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Número 85
Enero de 2009

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San Jerónimo

Dios permitió que el demonio
asaltase a San Jerónimo
constantemente, pero lo agració
también con favores inefables.
Anónimo, s. XIX, Convento
de Santo Domingo, Lima.

Luz de la Iglesia

A la edad de 30 años, recibió en Antioquia la ordenación sacerdotal, bajo la condición de no quedar sujeto a ninguna diócesis y continuar siendo monje como antes.

Se dirigió después a Constantinopla para ver y oír a San Gregorio Nacianceno, conocido por su erudición como el Teólogo. Ahí permaneció tres años, trabando amistad también con las grandes luminarias de la Iglesia en Oriente, San Basilio y su hermano San Gregorio de Niza.

Las herejías abundaban principalmente en Oriente y tal era la confusión que el emperador Teodosio y el Papa San Dámaso resolvieron convocar a un sínodo en Roma. San Jerónimo fue invitado a participar de él y escogido para desempeñar la función de secretario, en lugar de San Ambrosio que había enfermado.

Terminado el sínodo, San Dámaso retuvo a San Jerónimo como su secretario, dándole la orden de revisar el texto latino de la Sagrada Escritura, comparándolo con el original hebreo. Esta tarea vendría a dar en la traducción conocida como Vulgata (del latín vulgare, que significa uso común). Fue encargado también por el Pontífice “de responder a todas las cuestiones que se refiriesen a la religión, de esclarecer las dificultades de las Iglesias particulares [diócesis], de las asambleas sinodales, de prescribir a aquellos que volvieron de las herejías lo que éstos deberían creer o no, y de establecer para ello reglas y fórmulas” 5. Clemente VIII afirmó que San Jerónimo fue asistido por el Espíritu Santo en la traducción que emprendió de la Biblia. Tal traducción substituyó a todas las otras que había hasta entonces, tornándose la traducción oficial de la Iglesia.

Mientras vivió San Dámaso, Jerónimo permaneció en Roma. “Todos acudían a él, y cada cual procuraba ganarse su simpatía: unos alababan su santidad, otros la doctrina, otros su dulzura y trato suave y benigno, y finalmente todos tenían puestos los ojos en él como en un espejo de toda virtud, de penitencia, y oráculo de sabiduría” 6.

Un grupo de matronas y vírgenes romanas de la más alta aristocracia se puso bajo su dirección espiritual, entre ellas Santa Paula y sus hijas Paulina, Eustaquia, Blesilla y Rufina; Santa Marcela, Albina, Asela, Leta y otras. Fundó para ellas un convento en Roma. Convirtió y atrajo también a algunos varones, para quienes fundó un monasterio.

En aquella época combatió a varios herejes, como a Helvidio y Joviniano.

La tierra donde nació el Salvador

El año 384 falleció San Dámaso, y los enemigos de San Jerónimo iniciaron una campaña de difamación que hizo con que el Santo dejase definitivamente Roma y regresase a Tierra Santa, estableciéndose en Belén. Lo siguieron Santa Paula y su hija Eudoxia. Con el rico patrimonio del que disponían, fundaron bajo la dirección del Santo un monasterio masculino y otro femenino, éste dirigido por Santa Paula.

Los 34 años que San Jerónimo vivió en Belén, los pasó escribiendo obras notables, combatiendo a los herejes y dirigiendo a numerosas almas por correspondencia.

Por un mal entendido, hubo un inicio de polémica entre los dos grandes Doctores de la Iglesia, San Agustín y San Jerónimo. Pero, puestas las cosas en su lugar, los unió una amistad llena de respeto. San Jerónimo decía que San Agustín era “su hijo en edad, y su padre en dignidad”, una vez que era obispo. Por su parte, el obispo de Hipona le escribió lo siguiente: “Leí dos escritos vuestros que me cayeron en las manos, y los encontré tan ricos y plenos que no querría, para aprovechar en mis estudios, sino poder estar siempre a vuestro lado” 7.

Baluarte de la Cristiandad perseguida

Sin embargo, los bárbaros comenzaron sus grandes invasiones. El 395, los feroces hunos, venidos por Armenia, esparcieron el terror en el Oriente, llegando hasta Egipto. El 411, Alarico, rey de los godos, destruyó varias ciudades de Grecia y saqueó Roma. Muchas familias huyeron hacia Tierra Santa y fueron socorridas por Jerónimo y Paula. “Belén –escribe el primero– ve todos los días mendigar en sus puertas a los más ilustres personajes de Roma. ¡En fin! No podemos socorrer a todos; les damos por lo menos nuestras lágrimas, lloramos juntos” 8.

Todos se sorprenden por el hecho de que San Jerónimo, tan enfermo que tenía que dictar sus obras, pudiese producir tanto en tan poco tiempo. En tres días tradujo los libros de Salomón, y en uno sólo vertió al latín el libro de Tobías que estaba escrito en caldeo. En quince días dictó los comentarios sobre San Mateo. Al mismo tiempo, escribía apologías del Cristianismo contra los errores de los herejes del tiempo y la refutación meticulosa de sus doctrinas.

“¿Qué Doctor de la Iglesia hay que trate las cosas sagradas con tan gran majestad, las llanas con tanta erudición, las ásperas con tanta elocuencia, las obscuras con tanta luz, que así se sirva de todas las ciencias, divinas y humanas, para explicar y poner a nuestros ojos los misterios de nuestra santísima religión?” 9, pregunta un autor.

El empeño insuperable de San Jerónimo en la traducción de las Escrituras fue por él mismo así descrito: “Cumplo mi deber, obedeciendo a los preceptos de Cristo que dijo: Examinad las Escrituras y procurad y encontraréis para que no tengáis que oír lo que dijo a los judíos: Estáis equivocados, porque no conocéis las Escrituras ni el poder de Dios. Si de hecho como dice el apóstol San Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, aquel que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría. Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo” 10.

San Jerónimo falleció el día 30 de septiembre del año 420, muy avanzado en edad y virtud. El mismo día, se le aparecía a San Agustín y le descubría el estado de las almas bienaventuradas en el Cielo.

Notas.-

1. Dr. Eduardo María Vilarrasa, La Leyenda de Oro, L. González y Cía., Barcelona, 1897, tomo III, p. 640.
2. R. P. José Leite, Santos de Cada Día, Editorial Apostolado de la Oración, Braga, 1987, vol. III, p. 104.
3. Id., p. 105.
4. R. P. Pedro de Ribadeneira  S. J., in La Leyenda de Oro, op. cit., p. 644.
5. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, par Mgr. Paul Guérin, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, tomo XI, p. 565.
6. R. P. Ribadeneira, op. cit. p. 645.
7. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives S.A., Zaragoza, 1955, tomo V, p. 307.
8. Les Petits Bollandistes, op. cit. p. 575.
9. R. P. Ribadeneira, op. cit. p. 644.
10. R. P. José Leite, op. cit., p. 106.


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