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Número 85
Enero de 2009

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Informativo N° 14

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¿Por qué la Iglesia Católica es la única verdadera?

PREGUNTA

Soy católica, pero últimamente he pensado en algunas cosas que desearía aclarar. Dicen que la Iglesia Católica surgió en el momento en que el Espíritu Santo bajó sobre los Apóstoles. Creo que ésta es una interpretación de la Iglesia Católica. Quisiera saber si hay una afirmación concreta en la que Jesús haya dicho que Ella es la verdadera y la única que salva. Basándose en textos bíblicos, naturalmente. Pues el mismo Jesucristo enseñó: Si dos o más personas se reúnen en mi nombre, yo estaré presente. No necesariamente en la Iglesia Católica, sino en cualquier buen lugar edificado en que se hable en su nombre.

Por este y otros pasajes, creo que la Iglesia Católica es la casa del Señor; pero no solamente Ella, y sí, como está en Efesios (2, 21), toda edificación bien trabada... Y si Pedro fue el primer Papa, Jesús dijo: Nadie venga al Padre a no ser por mí... No creo que sólo los Papas puedan leer la Biblia, pues ella se vende en todas partes y Dios la escribió para que creyésemos en Él.

Pues bien, éstas son mis dudas. Si Ud. me las puede aclarar, le quedaré muy agradecida.

RESPUESTA

Es interesante notar que mi interlocutora quiere una respuesta basada “en textos bíblicos, naturalmente”. Tratándose de una mujer católica, como lo afirma en su carta, se ve que ella está influenciada por la idea hoy muy difundida de que toda la Revelación hecha por Nuestro Señor Jesucristo está contenida sólo en la Biblia. Ahora bien, esto no corresponde a la realidad de los hechos. Dígase de paso, en ningún lugar de la Biblia está escrito que sólo en la Biblia está la palabra de Dios...

"Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mt. 16, 18). La Iglesia verdadera está edificada
sobre el Papado.

La Biblia: necesaria pero insuficiente

Más de una vez recordamos en esta columna que la orden de Jesucristo a sus discípulos fue: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a todas las criaturas” (Mc. 16, 15). La difusión de la Buena Nueva se dio, pues, primero por la predicación y sólo después los discípulos tuvieron a bien escribir las enseñanzas que habían oído de Jesucristo.

Y, al hacerlo, no tuvieron la preocupación de componer una obra absolutamente sistemática (académica, diríamos hoy). Lo hicieron inspirados por el Divino Espíritu Santo, pero movidos por la gracia al sabor de sus preferencias, resaltando los puntos  que más los habían impresionado. De ahí la variedad de estilos y contenidos de los escritos de los Apóstoles y discípulos, que se complementan los unos a los otros, presentando una visión unitaria y coherente de la doctrina del Divino Maestro, pero sin abarcar la totalidad de sus enseñanzas. El Evangelio de San Juan concluye precisamente con esta elocuente observación: la Tierra no podría contener los volúmenes que sería necesario escribir para trasmitir todas las enseñanzas y hechos de la vida de Cristo (cf. Jn. 21, 25).

De lo cual resulta que es preciso recurrir también a la predicación viva, que nunca se interrumpió en la Iglesia, y que constituye la teológicamente denominada Tradición. Biblia y Tradición forman las dos fuentes de la Revelación. Incluso muchos pasajes de la Biblia sólo pueden  ser comprendidos a cabalidad  a la luz de la Tradición.

No cabe, por lo tanto, restringir exclusivamente a la Sagrada Escritura las pruebas de las verdades de nuestra Fe. Muchas se encuentran en las citaciones bíblicas, pero otras nos llegan a través e la Tradición. Y al Magisterio de la Iglesia le incumbe guardar este precioso depósito de la Fe e interpretarlo sin error. En efecto, Jesucristo prometió después que subiese al Padre, enviar al Espíritu Santo sobre los Apóstoles, para guiar a la Iglesia en su caminata a lo largo de los siglos, de manera que su enseñanza no se deformase con el paso del tiempo. Es aquella asistencia del Espíritu Santo la que garantiza la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia.

Dicho esto, vamos a las dudas de nuestra lectora.


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