Búsqueda
 
Buscar en www.fatima.org.pe
Último Lanzamiento
 
Todo sobre Fátima

Cronología

Apariciones del
Ángel de Portugal


Las Apariciones de la Santísima Virgen

El Secreto de Fátima

Devoción al Corazón Inmaculado de María

Fátima y
el Escapulario


La Imagen Peregrina Internacional

Los tres pastorcitos

Devocionario

Efemérides 2008

Sesquicentenario de las apariciones de la
Virgen en Lourdes


Centenario del Nacimiento de Plinio Corrêa de Oliveira

Alianza de Fátima

Una Alianza con
María


Mis Beneficios

¿Cómo participar?

La Virgen Peregrina en mi hogar

Nuestra pequeña historia

¿En qué consiste la visita?

Solicite la visita
a su hogar


Tesoros de la Fe


Número 85
Enero de 2009

Secciones
La Palabra del
Sacerdote
Lectura Espiritual
Página Mariana
Vidas de Santos
Especiales
S.O.S. Familia
¿Por qué llora
Nuestra Señora?

Números anteriores




2009
2008 2007 2006
2005 2004 2003
2002

Almanaque Fátima



Enero 2009

Peregrinando


Informativo N° 14

Consultar números anteriores

Página Mariana Versión ImprimibleVersión Imprimible

Página: 1 de 2



Nuestra Señora, modelo de confianza

Nuestra Señora de la Confianza
(Seminario Romano, Roma)


Con los ojos puestos en la Madre de Dios, practiquemos esta maravillosa virtud, tan indispensable en los caóticos días en que vivimos

Valdis Grinsteins

Pocos actos son tan difíciles de practicar como la virtud de la confianza. Pues confiar es quedar “cum fiducia”, es permanecer firme en la esperanza. O sea, cuando se acaban las razones meramente naturales para esperar algo, se continúa esperando, debido a una convicción que proviene de la Fe.

El Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino, la define así: “La confianza es una esperanza fortalecida por una sólida convicción” (Suma Teológica, II IIae, q. 129, art. 6, ad 3).

Para el hombre, vulnerado por el pecado original, se volvió especialmente difícil reconocer su dependencia de otros, y, de modo especial, su subordinación a Dios. El Creador, como un Padre amoroso, deseando corregir nuestra alma, permite que muchas veces permanezcamos en situaciones de incapacidad para actuar, que hacen patente un hecho: por nuestras propias fuerzas no saldremos de ciertos aprietos.

Acabadas las esperanzas humanas, Dios nos señala una salida —la única: creer en su omnipotencia e infinita misericordia y justicia, y permanecer firmes en la Fe e inflexibles en la Esperanza, por lo tanto “confiados”.

Pero la bondad divina no se agota ahí. Para enseñanza nuestra, la Historia ofrece ejemplos luminosos de personas que quedaron totalmente desamparadas, y contra toda expectativa natural, fueron socorridas y vieron realizadas sus esperanzas.

De todos los ejemplos que la Historia registra, ciertamente ninguno sensibiliza tanto a un alma católica cuanto ciertos episodios de la vida santísima de Nuestra Señora.

El matrimonio de María: confianza en
medio de grandes perplejidades

Según la Tradición, Nuestra Señora aún muy joven se consagró al servicio de Dios en el Templo de Jerusalén. Durante ese período de su vida, fallecieron sus padres, San Joaquín y Santa Ana. Y que, en sus primeros años de existencia, la Virgen Santísima ofreció a Dios su virginidad, pues, de esta forma, quedaba libre de cualquier atadura que le impidiese dedicarse totalmente al Creador.

Ciertamente esperaba Ella permanecer sirviendo a Dios en el Templo, pues, ¡qué lugar mejor que ése para hacerlo! Pero... Dios entonces la somete a una dura prueba.

Siendo Ella huérfana, fue confiada a los cuidados del Sumo Sacerdote del Templo. Al llegar a los 14 años de edad, éste le comunica que pretendía encontrar un esposo para Ella. ¡Para Nuestra Señora fue una sorpresa! ¿Pero cómo? De un lado, era imposible que el propio Dios no conociera su voto de virginidad; de otro, no era creíble que Dios no hubiera guiado los pasos del Sumo Sacerdote, autoridad a quien Ella debía obedecer. ¿Si contrajera matrimonio, cómo se mantendría su voto de virginidad? ¿Y en caso de que rehusara casarse, cómo evitar la desobediencia a la autoridad puesta por Dios para guiarla? Además, la virginidad entre los judíos, en el Antiguo Testamento, no era entendida como hoy, pues todas las israelitas contraían matrimonio con la esperanza de convertirse en la madre del Mesías.

No conociendo los designios del Creador a su respecto, tal situación para la futura Madre del Mesías era propia para causarle perplejidad. Y, sobre todo, fue la hora de la confianza: Ella debía tener fe en Dios, que proveería para que mantuviera su voto de virginidad, aún dentro del matrimonio.

Llegado el momento de escoger al esposo, se presentaron varios candidatos. Había otra persona presente, pero era por un motivo jurídico. Siendo Nuestra Señora huérfana, la ley establecía que debía estar presente el pariente más próximo de la Virgen para aprobar el matrimonio. Éste era San José. Como también él había hecho voto de virginidad, se presentó a la ceremonia de elección del marido apenas como testigo.

Los caminos de Dios, sin embargo, eran otros. Inspirado por Él, el Sumo Sacerdote sometió a los candidatos a una prueba: aquel cuyo bastón floreciera se tornaría esposo de María. Para sorpresa de San José su vara fue la que floreció, aún cuando él no fuese aspirante a la mano de aquella parienta suya. Pero delante de la evidente señal divina para que se casara, San José aceptó desposar a la Virgen María. Siendo también él casto, para Nuestra Señora se aclaró entonces una parte del enigma: su virginidad no quedaría comprometida. Quedaba, al final, otra perplejidad. ¿Por qué Dios habría deseado su matrimonio, siendo que tenía el designio de que permaneciera virgen? ¿No sería más adecuado no casarse? Una vez más Nuestra Señora confió en la sabiduría y omnipotencia de Dios, cuya intención se aclaró totalmente al darse la Anunciación del arcángel San Gabriel. A Ella le cabría la altísima vocación de ser la Madre del Mesías —¡el Verbo Encarnado!—, que nacería por obra del Espíritu Santo, teniendo como padre adoptivo a los ojos de los hombres al casto San José.

Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resonáis en el silencio de los corazones, Vos murmuráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz. A nuestras miserias presentes repetís el consejo que el Maestro daba frecuentemente durante su vida mortal: «¡Confianza, confianza!» Al alma culpable, oprimida bajo el peso de sus faltas, Jesús decía: «Confía, hijo; tus pecados te son perdonados».

«Confianza», decía también a la enferma abandonada que sólo de Él esperaba curación, «tu fe te ha sanado». Cuando los Apóstoles temblaban de pavor viéndole caminar de noche, sobre el lago de Genesaret, Él les tranquilizaba con esta expresión pacificadora: «Tened confianza, soy Yo, no temáis».

Y en la noche de la Cena, conociendo los frutos infinitos de su sacrificio, Él lanzaba, al partir hacia la muerte, el grito de triunfo: «¡Confiad! ¡Confiad! ¡Yo he vencido al mundo!»

(P. Thomas de Saint-Laurent,
El Libro de la Confianza)


   Página Siguiente (2/2) Página Siguiente

[ Volver Página Mariana ]


Dirección: Tomás Ramsey 957, Magdalena del Mar - Lima - Perú