San Jerónimo Fortaleza de la Cristiandad frente a la herejía
Padre de la Iglesia Latina y autor de la Vulgata, traducción oficial en lengua latina de la Sagrada Escritura
En una época muy conturbada para la Iglesia –como fue el final del siglo IV y la primera mitad del siglo V– surgieron simultáneamente en la Cristiandad grandes luceros de santidad y ciencia, tanto en el Oriente como en Occidente: San Hilario, Obispo de Poitiers, San Ambrosio, de Milán, y el Águila de Hipona, San Agustín. Junto a San Jerónimo –cuya fiesta conmemoramos el día 30 de setiembre– forman ellos el ilustre grupo de los llamados Padres de la Iglesia latina de aquella época.
La vida de San Jerónimo es tan extraordinaria, que se vuelve imposible resumirla en pocas páginas. De él afirmó el admirable jesuita, el padre Pedro de Ribadeneira, discípulo y biógrafo de San Ignacio de Loyola: “Fue noble, rico, de gran ingenio, elocuentísimo; sapientísimo en las lenguas y ciencias humanas y divinas; en la vida, espejo de penitencia y santidad; luz de la Iglesia y singular intérprete de la divina Escritura, martillo de los herejes, amparo de los católicos, maestro de todos los estados y condiciones de vida y lucero del mundo” 1.
Nació Jerónimo en los confines de la Dalmacia y la Panonia (en la actual Hungría), de padres cristianos, nobles y opulentos. Dotado de precoces aptitudes para el estudio, su padre lo envió aún siendo adolescente a Roma, entonces la capital del mundo civilizado.
En la Ciudad Eterna, Jerónimo se dedicó al estudio de la gramática, de la retórica y de la filosofía. Tal era su amor por los escritores clásicos, que formó para sí una rica biblioteca, copiando a mano los libros que no podía obtener.
Con dolor, reconocería después, que en su inexperiencia se hizo víctima del ambiente mundano de la grande y decadente metrópoli, extraviándose del buen camino. Sin embargo, al mismo tiempo, declara que su pasatiempo de domingo consistía en visitar las tumbas y las reliquias de los mártires, además de ser catecúmeno, pues en aquella época la persona recibía el santo bautismo a edad adulta.
Tentaciones diabólicas y consolaciones celestiales
Después de ser bautizado, Jerónimo, con Bonoso su hermano de leche, emprendió un viaje de estudios a las Galias. En Tréveris, donde había una de las academias más doctas de Occidente, decidió entregarse por completo al servicio de Dios. Continuó mientras tanto su viaje de estudios por Grecia y por ciudades del Medio Oriente, deteniéndose en una región desértica cerca de Antioquia, donde vivió algunos años en soledad.
Aprovechó entonces para aprender el hebreo con un judío converso, a fin de poder estudiar las Sagradas Escrituras en su original. En una de sus cartas afirma lo siguiente: “Las fatigas que esto me causó y los esfuerzos que me costaron, sólo Dios lo sabe. Cuántas veces me desanimé y cuántas volví atrás y comencé de nuevo por el deseo de saber; yo lo sé porque pasé por ello, y lo saben también los que vivían en mi compañía. Ahora le doy gracias al Señor, pues recojo los sabrosos frutos de las raíces amargas de los estudios” 2.
Dios permitió que el demonio lo asaltase constantemente con tentaciones de la carne; y, para combatirlas, Jerónimo dilaceraba su cuerpo y se entregaba a ayunos que duraban a veces semanas enteras. Pero, en medio de las tentaciones, tenía también consolaciones inefables: “Pero de esto el Señor es testigo: después de llorar mucho y contemplar el cielo, a veces me sucedía el ser introducido en el coro de los ángeles. Loco de alegría, entonces cantaba: ¡Oh soledad, soledad embelesada por las flores de Cristo! Oh soledad que más familiarmente gozas de Dios” 3.
Juicio de Dios anticipado y amor a las Escrituras
Cuatro años después partió a Jerusalén, a fin de venerar los lugares santificados por la presencia del Salvador y perfeccionarse en la lengua hebraica. San Dámaso, Papa, lo consultaba constantemente a respecto de pasajes difíciles de los Libros Sagrados. Pero no se piense que para el santo exegeta era de agrado su lectura. Porque acostumbrado a la elocuencia y elegancia de estilo de los clásicos latinos y griegos, sentía mucha aridez en la lectura de la Biblia, cuyo texto juzgaba demasiado simple y desprovisto de ornato. Fue necesario que el mismo Dios lo castigase por ello, como él mismo lo narra en una carta a su discípula Santa Eustaquia: debido a sus austeridades llegó a tan extrema debilidad, que sus discípulos juzgaban que en cualquier momento fuese a exhalar el último suspiro. Fue entonces arrebatado en espíritu y se vio ante el Juicio de Dios. Cristo Jesús, que lo presidía, le preguntó sobre su condición y fe. “Soy cristiano”, respondió Jerónimo. “Mientes –le replicó el Juez– pues no eres cristiano, sino ciceroniano”. Y mandó azotar violentamente al reo que sólo atinaba a implorar perdón. Finalmente, algunos que estaban asistiendo al juicio unieron sus voces a la del infeliz pidiendo clemencia, pues aún era joven y se corregiría del error. Jerónimo juró enmendarse y con ello fue dejado libre, regresando del arrebato muy compungido. Durante mucho tiempo llevó en sus espaldas las señales de los azotes. “Desde aquella hora yo me entregué con tanta diligencia y atención a leer las cosas divinas, como jamás lo había tenido con las humanas” 4, concluye el Santo.
|