La autoridad del padre
Funestas consecuencias para la sociedad entera
Los hechos contradijeron tales previsiones que, por lo demás, la razón no puede admitir. Hoy todos deploran la ruptura de los vínculos familiares y sus consecuencias: la pérdida del respeto y de la obediencia de los hijos hacia sus padres, la emancipación de aquellos, la corrupción extrema de las costumbres privadas y públicas, y finalmente, la decadencia del pueblo.
En las clases superiores se guardan más las apariencias, pero la realidad no es mejor. Alentada por las particiones igualitarias, la juventud se revela frecuentemente contra la disciplina del hogar. Cada vez más su preocupación es gozar, en el ocio y en la disipación, la riqueza creada por el trabajo de los antepasados.
Es preciso restaurar cuanto antes la autoridad paterna
Es pues de una urgencia apremiante restaurar la autoridad paterna. Ninguna tiene títulos más legítimos; nada es más necesario.
El poder paterno es aquel que, en el orden natural, presenta las características más reveladoras de su institución divina. Él está incluso por encima del poder del rey, que se limita a dirigir una sociedad sobre la cual no puede reclamar derechos con base en la naturaleza, al paso que la autoridad atribuida al padre es una consecuencia legítima de esa dignidad natural: la de continuar la obra de la creación, dando vida a nuevos seres dotados de conciencia moral y que pueden ser elevados hasta el conocimiento y el amor de Dios.
Revestida de una tan alta legitimidad, esta autoridad se impone por la necesidad de asegurar la existencia de los hijos, impotentes para conservarla por sí mismos. Se impone hasta al amor paterno, el más duradero y menos egoísta de los afectos humanos, porque los padres perciben que sin ella les sería imposible educar a hijos que traen en el corazón la mancha del pecado original. Se impone, en fin, por el servicio que presta a la sociedad, recogiendo y transmitiendo por la educación el tesoro de verdades morales y experiencias acumuladas a lo largo de los siglos.
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La Familia Begas , Karl J. Begas (1821), Museo Wallraf-Richartz, Colonia |
La estabilidad social, depende de la estabilidad familiar
De esta forma, la autoridad paterna siempre fue considerada, en todas partes –aunque entre nosotros no lo sea en la hora presente– como una de las bases del orden social, necesaria a todos los pueblos y en todos los tiempos, como uno de los elementos inmutables de la constitución social.
Escribiendo a respecto de los primorosos estudios realizados por Le Play sobre los elementos del cuerpo social, Charles de Ribbe sacó una conclusión absolutamente demostrada por la experiencia: si las sociedades son la imagen de las familias que las componen, las familias son a su vez aquello que de ellas hace la autoridad paterna. Decía él:
“Devolviendo al padre su autoridad, restauraremos al ministro de Dios en el orden temporal. Cuanto más pasa el tiempo, más nos daremos cuenta de que es necesario devolver a la familia su autonomía. Es imposible constituir buenos gobiernos con hombres entregados al error. En el triste estado en que nos encontramos, la salvación sólo puede venir de la única autoridad que, en virtud de la ley natural, permanece dedicada a sus subordinados. Sólo la autoridad paterna podrá cumplir aquello que es superior a las fuerzas de cualquier autoridad pública”.
*Mons. Henri Delassus, O espírito de família no lar, na sociedade e no Estado, Editora Civilização, Porto, 2000, pp. 135-140.
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