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Matrimonio y control de la natalidad

Los hijos son el don con que Dios bendice el matrimonio,
especialmente una familia fecunda y numerosa

Objetivo principal: la prole

Con relación a los hijos, no se debe contraponer el amor mutuo de los esposos al deseo y a la aceptación de la prole con que Dios bendice el matrimonio.

Cuando la Iglesia establece la prole como el fin primario del matrimonio, Ella no está excluyendo el amor entre los esposos, pues tal amor, si es verdadero, se abre para el don de la vida, para las alegrías de la maternidad y de la paternidad. Lo contrario haría del matrimonio aquello que un escritor francés llamó de “egoísmo de a dos”, lo cual se opone a la noción correcta de unión matrimonial.

Los hijos, ya lo dijimos, son el don con que Dios bendice el matrimonio, especialmente a la familia fecunda y numerosa, y constituyen uno de los elementos más sólidos de la estabilidad y armonía conyugal.

No se debe verlos por lo tanto como un estorbo, un impedimento para la felicidad matrimonial, una dificultad que se debe evitar para tener más libertad y facilidad de gozar la vida. Ésta es una concepción pagana y hedonista del matrimonio. Los hijos, lejos de ser un estorbo para la armonía y felicidad de la pareja, son la más bella y auténtica expresión del amor conyugal, un complemento sin el cual –al menos en deseo, para aquellos que son estériles–, este amor fácilmente fenece y se marchita.

Píldora anticonceptiva

Como vimos, la felicidad genuina no se constituye en el gozo de la vida, sino que está en la satisfacción que viene de la práctica de la virtud y del temor de Dios, del cumplimiento del deber. Está también en la alegría de la participación en el plan divino de poblar la Tierra y la Jerusalén celestial. “¡Creced y multiplicaos, y llenad la tierra!” (Gén. 1, 28).

Cuando existen razones serias y ponderables, la Iglesia permite la utilización de los métodos naturales de control de la natalidad (hoy en día esos métodos están muy desarrollados); esto mientras persistan tales razones. Habiendo circunstancias imperiosas que impongan el control (por razones de salud,  por angustia económica, por excesiva frecuencia de embarazos), tal decisión debe ser tomada en el temor de Dios, en la tristeza y en el deseo de que estas circunstancias cesen cuanto antes, lamentando la necesidad que obliga a tal recurso.

¿Por qué es que no se puede utilizar la píldora anticonceptiva?

En primer lugar, es necesario resaltar que varias de esas píldoras de hecho son abortivas, no impidiendo la fecundación, sino directamente expulsando el embrión ya concebido. Es criminal.

Sin embargo, aunque no sea abortiva, la píldora es un modo por el que, realizado el acto conyugal, éste quede privado artificialmente de su natural fecundidad. Se equipara pues al pecado por el cual Onán fue castigado por Dios, con la muerte (cf. Gén. 38, 8-10). No importa que el obstáculo puesto para frustrar la fecundación sea la interrupción de la relación o el uso de medios químicos, físicos –como los propagados “preservativos”– u otros, incluyendo la ligadura de trompas en la mujer, o la vasectomía del marido. Nada de eso está permitido por la moral católica.

Métodos naturales

Al contrario de la píldora y demás métodos que impiden artificialmente la fecundidad del acto conyugal, los métodos naturales, basados en los conocimientos de los períodos de fertilidad femenina, proponen apenas la abstención de relaciones en esos períodos. No interfieren, por lo tanto, en el acto conyugal propiamente dicho, ni impiden artificialmente su fecundidad, sino que proponen apenas la abstención de ese acto en determinadas ocasiones, o sea, en los días de fertilidad.

Aunque tales métodos sean bastante eficaces, no tienen aquella precisión mecánica de los reprobables métodos artificiales. Aunque deseando, por alguna razón realmente ponderable, evitar la concepción, está en el espíritu de ese método natural acoger con amor y gratitud un hijo, en caso fuere concebido. La voluntad de Dios debe estar por encima de todo.

En cuanto a la esterilidad natural de uno, o de ambos esposos, tal esterilidad no impide el matrimonio, a no ser cuando resulte de la impotencia física o psicológica, de uno o del otro cónyuge, cuando sea perpetua y anterior al matrimonio.

Concluyendo, no hay nada malo en querer alguna felicidad, incluso en esta Tierra. Lo que está mal es ansiar la felicidad de un modo falso, o poniendo en ese deseo tal empeño, que la otra vida, la del Cielo, pierda el atractivo que nos debe siempre y en todo guiar y apasionar.


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