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Número 85
Enero de 2009

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Informativo N° 14

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¿Por qué Dios permite las catástrofes de la naturaleza?

El falso dilema de Epicuro cae por tierra

Como se ve, por su poder y por su bondad, Dios creó para el hombre las mejores condiciones para su vida en esta tierra. “Los creó a su imagen y semejanza”. Fue el hombre que, rebelándose contra Dios, abusando de la gran prerrogativa de la libertad, como castigo perdió la inmunidad de la muerte y la preservación de los demás su frimientos, que caracterizan la vida del hombre después del pecado original. Así se deshace el falso dilema de Epicuro, que veía en los males de esta tierra una ausencia del poder o bondad de Dios.

Banda de Aceh, en Sumatra, antes (arriba) y después
(abajo) del tsunami del 26 de diciembre del 2004

Es igualmente consecuencia del pecado original que la ciencia infusa de Adán se fue transmitiendo a sus descendientes de manera cada vez más diluida, perdiendo el hombre la capacidad de prevenirse adecuadamente también contra los desastres naturales. Por ocasión del tsunami en el Océano Índico, fue muy resaltado por los comentaristas el hecho de que, entre los afectados por el terremoto, ¡no se encontró el cuerpo de un sólo animal terrestre! Todos ellos presintieron la aproximación de las olas gigantes y se refugiaron a tiempo en lugares elevados. Hubo hasta el caso de la población de una de las islas afectadas que, notando la fuga de los animales, entendió que se aproximaba una catástrofe, y se refugió también ella en los lugares elevados... Se puede suponer que Adán estuviese dotado de esa capacidad premonitoria, o por lo menos habría sabido interpretar correctamente la señal emitida por los animales. Sin contar que, después del pecado original, la propia naturaleza dejó de ser dócil al hombre y a veces lo azota. En la Sagrada Escritura (Gén. 3, 17) Dios declara explícitamente: “Maldita sea la tierra por tu causa”, después de la maldición lanzada contra la serpiente (el demonio) y el ejemplar castigo –para no llamar maldición– aplicado a nuestros primeros padres y a su descendencia, que somos nosotros.

Por lo tanto, si en su sabiduría divina Dios no quiso eliminar de la tierra la posibilidad de las catástrofes naturales –hay científicos que sostienen que ellas tienen su papel en la renovación de la atmósfera y en las condiciones de habitabilidad de la costra terrestre, e inclusive de la propia existencia de la vida sobre la tierra– dotó incluso a los animales de sensores para escapar a tiempo de sus consecuencias desastrosas. Cuánto más no hizo Dios por el hombre, concediéndole a Adán el don de la ciencia infusa. Es una blasfemia, pues, culpar a Dios por el hecho de que los hombres sean inertes ante señales que los mismos animales irracionales saben interpretar.

Nótese que no tratamos de un punto crucial en lo que se refiere al tsunami: ¿habrá sido él un castigo de Dios por los pecados de los hombres? Por ejemplo, ¿cuántos niños indefensos son asesinados anualmente en el vientre materno, por padres, médicos y enfermeros perversos *?

¿Qué es un tsunami frente a tales cifras y crímenes? ¿Será un prenuncio de nuevas catástrofes? Tales consideraciones nos llevarían muy lejos, y no se refieren propiamente a las cuestiones levantadas por el lector.

Mucho aún tendríamos que decir sobre las tres preguntas formuladas. Nos limitamos a constatar que ellas abstraen de conceptos que antiguamente se enseñaban en las clases de catecismo, pero que hoy parecen tener caído en el olvido general, principalmente la noción del pecado original, sin la cual la miseria de la condición humana en esta tierra se vuelve inexplicable.

Invitamos al lector a releer las preguntas presentadas a la luz de estas explicaciones, y verificar por sí mismo cómo tales cuestiones falsean la noción de un Dios sabio, omnipotente e infinitamente bueno, que desea la salvación de los hombres, mediante hasta el holocausto de su propio Hijo Unigénito Jesucristo, en el Calvario, y que para ellos preparó una vida de eterna felicidad. Desde que mantengan, claro está, su vida fuera de la senda del pecado y en la observancia amorosa de los Mandamientos de la Ley de Dios y demás enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, venido a esta tierra por la mediación de María.

* El Comercio del 7-01-2005 habla de 300,000 abortos al año en el Perú.


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