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Número 137
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MAYO 2013

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De las Bienaventuranzas Evangélicas


Jesucristo nos propuso las bienaventuranzas para que detestemos las máximas del mundo y nos estimulemos a amar y practicar las máximas de su Evangelio. Las bienaventuranzas evangélicas son ocho:


1. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

2. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

3. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.

5. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

6. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

7. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios; y,

8. Bienaventurados los que padecen persecución a causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

La parábola del buen samaritano es un ejemplo de la práctica de la virtud de la misericordia


*     *     *

El mundo llama bienaventurados a los que abundan en riquezas y honores, que viven regocijadamente y no tienen ocasión alguna de padecer.

Los pobres de espíritu que Jesucristo llama bienaventurados son los que tienen el corazón desasido de las riquezas, hacen buen uso de ellas si las poseen, no las buscan con solicitud si no las tienen, y sufren con resignación su pérdida si se las quitan.

Mansos son los que tratan al prójimo con dulzura y sufren con paciencia sus defectos y agravios sin quejas, resentimientos ni venganzas.

Los que lloran y no obstante se llaman bienaventurados, son los que sufren con resignación las tribulaciones, los que se afligen por los pecados cometidos, por los males y escándalos del mundo, por verse lejos del cielo y por el peligro de perderlo.

Tienen hambre y sed de justicia los que ardientemente desean crecer de continuo en la divina gracia y en el ejercicio de las buenas obras.

Misericordiosos son los que aman en Dios y por amor de Dios a su prójimo, se compadecen de sus miserias así espirituales como corporales y procuran aliviarlas según su fuerza y estado.

Limpios de corazón son los que no tienen ningún afecto al pecado, viven apartados de él y principalmente evitan todo género de impureza.

Pacíficos son los que conservan la paz con el prójimo y consigo mismos y procuran poner en paz a los enemistados.2

Padecen persecución a causa de la justicia los que sufren con paciencia las burlas, improperios y persecuciones por la fe y ley de Jesucristo.

Los diversos premios que promete Jesucristo en las bienaventuranzas significan todos, con diversos nombres, la gloria eterna del cielo.

Las bienaventuranzas no sólo nos procuran la gloria eterna del paraíso, sino que también son medios de llevar una vida feliz, cuanto es posible en este mundo.

Los que siguen las bienaventuranzas reciben ya alguna recompensa aun en esta vida, porque gozan de una paz y contentamiento interior, que es principio aunque imperfecto de la eterna felicidad.

Los que siguen las máximas del mundo no son felices, porque no tienen la verdadera paz del alma y corren peligro de condenarse.     



1. Catecismo Mayor de San PíoX, Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, p. 123-124.
2. N. R.: Evidentemente no se trata de una paz a cualquier precio, sino de aquella que es fruto de la justicia. Al dar a Dios la alabanza que Él merece y a cada uno lo que es suyo, se actúa con justicia y se obtiene la paz. En un mundo basado en las ofensas a Dios, como el nuestro, no se puede esperar una paz verdadera.


  

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