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Número 83
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500 años de la Basílica de San Pedro
“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”

Luis Dufaur



La unicidad de la Iglesia Católica, la única verdadera, la única santa, la única sucesora de los Apóstoles, la única genuinamente católica —universal— es percibida al vivo en el excepcional complejo artístico de la Basílica de San Pedro y su plaza. Un ejemplo elocuente de ello se dio hace no mucho tiempo. Un pastor anglicano que había visitado la Basílica, estando aún en Roma, confesó a un amigo que la Iglesia verdadera sólo puede ser universal, y que la iglesia nacional —la anglicana— no tenía ningún valor. Poco después abandonó el anglicanismo, haciéndose católico juntamente con su parroquia, se hizo sacerdote y adoptó los ritos católicos tradicionales.

La grandeza y el esplendor del conjunto arquitectónico están intrínsecamente unidos a la glorificación de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles y cabeza de la larga serie de Papas que, como Vicarios de Nuestro Señor Jesucristo, han conducido y conducirán la Iglesia hasta el fin de los tiempos. La Basílica fue construida en función de la tumba de San Pedro. Y es un estupendo símbolo material de la promesa de Nuestro Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16, 18). Pero, cuando San Pedro radicó su trono en Roma, en el año 42, las apariencias eran fundamentalmente otras.

Plantas superpuestas muestran la posición exacta del circo
de Calígula y de la actual Basílica de San Pedro.
Una flecha indica el lugar donde antes estaba el obelisco.

El lugar en la época de San Pedro

En el siglo I funcionaba en ese lugar el circo de Calígula, uno de los más depravados Césares paganos. Ese circo servía para carreras de cuadrigas y los más torpes espectáculos. ¡Cuántas veces San Pedro habría mirado con horror aquel lugar, que exaltaba lo opuesto de la cultura y de la civilización deseada por el Divino Maestro!

Su fe ardiente e inconmovible le hacía presagiar el día en que Roma, la capital del mundo, se prosternaría convertida a los pies del Redentor. Pero los hechos parecían contradecir esa certeza. San Pedro vio aquel circo ser restaurado, engrandecido y enriquecido por el criminal Emperador Nerón. El mismo San Pedro fue allí crucificado de cabeza en el año 67, después que Nerón desató el 64 la primera gran persecución contra los cristianos.

El cuerpo del Apóstol fue depositado en una escuálida tumba al lado del circo; y los fieles, en los intersticios de las persecuciones, allí lo iban a venerar. Podemos imaginarlos llenos de fe, eludiendo la vigilancia de la soldadesca y tal vez oyendo los bramidos de las multitudes en el circo, aproximándose cautelosamente para elevar una oración en aquella tumba sagrada y robustecer su certeza en el triunfo de la Iglesia.

Se levantan sucesivos templos

Se tiene noticia de un sencillo templo erguido sobre la tumba de San Pedro por los primeros cristianos. Nada restó de él, pues en el año 325, Constantino, a la cabeza de un Imperio cristianizado, mandó construir en su lugar una magnífica basílica en estilo romano, en honra del Príncipe de los Apóstoles. No se habían completado tres siglos del martirio del pescador, y él triunfaba en el ápice del mundo civilizado, como firmemente lo había creído.

Antigua Basílica de San Pedro – fresco del siglo XVI

A lo largo de los siglos esta basílica constantiniana sufrió sucesivas reformas y añadiduras, y también toda especie de calamidades. El 847, los sarracenos la saquearon. Para protegerla de los mahometanos, el Papa León IV la rodeó con un muro y torres fortificadas. El área así protegida fue llamada Ciudad Leonina, que fue el embrión de la moderna Ciudad del Vaticano. Alrededor de la basílica surgieron iglesias y monasterios. Los Papas construyeron uno de sus mejores palacios. En el interior, el venerable templo albergaba cuanto había de más precioso ofrecido por generaciones de peregrinos.

Cuando el Papa Martín V retornó a Roma, terminando con más de un siglo de cisma, la vieja basílica semi-abandonada amenazaba con derruirse. Nicolás V quiso edificar una nueva, pero falleció en 1455, habiendo concluido apenas algunos cimientos.


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