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Número 85
Enero de 2009

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La Virgen del Carmen de la Legua

La fuga de Magdalena Baldeón

Entre los innumerables milagros que se le atribuyen a Nuestra Señora del Carmen de la Legua, figura la maternal protección que le brindó a una mujer llamada Magdalena Baldeón. Ésta se había casado con uno de tantos inmigrantes chinos que por entonces llegó al Perú y al poco tiempo se embarcó con él hacia el Oriente. Fuertemente inclinado a las costumbres paganas, el marido la trataba como a esclava. En medio de sus angustias, Magdalena confeccionó un manto de seda para su Madre Santísima con la esperanza de algún día poder ofrecérselo. Mientras tanto, cansada de reiteradas crueldades y ofensas, la joven decidió protestar ante el marido por su pésima conducta. Esto no hizo más que enfurecer al asiático, quien secretamente la condenó a muerte.

Avisada por una alma caritativa, la devota Baldeón se encomendó a la Virgen y tomando el manto bordado por sus manos emprendió la fuga. No conocía el país, ni el idioma, ni disponía de otro sustento que su fe. Pero por donde iba no encontraba sino facilidades, atenciones y auxilios, que sólo los podría atribuir a la intercesión de su celestial protectora. Después de una larga aventura llegó finalmente al Callao y cumplió su deseo de vestir a la Virgen de la Legua con aquel manto de seda, que con tantas lágrimas consiguió bordar.

La plegaria de los virreyes

Desde aquí, la Madre de Dios ha sido testigo de gran parte de nuestra historia. Por ejemplo, la mayoría de los virreyes “venían primero al Callao antes de hacerse cargo de la administración del Virreinato del Perú, y precisamente en esa misma Ermita de la Legua, donde se encuentra la Virgen del Carmen, se detenía el virrey para recibir las insignias del mando e ingresar más tarde a Lima, bajo palio, entre la admiración de la nobleza, el clamoreo del pueblo, el ulular de los clarines y el repiqueteo de las campanas”.

A este lugar, que a lo largo de cuatro siglos ha sido como un verdadero faro, han acudido en búsqueda de auxilio grandes y pequeños, creyentes y escépticos, vencedores y derrotados, santos y pecadores. Mil sucesos han acaecido en su entorno, desde un terrible tsunami que en 1746 destruyó el Callao y cuyas aguas se rindieron a sus plantas, hasta una poderosa bomba terrorista que en 1992 explotó en una comisaría vecina y estuvo a punto de dejar en escombros al templo.

El ápice de la Coronación Pontificia y Canónica

Pero entre todos los hechos que han marcado la historia del Santuario, ningún otro ha tenido tal resonancia como las ceremonias con motivo de la solemne coronación canónica y pontificia de esta Imagen, ocurrida el 7 de octubre de 1951. Lima y el Callao no volvieron a ver en la segunda mitad del siglo XX el intenso fervor mariano que como una brisa fresca contagió a la población entera, ni los fecundos retiros que le precedieron, las multitudinarias comuniones que le acompañaron, o los incontables homenajes que le siguieron. Para quienes no tuvimos la gracia de estar presentes en aquella magna ocasión, las crónicas y recuerdos de la época nos pueden ayudar a vislumbrar su enorme trascendencia. Entre ellos cabe destacar el ardiente discurso que pronunciara el Cardenal Juan Gualberto Guevara, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, en su calidad de Legado Pontificio, al coronar a Nuestra Señora de la Legua.

Altar de la Virgen de la Legua

Estas gracias fueron como que una prolongación local de dos grandes acontecimientos marianos que conmocionaron en aquel tiempo al orbe católico: la promulgación del Dogma de la Asunción, el 15 de agosto de 1950 y la conmemoración del Sétimo Centenario del Escapulario del Carmen, el 16 de julio de 1951.

Desde entonces, a pesar de que el proceso de descristianización se ha acentuado notablemente, a pesar de los lamentables altibajos que sacuden la piedad, a pesar de las enormes ingratitudes de los peruanos hacia su Reina y Madre... no faltan entre nosotros señales de gran esperanza. Una de ellas, que bien se la podría comparar a la nubecilla de San Elías, es la creciente avidez de formación y de doctrina cristiana que se constata en los sectores más diversos de nuestra sociedad.

Pidamos, pues, a la Santísima Virgen en esta advocación tan querida del Carmen de la Legua, que haga renacer en nuestras almas y en nuestra patria, aquellos fervores de alma de otrora, para que el Perú vuelva a ser un foco de irradiación del espíritu católico en América y el mundo.

Agradecemos al Sr. Ricardo Ramos Rivarola por brindarnos el libro Crónica de la Coronación Pontificia de Nuestra Sra. del Carmen de la Legua, el que ha servido de base para la redacción del presente artículo.


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