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Número 83
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Sexto y Noveno Mandamientos
No cometerás actos impuros; y, no consentirás pensamientos ni deseos impuros


Beata Jacinta Marto,
en 1920: "Los pecados
que llevan más almas
al infierno son los de
la carne"
. ¡Qué diría
ella hoy de la
televisión, del cine, y
de otros sofisticados
medios de inmoralidad!

Estos dos mandamientos prohíben el adulterio y todo lo que es contrario a la virtud de la castidad.

El sexto prohíbe: 1) todo acto exterior de impureza: discursos, miradas, tocamientos y otras acciones deshonestas; 2) las ocasiones que inducen a la impureza: malas compañías, entretenimientos muy libres y familiares entre personas de diferente sexo, bailes lascivos, modas indecentes, cuadros, estatuas obscenas, espectáculos, canciones; periódicos, folletines, libros, romances licenciosos y fútiles, etc.

El noveno prohíbe los pecados interiores, es decir, los pensamientos y los deseos contrarios a la pureza. Todo pecado de impureza es mortal desde que hay en él pleno consentimiento. Las consecuencias de la impureza son: las recaídas, los malos hábitos, los sacrilegios causados por la vergüenza de confesar este vicio, los escándalos y una multitud de otros pecados, como la incredulidad, el endurecimiento y la impenitencia final.

El impúdico es castigado muchas veces en esta vida con la pérdida de su honor, de sus bienes, de su salud y con muerte prematura; después de la muerte, con el fuego eterno. A este pecado, dice San Alfonso de Ligorio, deben atribuir su condenación la mayor parte de los réprobos.
(cf. F. X. Schouppe S.J., Curso abreviado de religión, París-México, 1906, pp. 399-400)

El sexto mandamiento nos prohíbe toda acción, toda mirada, toda conversación contraria a la castidad, y la infidelidad en el matrimonio.

El noveno mandamiento prohíbe expresamente todo deseo contrario a la fidelidad que los cónyuges se han jurado al contraer matrimonio, y asimismo prohíbe todo pensamiento o deseo culpable de acciones prohibidas en el sexto mandamiento.

La impureza es un pecado gravísimo y abominable delante de Dios y de los hombres; rebaja al hombre a la condición de los brutos, le arrastra a otros muchos pecados y vicios, y acarrea los más terribles castigos en esta vida y en la otra.

Los pensamientos que nos vienen a la mente contra la pureza, por sí mismos no son pecados, sino tentaciones e incentivos de pecado.

Los malos pensamientos, aunque sean ineficaces, son pecado cuando culpablemente damos motivo a tenerlos, consentimos o nos exponemos a peligro próximo de consentir en ellos.

El sexto mandamiento nos ordena ser castos y modestos en las acciones, en las miradas, en nuestra conducta y en las palabras. El noveno mandamiento nos ordena que seamos castos y puros aun en lo interior, a saber: en la mente y en el corazón.

Para guardar el sexto y noveno mandamientos hemos de orar con frecuencia y de corazón a Dios, ser devotos de la Santísima Virgen María, Madre de pureza, acordarnos de que Dios nos ve, pensar en la muerte, en los divinos castigos, en la Pasión de Jesucristo, refrenar nuestros sentidos, practicar la mortificación y recibir a menudo y con las debidas disposiciones los santos sacramentos.

Para conservarnos castos debemos huir del ocio, las malas compañías, la lectura de libros y diarios malos, la intemperancia, el mirar estampas indecentes, los espectáculos licenciosos, las conversaciones peligrosas y todas las demás ocasiones de pecar.


* Catecismo Mayor de San Pío X, Editorial Magisterio Español, Vitoria, 1973, pp. 59-60.
  

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