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Número 83
Noviembre de 2008

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San Norberto

Fundador de los Premostratenses

San Norberto y San Agustín

San Agustín aparece a San Norberto y le
entrega una regla para sus seguidores,
escrita por él mismo.

Su conversión ocurrió de modo semejante a la de San Pablo. De muy noble estirpe, se transformó en un gran predicador popular, flagelo de herejías, reformador de costumbres y fundador de monasterios.

Plinio María Solimeo

Norberto nació en Santen (Alemania), en la margen izquierda del Rin, próximo a Colonia, el año 1080. Su padre, Eriberto, era conde de Gennep y estaba emparentado con la familia imperial; y su madre, Hadwige, pertenecía a la Casa de Lorena.

Sus padres lo encaminaron en la carrera eclesiástica, recibiendo las órdenes sagradas hasta el subdiaconado. Sin embargo, rico, agraciado, inteligente, no quería sino llevar una vida fácil, primero entre los pajes del Arzobispo de Colonia, después en la corte del Emperador alemán, Enrique IV.

Así, pasó alegre y superficialmente su juventud hasta  los 33 años. “Yo era entonces un ínclito ciudadano de Babilonia –declaró él mismo después de su conversión– esclavo del placer y prisionero de mis caprichos. Los terrores del infierno, la belleza de la virtud y la promesa  de la felicidad eterna me parecían cuentos de viejas, o fábulas como las de las mitologías antiguas. Sólo oía los aplausos de los que me rodeaban y que me lanzaban por caminos laboriosos y difíciles, andando siempre sin volver atrás, vago y fugitivo, desbarrancándome de cima en cima con una inconciencia que hoy me llena de terror”.

Caída del caballo y conversión, como San Pablo

Así continuó, hasta que sonó la hora de la Providencia. Y ésta llegó de la manera más inesperada. Viajaba un día a caballo acompañado por un paje, hacia una villa llamada Freten, en Westfalia, atravesando una bella pradera. El cielo, límpido y sereno, de repente se cubrió de espesas nubes negras y comenzó a desatarse una tempestad con rayos y truenos pavorosos. El paje, tal vez inspirado por una gracia divina, exclamó: “Señor, ¿a dónde vais? Retornad, señor, retornad, pues la mano de Dios esta seguramente contra vos”. Pero Norberto seguía adelante, cuando oyó una voz poderosa que le gritó de lo alto: “Norberto, Norberto, ¿por qué me persigues? ¡Yo te destiné a edificar mi Iglesia, y tu escandalizas a los fieles!”

Al mismo tiempo un rayo cayó a su lado, haciéndolo caer del caballo al suelo, donde permaneció inconsciente durante una hora. Volviendo en sí, aún asustado y considerando la vida que llevara durante tanto tiempo, fue tomado de arrepentimiento y preguntó como el Apóstol: “Señor, ¿qué queréis que yo haga? Oyó entonces la misma voz: “Deja el mal y haz el bien; busca la paz y síguela”. Esto sucedió en 1114.

San Norberto y el Papa Honorio II

San Norberto obtiene del Papa Honorio II
la aprobación de la Orden de
los Premostratenses.

El ejemplo de su vida convertía almas

Norberto se volvió otro hombre. Pasó a amar aquello que había despreciado y a despreciar aquello que había amado; se transformó en un rígido asceta, en un censor severo de cuanto había buscado y amado, en un predicador intransigente de la verdad.

Para entregarse con más facilidad a la prédica se ordenó sacerdote, vendió su castillo y sus pertenencias, distribuyó todo entre los pobres. Mientras tanto, visitaba frecuentemente al monje Conon, Abad de Seigberg, próximo a Colonia, de quien aprendió los rudimentos de la vida religiosa y los principios de la vida espiritual, de manera que pasó a recibir de buen corazón todo lo que le sucedía de importuno y a mortificar sus malas inclinaciones.

Norberto se transformó entonces en un predicador ambulante, yendo de aldea en aldea, de ciudad en ciudad, fustigando al vicio y predicando la virtud. Andaba descalzo en cualquier estación del año, incluso con nieve, vivía de limosnas, dormía en hospitales y monasterios.

En sus prédicas, no exoneraba ni siquiera a los canónigos relajados y a los clérigos mundanos, combatiendo la simonía, una de las plagas de la época. Su imponente presencia impresionaba; y cuando contaba su historia, conmovía. Su ejemplo era más eficaz que su palabra.Pero muchas veces fue víctima de agresiones y malos tratos por parte de pecadores empedernidos.


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