¿Qué efectos producen en el alma: el ayuno, la mortificación corporal, la oración y la comunión frecuente ?
¿Qué es lo que el ayuno, la mortificación corporal, la oración y la comunión frecuente producen en el alma? ¿Cómo sabemos que las reparaciones que hacemos son aceptadas?
Disculpe, sé que mi consulta parece tonta, pero siempre me pregunto por qué hacer estas obras y siempre respondo porque Dios lo quiere ¿Podría Ud., por favor, darme una breve explicación?
A muchos lectores la pregunta les parecerá irrelevante, y la misma persona que la plantea pondera que su pregunta parece tonta. Sin embargo, ella aborda un punto central de la vida espiritual del católico, y por lo tanto es de la mayor importancia comprender bien su significado.
Quien lee los Evangelios con el corazón recto no puede dejar de percibir que ellos sitúan al lector en un promontorio elevadísimo, desde donde se descubre la vida eterna bienaventurada, a la cual Dios llama a todo hombre.
Y desde luego queda claro, por la lectura de los Evangelios y por lo que la Iglesia nos enseña, que sólo podrá entrar en el Cielo el alma completamente purificada de sus pecados. Ahora bien, mirando cada uno de nosotros dentro de sí mismo, percibirá tantas manchas, que de inmediato concluye que no está en condiciones de presentarse delante de Dios y de ser aceptado en un lugar –el Cielo, morada del Santo de los santos y Reino de santidad– donde repugna toda y cualquier mancha por ínfima que sea. De ahí la pregunta: ¿Qué hacer para borrar esas manchas que nos impiden la entrada en la bienaventuranza eterna?
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Santa Teresita del Niño Jesús (dentro del círculo), que pasaba por una "noche oscura" del alma, se santifica en los quehaceres cotidianos del Carmelo de Lisieux, Francia |
Ésa es justamente una importante razón de ser del ayuno, de la mortificación corporal, de la oración e incluso de la comunión frecuente hecha con el alma exenta de todo pecado mortal. Pues tales actos, realizados con el deseo sincero de expiación y de agradar a Dios, sobre todo cuando son ofrecidos por medio de la Santísima Virgen y están unidos al Sacrificio redentor de Cristo, purifican nuestra alma inclusive de los pecados veniales y nos habilitan para entrar totalmente purificados al Cielo. Si, a pesar de ello, al final de nuestra vida nos queda a la hora de la muerte un saldo negativo, él será pagado en el fuego purificador y santificador del Purgatorio.
Un mundo completamente apartado de Dios
Además, sucede que el hombre no está solo en este mundo, sino que vive en sociedad con otros hombres, los cuales a su vez traban –o deberían trabar– la misma batalla. Muchos sin embargo no lo hacen, y hasta deliberadamente se oponen a los Mandamientos de la ley de Dios, encaminándose así hacia la perdición eterna.
Quiso, no obstante, la misericordia divina que los actos expiatorios de unos pudiesen suplir el déficit de los otros. De manera que los méritos de unos alcanzan de Dios gracias para otros pecadores, que así pueden llegar a salvar sus almas. Lo dijo categóricamente la Virgen Santísima a los tres pastorcitos de Fátima: “Muchas almas se van al infierno por no haber quién se sacrifique y pida por ellas”.
Ésta es la más pura doctrina del Evangelio, que la Santa Iglesia formula en el dogma de la Comunión de los Santos.
De manera que, cuando vemos al mundo apartado de Dios, debemos preguntarnos si hemos hecho todo cuanto podíamos y debíamos, para alcanzar las gracias necesarias a fin de que las almas abandonen el camino de la perdición y vuelvan a las vías benditas de la salvación. Tanto más cuanto Nuestra Señora advirtió en Fátima que, si los hombres no hicieren la penitencia debida, un gran castigo purificador se abatirá sobre el mundo, después del cual, entonces sí, vendrá un diluvio de gracias que restablecerá el orden cristiano sobre la faz de la Tierra. Será el triunfo del Inmaculado Corazón de María, también profetizado en Fátima.
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