Nuestra Señora de la Salud de Vailankanni
Un rayo de esperanza en medio del caos 1
Así llegamos al 26 de diciembre del 2004, cuando un terrorífico tsunami sembró la destrucción a lo largo de extensas zonas costeras del Asia meridional. La pequeña ciudad de Vailankanni no se salvó de la catástrofe. Pero en el momento en que el oleaje se abatía sobre la costa, una Misa tenía lugar en el santuario con la asistencia de unos dos mil peregrinos. Y, aunque el tsunami arrasó la localidad por completo, matando a cientos de personas, las aguas mortales no entraron en la iglesia, y todos los presentes se salvaron.
Según la BBC, el santuario fue el único edificio que escapó a la devastación 2. Pero quizás el hecho más significativo y extraordinario es que otras construcciones más alejadas de la orilla y al mismo nivel del mar que el santuario, fueron destruidas, mientras que la basílica fue preservada y los fieles que se encontraban en su interior ni siquiera fueron salpicados por las gigantescas y trastornadas olas.
Los encargados del santuario no dudaron en calificar el acontecimiento como milagroso. Esta opinión es compartida por Sebastián Kannappilly, un comerciante del vecino estado de Kerala que asistía junto con su familia a la Misa, quien subrayó: “Fue un milagro que el agua no entrara en la iglesia”. Su chofer, que lo aguardaba fuera del templo, pereció 3.
Una lección que aprender
En medio de toda la devastación causada por esta calamidad, muchos se han preguntado cómo Dios puede permitir que suceda tal cosa. Desde cierta perspectiva, los acontecimientos de Vailankanni pueden ayudar a responder esta pregunta, sobre todo porque refuerzan dos verdades muy importantes.
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El santuario de Nuestra Señora de la Salud de Vailankanni, llamado el «Lourdes del Oriente». |
Primero, demuestran que Dios lo controla todo. Para Dios, es tan fácil salvar una iglesia repleta de peregrinos como salvar una nación entera, o hasta muchas naciones. Su plan divino otorga a cada cual lo que su Misericordia y su Justicia piden.
En verdad, cada acontecimiento que ocurre se ajusta al plan de Dios, el cual considera toda la historia en la perspectiva de la eternidad. La vida humana no es más que la puerta de entrada a esa eternidad. Los hombres, dotados de una voluntad libre, podrán aceptar o rechazar que la gracia y la bondad divinas influencien este plan, pero Dios siempre mantendrá el control de las cosas. Como no somos capaces de ver las infinitas complejidades de este plan desde su perspectiva, tropezamos a menudo con lo que nos parece incomprensible.
En segundo lugar, prueba que Dios es misericordioso. Quiere que los hombres entiendan esa Misericordia y así a veces Él la demuestra de una manera espectacular, como lo hizo en Vailankanni.
Si, en nuestra limitada óptica, somos incapaces de comprender su misericordia en un hecho en el que perecieron tantas personas, debemos primero bajar nuestras cabezas con humildad y después levantarlas con confianza y creer en adoración a su Sabiduría infinita, la cual eclipsa nuestra comprensión.
A quienes sufren la devastación calamitosa causada por el tsunami, les ofrecemos nuestras esperanzadas oraciones a Nuestra Señora de la Salud. A Dios le ofrecemos nuestra humilde y confidente adoración.
Y para nosotros peruanos
¡Cuánta gracia, cuánta bendición descubrimos pues en el relato de las apariciones de Nuestra Señora de Vailankanni! Cuánta similitud podemos encontrar con hechos ocurridos en el naciente Perú, en aquella misma época, con tantas advocaciones de la Santísima Virgen con que la Providencia ha querido agraciar a nuestro país. La analogía es tanto más viva si recordamos el año de 1746, cuando un violento tsunami azotó al Callao y cobró más de cinco mil víctimas en su mortal carrera, sucumbiendo el fenómeno plácidamente a los pies de Nuestra Señora del Carmen de la Legua, en lo que ahora es la Av. Faucett, a corta distancia de Lima.
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Altar Mayor de la Basílica; al centro, la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Vailankanni. |
Y cuando hechos como éste los relacionamos con el Mensaje de Fátima, nos preguntamos qué pueden haber sido las ofensas a Dios practicadas en el siglo XVIII si las comparamos con los pecados colectivos de este comienzo del siglo XXI. Pensemos apenas en el llamado “turismo sexual” que se practica precisamente en la región devastada por el tsunami, en la marcha galopante hacia el nudismo, en la inmoralidad desenfrenada que pretende ahogar a la más tierna juventud, los vicios y malas costumbres que corroen a nuestra civilizada sociedad: ¿no deben estos tsunamis morales sacudir mucho más nuestra febril indiferencia con relación a los pecados que a diario y en cantidades abrumadoras ofenden gravemente a Dios?
Volvamos nuestras miradas a Nuestra Señora, a nuestra Madre de la Salud, y pidámosle también a Ella el perdón de nuestros pecados, la salud para nuestras almas, las fuerzas para una conversión verdadera y definitiva, como lo pidiera en Fátima.
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Misioneros católicos en la mira de los fundamentalistas |
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A la devastación causada por el tsunami se suma ahora una nueva amenaza para los sobrevivientes: el fundamentalismo islámico, que busca intimidar a los misioneros católicos participantes de las tareas de ayuda y reconstrucción.
Por ejemplo el sacerdote australiano P. Chris Riley, de la organización Youth off the Streets (Niños Fuera de la Calle) coordina ayuda a las víctimas en una de las zonas más golpeadas por la tragedia, la provincia de Aceh, Indonesia. El 11 de enero él fue acusado por el llamado "Frente de Defensa Islámico" de querer convertir al cristianismo a los niños musulmanes que quedaron huérfanos.
Al día siguiente otro sacerdote, el P. Bruno Rossi, italiano radicado en Tailandia, fue también acusado por la página web Islamemos, vinculada a al-Qaeda, de instrumentalizar la ayuda con fines de proselitismo religioso. Esos islamitas le imputan haber viajado a la zona afectada para «convertir al cristianismo a los pescadores que la habitan», y extienden la acusación a «las organizaciones misioneras que con una mano ofrecen alimento y medicinas, y con la otra entregan crucifijos». Añaden que los jefes musulmanes de la región advirtieron a dichas organizaciones que no se aprovechen del terremoto para evangelizar, como las acusan de haberlo hecho en Aceh al «ofrecer casa y protección a los huérfanos». Se trata de una velada alusión al P. Riley; pero el sacerdote se apresuró a emitir un desmentido afirmando que su organización –que no tiene carácter confesional– sólo busca dar ayuda humanitaria a los 35 mil huérfanos de esa provincia.
De esta forma el fanatismo ideológico-religioso de los grupos integristas islámicos puede constituir un serio obstáculo a la ayuda occidental. Y como ésta se inspira, en buena medida, en vagos principios filantrópicos de origen laicista, estamos ante una contraposición de dos modos de ver y afrontar la realidad. Mientras los extremistas musulmanes con frecuencia buscan capitalizar ayudas de Occidente para sus propios intereses religiosos y políticos, muchos católicos ya no se consideran obligados a ofrecer al prójimo el socorro espiritual del que tanto necesita. Cómo les haría bien recordar la exclamación de San Pablo: ¡Ay de mí si no evangelizare! (Cf. 1 Cor. 9, 16). |
Notas.-
1. http://www.db.avvenire.it/avvenire/edizione_2005_01_02/dossier.html 2. http://news.bbc.co.uk/1/hi/world/south_asia/4130129.stm 3. http://www.catholicnews.com/data/stories/cns/0407107.htm
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