”.

Al oír el toque de agonía iré, si puedo, a la iglesia a rogar por el moribundo; y si no puedo, encomendaré su alma al Señor, pensando que dentro de poco me hallaré yo también en ese estado. Al oír el toque de finado, diré un De profundis o un Réquiem o de otro modo rogaré por el alma de aquel difunto y renovaré el pensamiento de la muerte.    



* Catecismo Mayor de San Pío X, Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, pp. 130-131.


Angelus Domini


V.
El ángel del Señor anunció a María.
R. Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.
Dios te salve María...

V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mí según tu palabra.
Dios te salve María...

V. Y el Verbo de Dios se hizo carne.
R. Y habitó entre nosotros.
Dios te salve María...

V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
R. para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.

Oremos: Infunde, Señor, tu gracia en nuestras almas, para que, los que hemos conocido, por el anuncio del ángel, la Encarnación de tu Hijo Jesucristo, lleguemos por los méritos de su Pasión y su Cruz, a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Gloria al Padre... (tres veces)

V. Ángel de Dios, que eres mi custodio, pues la bondad divina me ha encomendado a ti,
R. Ilumíname, guárdame, defiéndeme y gobiérname. Amén.




  

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