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Número 85
Enero de 2009

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¿Qué son los dogmas católicos?

La Buena Nueva evangélica

La misión de Nuestro Señor en cuanto Maestro era la de revelar las verdades fundamentales en que deberíamos creer y los caminos que deberíamos surcar para glorificar a Dios y alcanzar la vida eterna. Eso lo hizo a través de sus prédicas y de los ejemplos de su vida. Y dio orden a sus discípulos para que trasmitiesen esta Buena Nueva de la salvación a todas las gentes: “Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas: el que creyere y se bautizare se salvará; pero el que no creyere será condenado” (Mc. 16, 15-16), y estad seguros de que “Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mt. 28, 20).

Jesucristo sin embargo no escribió ningún libro. Una parte de sus enseñanzas quedó consignada en los cuatro Evangelios, en las epístolas escritas por los Apóstoles y en los demás libros del Nuevo Testamento. No todo, empero, fue escrito. San Juan lo dice expresamente al final de su Evangelio: “Muchas otras cosas hay que hizo Jesús, que si se escribieran una por una, me parece que no cabrían en el mundo los libros que se habrían de escribir”(Jn. 21, 25).

Así, las verdades que debemos creer en orden a nuestra salvación están en parte en los Evangelios y demás escritos de los Apóstoles y discípulos –que constituyen el Nuevo Testamento– y otra parte nos es trasmitida por la predicación continua de la Iglesia, desde los Apóstoles hasta nuestros días, lo que constituye la llamada Tradición. Sagrada Escritura y Tradición son las dos fuentes que contienen las verdades de nuestra fe.

Cuadro conmemorativo de la
proclamación del Dogma de
la Inmaculada Concepción (1854)

Dogmas de fe y verdades de fe

Es en estas dos fuentes que los teólogos de buena ley, guiados por el Magisterio Pontificio, toman los elementos para su elaboración teológica, buscando explicitar las verdades de nuestra Fe. Bajo la inspiración del Divino Espíritu Santo y la mirada vigilante de la Iglesia –que Jesucristo instituyó como guardiana e intérprete infalible del depositum fidei (Escritura + Tradición)– los teólogos van haciendo avanzar poco a poco nuestro conocimiento de las verdades de la fe. Ese camino no siempre es fácil ni rectilíneo, sino muchas veces laborioso y complejo, sujeto a muchas perplejidades y aparentes contradicciones. Cuando, sin embargo, una verdad llega a un grado suficiente de claridad y nitidez a los ojos de los teólogos y de toda la Iglesia, esta puede, a través del Magisterio infalible, a quien cabe la última palabra, proclamarla como dogma de fe como lo hizo el Beato Pío IX proclamando el Dogma de la Inmaculada Concepción. Es entonces una luz que pasa a brillar, sin nubes para encubrirla, y un gozo para toda la Iglesia. Se extingue una incertidumbre, una debilidad del espíritu humano encuentra finalmente amparo y con ello se termina la discusión, en los términos de la definición dogmática (que no excluye el proseguimiento de la investigación teológica sobre los aspectos no definidos, como arriba explicamos).

Hay otras verdades que aún no fueron definidas como dogmas, pero que ya alcanzaron un tal grado de unanimidad entre los teólogos, y sobre todo una tal continuidad y firmeza en el Magisterio de la Iglesia, a lo largo de un periodo de tiempo considerable, que negarlas constituiría verdadera temeridad por parte del fiel común. Son lo que se llama verdades de fe.

Verdades próximas de fe e hipótesis teológicas

Debajo de estas últimas, están las verdades próximas de fe; es decir, hay un consenso muy grande aunque no absoluto entre los teólogos, de modo que un católico normalmente deberá seguir la sentencia común. Sin embargo, si él fuera suficientemente instruido y tuviera razones de peso para ello, podrá optar por la tesis de la corriente minoritaria, con tal que lo haga con el debido respeto a la autoridad de la Iglesia y sin escándalo para los fieles. Y siempre dispuesto a seguir el juicio infalible de la Iglesia, cuando Ella así se pronuncie.

Y de ese modo, sucesivamente, hay una graduación de verdades que van descendiendo hasta las simples hipótesis teológicas, para las cuales los teólogos no encuentran en la Sagrada Escritura ni en la Tradición elementos suficientes para afirmarlas o negarlas perentoriamente. Por ejemplo, la hipótesis de que la manzana de la discordia que llevó a la rebelión de los ángeles malos fue la revelación que Dios les habría hecho de la Encarnación del Verbo, es decir, de la unión hipostática de Dios con la naturaleza humana. De ahí el grito rebelde de Lucifer “non serviam” (Jer. 2, 20), de que no serviría al Verbo de Dios encarnado, y en consecuencia a su Madre Santísima. Contra él se levantó San Miguel, exclamando “Quis ut Deus?” (¿Quién como Dios? – significado del nombre hebreo Miguel), capitaneando así a los ángeles buenos, que permanecieron fieles a Dios. Como se ve, una hipótesis lindísima, pero para la cual los elementos ofrecidos por la Escritura y por la Tradición no parecen suficientes para llegar a una afirmación, al menos en el actual estado de los estudios.

* * *

Este proceso de explicitar las verdades de fe, siempre guiado por la Tradición y por el Magisterio, impulsa y alienta un mayor amor de Dios, a medida que más se lo conoce. Así, la razón profundísima, entre otras, por la cual el Divino Maestro no nos dejó un tratado académicamente completo de su doctrina, con un catálogo perfectamente definido de cuántos y cuáles son los dogmas de fe, es su intención de atraernos a Sí por el deseo amoroso de un conocimiento cada vez mayor de Él y de una unión siempre más ardiente con Él.


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