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Número 85
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María y la vida pública de Jesús

PREGUNTA

Quisiera saber lo siguiente: ¿por qué Jesucristo hizo su obra de salvación sin la presencia de María, y en el Evangelio no cita el nombre de su madre? Incluso cuando los discípulos le informan que su madre y sus hermanos están afuera, Jesús pregunta: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”, no dándole importancia a María.

También en la Biblia no hay un relato sobre los poderes de María (ni en los profetas, ni en los apóstoles, ni en el Apocalipsis), y Dios dijo que no se puede añadir ni quitar una sola palabra de la Biblia, pues todo lo que Dios tenía que hacer y decir está relatado solamente en la Biblia.

En fin, ¿por qué Dios y Jesús dejan en claro que no existe ningún intermediario entre los hombres y Dios, sino directamente Jesús y nadie más? Quedo siempre en duda si la Biblia está equivocada, o Dios se olvidó de incluir estas orientaciones, y si el plan original de salvación que Él hizo usando a Jesús, falló.

RESPUESTA

Una vez más encontramos, en esta pregunta, el principio de inspiración protestante –y hoy en día muy diseminado en ambientes católicos– de que “todo lo que Dios tenía que hacer y decir está relatado solamente en la Biblia”. Analizamos ampliamente esta errada premisa en La Palabra del Sacerdote del mes de agosto pasado, y a ella remitimos al lector.

La Biblia no es la única fuente de la Revelación, sino también lo es la Tradición. Y la seguridad del resguardo e interpretación de la Revelación se encuentra en el Magisterio de la Iglesia. Estos elementos constituyen el trípode en base al cual se formulan todas las verdades católicas. En suma, no todo lo que Jesús hizo y enseñó está en la Biblia –esto está muy claramente afirmado al final del Evangelio de San Juan (21, 25)– sino que es complementado por lo que consta de la Tradición, o sea, de la Predicación de los Apóstoles. Y tanto de una como de la otra es intérprete fiel e infalible la Santa Iglesia fundada por Jesucristo.

La Anunciación

“Envió Dios al ángel Gabriel a Nazaret,
ciudad de Galilea, a una virgen desposada
con cierto varón de la casa de David,
llamado José; y el nombre de la
virgen era María (Lc. 1, 26-27).

También el hecho de que los Evangelios no hayan registrado siquiera una mención directa de Nuestro Señor Jesucristo al nombre propio de su Madre Santísima, no significa que el nombre de Ella no aparezca ninguna vez en los Evangelios. En efecto, el nombre de María aparece diez veces en el Nuevo Testamento, siendo la primera, cronológicamente, en la descripción que San Lucas hace de la Anunciación: “Envió Dios al ángel Gabriel a Nazaret, ciudad de Galilea, a una virgen desposada con cierto varón de la casa de David, llamado José; y el nombre de la virgen era María (Lc. 1, 26-27).

Además, nada hay de extraño en que un hijo no llame a su madre por su nombre propio, pero lo haga, como todos lo hacemos, ¡simplemente por el dulcísimo nombre de madre! Razón más que natural para que Jesús se acomodase al uso general y tal hecho se haya reflejado en los relatos evangélicos. Que la haya llamado una u otra vez por el nombre genérico de Mujer, también ya fue objeto de una explicación en esta columna (cf. Tesoros de la Fe nº 5, mayo de 2002).

¿Menosprecio o elogio a su Madre Santísima?

Tampoco es exacto decir que, en el episodio en que los parientes de Jesús lo buscaban mientras Él estaba enseñando al pueblo (cf. Mt. 12, 46-50; Mc. 3, 31-35), el Divino Maestro habría dado poca o ninguna importancia a su Madre. Basta leer el relato evangélico correspondiente: “Pero Él, respondiendo al que se lo decía, replicó: ¿quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y mostrando con la mano a sus discípulos: Éstos, dijo, son mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mt. 12, 48-50).

Todos los intérpretes son unánimes en comentar que ese elogio hecho a “cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre” le cabía, en primer lugar y más que a nadie, a María Santísima, que entre todas las puras criaturas salidas de la mano del Altísimo fue la que más perfectamente cumplió la voluntad de Dios. Por lo tanto, el comentario de Jesús, lejos de ser un menosprecio de su Madre, fue un alto elogio hecho a Ella, que desde muy temprano se proclamó la “esclava del Señor” (Lc. 1, 38).


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