La Esperanza y la Caridad6.- De la Esperanza
Esperanza es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestra alma, y con la cual deseamos y esperamos la vida eterna que Dios ha prometido a los que le sirven y los medios necesarios para alcanzarla.
Hemos de esperar de Dios la bienaventuranza y los medios necesarios para alcanzarla porque Dios misericordiosísimo, por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, lo ha prometido a quien le sirve de corazón, y como es fidelísimo y omnipotente, siempre cumple sus promesas.
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Acto de Fe |
| Dios mío, creo firmemente todo lo que la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, me ordena creer porque Vos ¡oh Verdad infalible! lo habéis revelado. |
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Acto de Esperanza |
| Dios mío, espero con firme confianza que me daréis, por los méritos de Jesucristo, vuestra gracia en este mundo, y si observo vuestros Mandamientos, la gloria en el otro, por que Vos, que sois soberanamente fiel en las promesas, me lo habéis prometido. |
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Acto de Caridad |
| Dios mío, os amo con todo el corazón y sobre todas las cosas, porque sois infinitamente bueno e infinitamente amable, y amo a mi prójimo como a mí mismo por amor de Vos. |
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Las virtudes teologales y los vicios opuestos. Detalle del pórtico central de la catedral de Notre Dame, París. |
Las condiciones necesarias para alcanzar la bienaventuranza son: la gracia de Dios, el ejercicio de las buenas obras y la perseverancia en el amor divino hasta la muerte.
La Esperanza se pierde siempre y cuando se pierda la fe; se pierde asimismo por el pecado de desesperación o de presunción. Una vez perdida se recobra con el arrepentimiento del pecado cometido y avivando de nuevo la confianza en la bondad de Dios.
7.- De la Caridad
Caridad es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestra alma, con la que amamos a Dios por Sí mismo sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.
Hemos de amar a Dios porque es el sumo Bien, infinitamente bueno y perfecto, y, además, por el mandamiento que nos ha dado de amarle y por tantos beneficios como de Él recibimos. Hemos de amarle sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma y con todas las fuerzas.
Amar a Dios sobre todas las cosas quiere decir que le hemos de preferir a todas las criaturas más queridas y perfectas y estar dispuestos a perderlo todo antes que ofenderle y dejar de amarle.
Amar a Dios de todo corazón quiere decir consagrarle todos nuestros afectos.
Amar a Dios con toda la mente quiere decir encaminar a Él todos nuestros pensamientos.
Amar a Dios con toda el alma quiere decir consagrarle el uso de todas las potencias de nuestra alma.
Amar a Dios con todas nuestras fuerzas quiere decir que procuremos crecer constantemente en su amor y obrar de modo que todas nuestras acciones tengan por motivo y por fin su amor y el deseo de agradarle.
Hemos de amar al prójimo porque Dios lo manda y porque todo hombre es imagen suya. Estamos obligados a amar aun a los enemigos 1, porque también son nuestro prójimo y porque Jesucristo lo mandó expresamente.
Amar al prójimo como a nosotros mismos quiere decir desearle y hacerle en cuanto sea posible el bien que debemos querer para nosotros y no desearle ni hacerle mal alguno.
Nos amamos a nosotros mismos como debemos cuando buscamos el servicio de Dios y ponemos en Él toda nuestra felicidad.
La Caridad se pierde por cualquier pecado mortal. Pero se recobra con actos de amor de Dios y con el arrepentimiento y la confesión bien hecha.
1. Cuando se trata no de nuestros enemigos personales, sino de enemigos de Dios, manda la caridad que recemos y procuremos su conversión y que tomemos las providencias a nuestro alcance para evitar que hagan el mal, aunque para eso ellos tengan que pasar por castigos especiales. Sin embargo, si rechazan la conversión y perseveran en el mal hasta el fin, debemos conformar nuestra voluntad con la de Dios, que los rechaza y condena.
* Catecismo Mayor de San Pío X, Editorial Magisterio Español, Vitoria, 1973, p. 119-121.
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