San Cirilo de Jerusalén
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San Gregorio de Nisa fue designado por el Concilio de Antioquía para auxiliar a San Cirilo en la reforma de la diócesis de Jerusalén |
Un desafío a Dios: intento de reconstrucción del Templo
El nuevo Emperador –que era enemigo secreto de los cristianos– comenzó a favorecer de todos los modos el renacer del paganismo. Juzgaba que, siendo los mártires semillas de cristianos, no debería emplear las persecuciones sino una verdadera revolución pacífica contra el Cristianismo.
Pues bien, una de las profecías de Nuestro Señor que se había cumplido con la más inexorable exactitud fue la de la ruina del Templo de Jerusalén y la consecuente dispersión del antiguo pueblo electo. Anular y desmentir tal profecía serían un gran golpe asestado a los cristianos. Ese era el objetivo de Juliano. Para ello, en primer lugar atrajo a la Ciudad Santa a todos los judíos que pudo, prometiéndoles completa libertad e incentivándolos a reconstruir el Templo. Puso el tesoro imperial a su disposición, así como obreros y todo lo que fuera necesario.
Los hebreos, exultantes, acudieron a Jerusalén. Todos querían ayudar no sólo donando dinero, sino joyas y bienes. Y hasta mujeres bien acomodadas fueron a remover escombros y cargar piedra para la obra.
Para comenzar la construcción del nuevo Templo fue necesario sacar los cimientos que quedaban del anterior. San Cirilo se mantenía impávido, convencido de que prevalecerían las palabras de Nuestro Señor. Mostró a los judíos que, a pesar de las condiciones más favorables posibles, ellos estaban ayudando al cumplimiento de la profecía, haciendo desaparecer hasta los vestigios del Templo primitivo al quitar lo que restaba de sus cimientos.
Pero la Providencia se manifestó de modo más categórico. Un escritor insospechado, porque era pagano, contemporáneo de los acontecimientos, Amiano Marcelino, narra: “Mientras el conde Alipio, asistente del gobernador de la provincia, aceleraba vivamente los trabajos, asombrosos remolinos de llamas salían de los lugares contiguos a los cimientos, quemaban a los trabajadores y tornaban el lugar inaccesible. Al fin, la continua persistencia de aquel elemento con una especie de tenacidad en rechazar a los obreros, hizo que la empresa fuese abandonada” 4. Prácticamente la misma cosa es narrada por San Gregorio Nacianceno, igualmente contemporáneo de los hechos, los cuales a su vez son también confirmados por otros escritores de la época, tanto cristianos como paganos y judíos.
Fortaleza heroica en las persecuciones
Juliano el Apóstata prometió vengarse de Cirilo cuando volviese de la guerra en Persia, pero fue llamado antes al Tribunal de Dios donde prestó cuentas de su impiedad.
Mientras tanto, el Emperador Valente, también favorecedor del arrianismo, volvió a exilar al Santo el año 367. Durante once años Cirilo predicó de monasterio en monasterio, de diócesis en diócesis, hasta que al llegar al trono el Emperador Graciano, ordenó que fuesen restituidas sus diócesis a todos los pastores en comunión con el Papa San Dámaso. Así, el año 378 Cirilo volvió a la Ciudad Santa para no salir más.
Pero su trabajo no fue fácil, pues su diócesis después de once años en manos de los herejes se encontraba en estado de calamidad espiritual. Por eso el Concilio de Antioquía (379) designó a San Gregorio de Nisa para ayudarlo en la reforma de su rebaño.
Más adelante, en el Concilio de Constantinopla (381), San Cirilo de Jerusalén estampó su firma en la condenación de los semi-arrianos y de los macedonianos 5.
Combatiente en pro de la Fe
Hasta el fin los enemigos del Santo quisieron denigrar su figura –y sobre todo su ortodoxia–, así como la legitimidad de su elección episcopal. Y fue para él una honra y una gloria que el Segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla, en el 382, haya dicho de: “Este obispo, bien amado de Dios, fue ordenado canónicamente por los obispos de su provincia, y combatió por la fe en diversas ocasiones” 6.
Al fin, después de haber “combatido el buen combate y recorrido la carrera entera”, como dice San Pablo, este heroico prelado y Doctor de la Iglesia rindió a Dios plácidamente su espíritu el año 386, a la edad de 70 años.
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Histórica puerta de Damasco en las antiguas murallas de Jerusalén |
Notas.-
1. La herejía arriana, que asoló a la Iglesia en el siglo IV, tuvo como autor al heresiarca Arrio, eclesiástico de Alejandría (Egipto). Negaba la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y fue condenada por el Concilio de Nices (325). 2.Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, par Mgr. Paul Guérin, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. III, p. 486. 3. Id., ib. 4.Amm. Marcell, 1. II, c. 1, apud, Les Petits Bollandistes, op. cit., pp. 488-489. 5. La herejía del Macedonianismo (s. IV) consistía en negar la divinidad del Espíritu Santo, considerándolo la primera criatura del Hijo o Verbo. 6.Les Petits Bollandistes, op. cit., p. 486.
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