¿Por qué Dios no manda a sus ángeles y hace que toda la humanidad se convierta y lo acepte?
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Cartel oficial conmemorativo del Centenario de la muerte de Santa Teresita del Niño Jesús, ejemplo de inocente víctima expiatoria. |
El plan “B” de Dios
Para sacar al hombre de la situación de pecado en que se encontraba –expulsado del Paraíso Terrenal e imposibilitado de entrar en el Cielo– Dios estableció un plan “B”, que fue la Encarnación del Verbo y la Redención del género humano (No es el caso de entrar aquí en la magnífica hipótesis levantada por algunos teólogos, de que la Encarnación del Verbo se hubiese dado aun sin el pecado de Adán y Eva. Esta linda cuestión nos desviaría del rumbo de esta respuesta). De cualquier modo, el hecho que el Verbo de Dios se haya hecho hombre es una tal honra para el género humano, que ese plan “B” es en verdad un plan “A+A”, es decir, en cierto sentido superior al primero, pues nos devolvió la “participación en la naturaleza de Dios”.
Ahora bien, en la Redención, la gran Víctima inocente que se inmoló por nuestros pecados fue Nuestro Señor Jesucristo. Él es el Inocentísimo por excelencia, que se hizo víctima para salvarnos. Y su inmolación fue de un valor divinamente infinito, y superabundante para rescatar los pecados de toda la humanidad pasada, presente y futura. Esto no significa, sin embargo –como dice la consulta– que “no necesitamos sufrir, porque Él ya sufrió por nosotros”. Para que los méritos infinitos de Jesucristo crucificado sean aplicados a cada uno de nosotros individualmente, es indispensable que unamos nuestros sufrimientos a los suyos. De ahí que a cada uno de nosotros le cabe en esta vida su cuota de expiación y sufrimiento.
Pero aquí entra otro misterio de nuestra santa Religión: el de la Comunión de los Santos. Dios convoca a los justos para completar en su carne la cuota de reparación y sufrimientos que los otros no cubrieron. Por eso se dice que justos pagan por pecadores. Y es un honor que hagamos eso, pues estamos atendiendo el llamado de Dios en favor de nuestros hermanos, o sea, “amando al prójimo como a sí mismo”. En esta misteriosa substitución de los justos por los pecadores se vislumbra la explicación de las víctimas inocentes que Dios suscita en este mundo. El sufrimiento de tantos inocentes –a los cuales Dios muchas veces no revela el sentido de su sufrimiento– no es, empero, sin propósito a los ojos de Dios.
Pues si nosotros los humanos sentimos conmiseración por esas víctimas inocentes, la bondad y la conmiseración de Dios hacia ellas es infinitamente mayor que la nuestra. Y así, al permitir sufrimientos tan dilacerantes, saca de ellos mérito para la salvación de innumerables almas. No obstante, es preciso confesar que estamos realmente ante un misterio de Dios, que sólo en el Cielo entenderemos perfectamente.
Una palabra final sobre el valor de nuestras oraciones: es infaliblemente seguro que ninguna de nuestras oraciones bien hechas queda sin atención. Si Dios no nos da exactamente lo que pedimos, es porque nos concede una gracia aún mayor, que nos es más valiosa y necesaria. Dios en su sabiduría, ciencia y misericordia infinitas, sabe mejor que nosotros lo que redunda en nuestro mayor bien.
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