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Número 83
Noviembre de 2008

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San Juan Crisóstomo

Gran batallador de la Iglesia en Oriente

Llamado “Boca de oro” por la fuerza y la belleza de su elocuencia, con su palabra desarmó a los bárbaros, combatió el arrianismo que infectaba el Oriente y los desórdenes de la decadente Bizancio

Plinio María Solimeo

Juan Crisóstomo nació en Antioquía alrededor del año 344, hijo de Segundo, comandante general de las tropas del Imperio de Oriente. Su madre, Antusa, enviudó a los veinte años y no quiso contraer segundas nupcias a fin de dedicarse por entero a la educación de sus dos hijos y a las buenas obras. Adolescente, Juan culminó su educación con el célebre filósofo Libanio. El progreso del alumno, cuya privilegiada inteligencia comenzaba a brillar, hizo que el maestro estando a las puertas de la muerte exclamara: “Yo habría dejado a este joven al frente de mi escuela, pero los cristianos me lo tomaron” 1.

Aún era pagano cuando inició su vida como orador en el Forum. La elevación de su lenguaje, la fuerza de sus expresiones, la belleza de su discurso llevaron a sus coterráneos a compararlo a Demóstenes, el famoso orador griego de la Antigüedad.

San Basilio lleva a su amigo a la conversión

A los 25 años, cuando su fama ya se afirmaba en el Tribunal, por influencia de su amigo Basilio, que también llegaría a la santidad, se convirtió al cristianismo: “Este bienaventurado servidor de Jesucristo resolvió abrazar la verdadera filosofía del Evangelio, la vida monástica. Entonces, el equilibrio entre nosotros dos se rompió por completo. El plato de su balanza se elevó ligero hacia el cielo; el plato de la mía, todo cargado de pasiones mundanas y de los ardores de la juventud, recaía pesadamente hacia la tierra” 2. Juan recibió el bautismo de manos de San Melecio, obispo de Antioquía.

Después de su conversión, resolvió abrazar la carrera eclesiástica. Convertido en clérigo, Juan, a quien ya llamaban Crisóstomo (Boca de oro), renunció completamente a hacer carrera en el mundo e inició el arduo trabajo de vencer el imperio de sus pasiones. Para combatir la vanagloria, comenzó a practicar la humildad. Para tener dominio sobre sí, pasó a domar su cuerpo, limitando el sueño a tres o cuatro horas y la alimentación a una sola comida al día, absteniéndose de carne. Su victoria sobre el fogoso temperamento fue tan completa, que sus biógrafos lo describen como dotado de gran dulzura y amable modestia, además de una tierna y compasiva caridad hacia el prójimo.

Pasaron cuatro años sin que Crisóstomo recibiese la ordenación sacerdotal. En ese intervalo, oyó rumores de que estaban pensando en él y en su amigo Basilio para el episcopado. Crisóstomo, quien conocía perfectamente a su amigo, sabía cuan digno era para el episcopado. Por eso no le comunicó que huiría para evadir la designación, como efectivamente hizo. Mientras tanto, San Basilio recibió la consagración episcopal.

Monje y anacoreta, aprendió de memoria las Sagradas Escrituras

Dado que su madre había fallecido, Crisóstomo resolvió huir al desierto. Admitido en uno de los monasterios del Monte Casius, se entregó con gran valentía a la vida de perfección.

Pasado algún tiempo, cuando los monjes se dieron cuenta del tesoro que tenían, lo escogieron a Crisóstomo como Superior. Cuando tomó conocimiento de esa decisión, huyó, yendo a vivir como anacoreta a un lugar más inaccesible. En la soledad, aprendió las Sagradas Escrituras de memoria.

Dos años después, habiéndose deteriorado su salud, tuvo que abandonar el desierto y regresó a Antioquía. En ese lapso la paz había vuelto a la Iglesia, con la muerte del emperador arriano Valente y la ascensión del piadoso Teodosio.

Juan Crisóstomo fue ordenado diácono, dedicándose nuevamente al apostolado de la palabra. Cinco años más tarde, San Flaviano, que había sucedido a San Melecio en la sede de Antioquía, le confirió el sacerdocio.

Las “homilías de las estatuas”

Precioso relicario que conserva la
mano derecha del santo

El año 387 el emperador Teodosio estableció un nuevo impuesto a la ciudad de Antioquía. El pueblo se rebeló, arrancó su estatua y la de su mujer e hijos, que arrastró por las calles; persiguió a los funcionarios del fisco y se entregó a otros excesos. Al volver la calma, la población se dio cuenta de lo que había hecho y el temor fue general. Todos sabían que el emperador Teodosio era bueno, pero terrible en sus primeros impulsos. ¿Qué es lo que haría con la ciudad prevaricadora?

San Flaviano se dirigió a la ciudad imperial a fin de pedir clemencia para sus diocesanos, y Crisóstomo quedó al frente de la diócesis. Se empeñó en calmar al pueblo y que aceptara el posible castigo. En los siguientes 20 días, predicó una serie de sermones excepcionales, llamados después “homilías de las estatuas”, cada uno más persuasivo que el otro y que forman un monumento de erudición y de elocuencia.

Al fin, vino la noticia de que el Emperador, por amor a Dios y atendiendo la súplica del santo arzobispo, perdonaba a Antioquía.


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