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Número 85
Enero de 2009

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La Virgen del Lago o de Copacabana

Dos pintorescas escenas de esta
maravillosa historia, talladas en 1994
en las puertas del templo: llegada de la
Imagen en andas al convento franciscano
de La Paz; y, cruzando en balsas de
totora el estrecho de Tiquina, hace
lo propio en Copacabana.

La Virgen atrae a los indios
con la lluvia

Entre los primeros milagros que obró la imagen fray Alonso Ramos nos describe éste. Para atender el culto de la Virgen determinaron los indios Anansayas sembrar una chacra. A esta sementera no acudieron los Urinsayas, que se habían manifestado más reacios a la devoción, alegando la sequedad del tiempo:

“No obstante todo esto los Anansayas, no sé con qué actos de fe se fueron a la parte donde la sementera se había de hacer, y tomando sus tacllas o arados comenzaron a romper la dura tierra, ablandándola con el sudor de sus rostros, que por ellos corría con gran prisa a regar el áspero suelo, y estando el aire muy sereno, apenas hubieron comenzado cuando les cubrió una espesa nube, que defendiéndoles del riguroso calor, con que casi tenían tostadas las entrañas, les regó la tierra tan a medida de su deseo, que dejó envidiosos a los otros indios, pues sólo se dejó caer en el sitio que para la chacra o sementera de la Virgen estaba señalada”.

Más tarde el prodigio se volvió a repetir, durante la sequía que afectó a la comarca en 1587, fecundando la lluvia las tierras de los devotos Anansayas.

«Virgo singularis» Una imagen singular

La Virgen de Copacabana es una talla de madera de maguey. Mide con el pedestal poco más de un metro de altura. El cuerpo de la imagen está totalmente laminado en oro fino, y el policromado asemeja los atuendos propios de una coya (princesa inca). Está siempre revestida con preciosos y coloridos mantos que le ofrecen sus devotos, y sobre la larga peluca de cabello natural ostenta una corona de gran valor, símbolo de su realeza.

Llaneza, bondad y santa simplicidad del escultor indio

El agustino Fray Alonso Ramos Gavilán, en su «Historia del Célebre Santuario de Nuestra Señora de Copacabana», publicada en Lima el año 1621, reproduce en uno de sus capítulos la relación que Francisco Tito Yupanqui dejó escrita de su puño y letra sobre los orígenes de esta Santa Imagen, donde se da a conocer la llaneza, bondad y santa simplicidad de este gran indio. Aquí trascribimos el último párrafo, conservando su ortografía:

“E estuvo en Tiquina el Emagen en el capilla de San Petro on poco di tempos, e despoés que llegado el Corregidor don Gerónimo del Marañón lo quería entrar en la capilla y se le alçaron sus cabellos, fue a Copacabana, y lo dexo al Cazique, que troxesse diez hermanos para que trogessen al Vergen y los embió antes de oración, y lo llebaron antes di horas di dormer, y lo adereçaron sos andas y saliron en cantando los gallos e tomaron a costas el Vergen, y lo llegaron a este pueblo assí como el Sol quería yr saliendo, todos los gentes salemos a ver como venea el Vergen, y lo posimos el Vergen al pie dil cerro como lo baxábamos il baxada, lo acodían todos los gentes, y sos trompetas, y traemos in la porcesión, y el patre lo istava aguardando foyra diste pueblo, vistido para dicir la misa, y con el josticia el corrigedor que lo llevó el pindón di la Vergen, y ansí lo intró in la Eclesia, y lo posu a onde istava il Vergen, y ay lo poso en so día, y lo dexo so mesa”.

Con la mano izquierda la Virgen estrecha a su Hijo de manera muy peculiar, como si estuviera a punto de caerse, y con la derecha sostiene la canastilla de la ofrenda y la vela o candela. En su dulce rostro y en el del Niño se reflejan los rasgos indígenas de los habitantes de la región. Una gran media luna bajo los pies nos recuerda su eterna victoria sobre el demonio y sus secuaces. Entre las ricas alhajas que la adornan, sobresale el bastón de mando que le obsequió el piadoso virrey, venerable D. Pedro Antonio Fernández de Castro, Conde de Lemos, como recuerdo de su visita en 1669.

