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Número 85
Enero de 2009

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San Juan Crisóstomo

Arzobispo de Constantinopla y Patriarca de Oriente

Juan Crisóstomo pasó doce años en Antioquía, ejerciendo la misión pastoral como el modelo más acabado de sacerdote.

San Juan Crisóstomo increpa a la emperatriz
Eudoxia por sus vicios – Jean Paul Laurens
(1893), Museo de los Agustinos, Toulouse

El año 397 quedó vacante la sede de Constantinopla. El clero y el pueblo, que ya conocían su fama, lo eligieron como obispo del lugar. El nuevo emperador Arcadio aprobó la elección. ¿Cómo hacer que el candidato aceptara la nominación? Utilizaron una estratagema: el alcalde de Antioquía lo invitó a un paseo, para tratar de varios asuntos. Cuando estaban fuera de la ciudad, el alcalde cedió su lugar de conductor del carruaje a un enviado del Emperador. Espoleando los caballos, fue conducido a la capital del Imperio, donde estaban reunidos un grupo de obispos que consagraron a Boca de Oro como Arzobispo de Constantinopla y Patriarca de Oriente.

Comenzaba para el nuevo Prelado una etapa en la cual debería enfrentar los desórdenes de la corte imperial, toda clase de injusticias, un clero y un pueblo decadentes.

Se empeñó en primer lugar en la reforma del clero, amonestando, corrigiendo, suplicando y, cuando no había otro medio, expulsando a los malos sacerdotes de la Iglesia.

Había tal avidez de oír al santo arzobispo, que unos se atropellaban a los otros. Tuvo que colocar el púlpito en el centro de la iglesia, para ser oído por todos. Poco a poco la piedad volvió a florecer en Constantinopla, y muchas almas alcanzaron un alto grado de perfección.

Juan Crisóstomo reorganizó una pía asociación de viudas y vírgenes consagradas, poniéndolas bajo la dirección de Santa Olimpia, viuda a los 23 años, que pasó con su fortuna a secundarlo en todas sus obras pías.

El pueblo prevarica a pesar de los castigos

En abril de 399, un temporal interminable lo inundaba todo, amenazando las plantaciones y la consecuente falta de alimentos. Juan Crisóstomo ordenó una procesión rogativa hasta la iglesia de San Pedro y San Pablo, del otro lado del Bósforo, y la lluvia cesó.

Al día siguiente, Viernes Santo, hubo una carrera de caballos en el hipódromo local, con gran concurso del pueblo, que no respetó ni el castigo reciente ni la santidad de la fecha. La indignación del santo arzobispo subió al auge: “¿Cómo apaciguar, de aquí en adelante, el castigo celestial? Aún no transcurrieron tres días de la gran lluvia que, llevándose todo consigo y arrancando el pan de la boca del agricultor, os llevó a recurrir a las súplicas y a las procesiones”.

Al año siguiente, un terrible terremoto destruyó un tercio de la capital. El mar inundó la parte de la ciudad llamada Calcedonia y los barrios bajos. Gran parte de la población huyó. Los aprovechadores se lanzaron al saqueo de las casas vacías. En medio del pánico general, sólo el Patriarca permaneció en su puesto. Increpando a los asaltantes, los hizo entregarle el producto del robo, del cual se constituyó en guardián. Cuando volvió la normalidad, mostró su desvelo por la propiedad privada, devolviendo todo a sus legítimos dueños.

No había pasado un mes de sucedido esto, cuando un nuevo coliseo fue inaugurado con inmenso concurso y los aplausos frenéticos de un pueblo inconstante. Juan Crisóstomo subió al púlpito: “¡Apenas han pasado treinta días después de nuestras desgracias, después de esa terrible catástrofe, y veo que volvéis a vuestras locuras! ¿Cómo justificaros? ¿Cómo perdonaros?”

Los crueles destierros y una santa muerte

San Juan Crisóstomo parte para el exilio
en el que moriría, a causa
del maltrato que recibió

La emperatriz Eudoxia, habiéndose entregado al vicio de la avaricia, infringió la justicia apropiándose indebidamente de propiedades ajenas. Las víctimas recurrieron al Arzobispo, que la llamó paternalmente a la razón. Pero ella, dándose por ofendida, obtuvo que el Primado de Alejandría, quien había abrazado la herejía arriana, convocase un concilio. Con sus correligionarios, éste condenó a Juan Crisóstomo como indigno del episcopado, obteniendo su destierro.

Cuando la población supo de ello, hizo tan grandes manifestaciones frente al palacio imperial, que la Emperatriz, temiendo por su vida, pidió el regreso del Patriarca. Poco después, sin embargo, consiguió nuevamente su exilio.

A dos soldados que acompañaban a Juan Crisóstomo al destierro les fue prometida una promoción, si por medio de maltratos lo hicieran morir en el camino. Fue lo que ocurrió en setiembre de 407, cuando el santo cayó exhausto y expiró, muriendo confortado por la Sagrada Comunión.

Notas.-

1. Cf. R. P. Pedro Ribadeneira, Flos Sanctorum, in Dr. Eduardo María Vilarrasa, La Leyenda de Oro, L. González y Compañía – Editores, Barcelona, 1896, tomo I, p. 270.
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, París, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, 1882, tomo II, p. 3

Otras obras consultadas.-

1. Fray Justo Pérez de Urbel, O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, tomo I, pp. 155 y ss.
2. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1946, tomo I, pp. 271 y ss.
3. R. P. José Leite, Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, tomo III, pp. 44 y ss.
4. Abbé Jean Croisset, Año Cristiano, Saturnino Calleja, Madrid, 1901, tomo I, pp. 347 y ss.


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