Gran irradiación por el Nuevo y Viejo Continente

Muchas otras imágenes esculpió y pintó aún Francisco Tito Yupanqui, este indio noble y predilecto de María, tales como la renombrada Virgen de Cocharcas, venerada en nuestra sierra central (ver «Tesoros de la Fe», nº 9, Setiembre de 2002). Dedicó el resto de su vida a servir y glorificar a tan gran Señora, muriendo piadosamente a sus pies hacia el año de 1608 siendo hermano lego agustino.

Copacabana alcanzó gran fama en la época virreinal que traspasó montañas y mares. Se erigieron templos de esta advocación en Lima, Potosí, Río de Janeiro, Quito, Panamá, Madrid y Roma. Varios poetas cantaron sus glorias, entre los que se destaca Calderón de la Barca en su famoso auto sacramental «La Aurora en Copacabana».

Una devoción cuatricentenaria

El día 5 de abril de 1805, en la fiesta de los Siete Dolores de la Virgen, el obispo de La Paz, Remigio de la Santa y Ortega, consagró la actual iglesia y el altar mayor en honor de la Virgen María, bajo el título de Purificación.

Con el advenimiento de la independencia los agustinos, que cuidaban del santuario desde 1589, fueron expulsados en 1826. Por orden del General Sucre el tesoro de oro y plata de la imagen fue confiscado y fundido para confeccionar las primeras monedas bolivianas; y sus riquezas han sido saqueadas en diversas ocasiones. Desde entonces seculares y franciscanos se han alternado en la custodia del recinto.

Copacabana significa en
quechua "lugar donde
se ve la piedra azul",
por un ídolo hecho
de ese material
que allí existía

Durante el pontificado de Pío XI tuvo lugar la coronación canónica de la imagen de Nuestra Señora de Copacabana, que se realizó solemnemente el día 1º de agosto de 1925. La corona que sirvió para dicho acto, que es la que actualmente ciñe la imagen, fue una donación de las damas arequipeñas en agradecimiento por la liberación de la ciudad en ocasión de la erupción del volcán Misti, en febrero de 1600. Y el 2 de julio de 1940, mediante un Breve Pontificio, se otorgó al Santuario de Copacabana el título y las prerrogativas de Basílica Menor, con todos los derechos y privilegios.

Entre 1946 y 1947 se construyó en el cerro Calvario un Via Crucis con sus catorce estaciones de piedra, a las cuales se accede con esfuerzo por una rústica escalinata. De recorrido obligado para el peregrino, el sacrificio del ascenso es ampliamente recompensado por la maravillosa vista que se observa desde la cumbre, tanto del lago como del Santuario de la Virgen.

Nuestro director junto al P. Juan Carlos
Calderón O.F.M., en el interior del
Santuario; al centro, la preciosa urna
de plata con la Virgen de Copacabana

Epílogo: Copacabana hoy

Desde hace algunas décadas, el comercio ha tomado cuenta de Copacabana, que se ha expandido vigorosamente en torno al Santuario. La ciudad cuenta con todos los servicios básicos y hasta se han instalado hoteles de lujo en sus inmediaciones. Pero el motivo principal que aún conduce a innumerables peregrinos a este sagrado recinto sigue siendo el culto a la Virgen del Lago.

Con la proliferación del turismo moderno y el accionar de ONGs indigenistas, Copacabana enfrenta hoy la indiferencia de algunos y el intento de otros de resurgir al viejo paganismo. Inútil desafío para Aquella que una y mil veces pisó la cabeza de la serpiente infernal.

Obras consultadas.-

1. Fray Alonso Ramos Gavilán O.F.M., Historia del Santuario de Nuestra Señora de Copacabana, Edición Ignacio Prado Pastor, Lima, 1988.

2. R.P. Rubén Vargas Ugarte, Historia del Culto de María en Iberoamérica y de sus Imágenes y Santuarios más celebrados, Madrid, 1956.


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