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Número 85
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Informativo N° 14

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Nuestra Señora de Caype

Encantador arco de acceso al atrio del templo

Una larga aventura para llegar a Ella

Pero no piense el lector que llegar a Caype en los días de hoy sea muy diferente de lo que era hace cuatro siglos. Primero debe pasarse por Abancay, lo cual ahora nos resulta más fácil por la nueva carretera que une a Nasca con el Cusco. Desde la capital de Apurímac debemos tomar de madrugada el último carro que sale en dirección a Lambrama. Después de recorrer unos 40 kilómetros por camino de tierra en plena noche serrana, llegamos al poblado de Suncho. Aquí debemos desembarcar, y la travesía sólo puede proseguir a pie... son las cinco de la mañana y la oscuridad es total, en una campiña completamente desierta, sin trazos de presencia humana. Del frío mejor no hablar.

Al lado del camino corre el río Lambrama, bullicioso y cristalino, flanqueado por dos montañas tan grandes que se pierden en las estrellas. El cielo, de un azul profundo, espléndidamente salpicado de innumerables estrellas que dan algo de claridad a la noche.

Hay que andar muy despacio, casi que a tientas, porque no se ve dónde se pisa; la claridad no es suficiente para iluminar la sombra que produce la frondosa vegetación de la base del cañón. El camino no tiene más de un metro de ancho, sumamente empinado de principio a fin y sin tregua alguna. Pasada una hora todavía reina la oscuridad, pero ya se distingue mejor el paisaje; es de una grandeza fabulosa como el tamaño de sus montañas. Bajo la bóveda del cielo estrellado, nos sentimos inmensamente pequeñitos. La vegetación quedó atrás, ya sólo se ven inmensos pajonales y escasos árboles. Después de dos horas de subida se llega a las primeras casas de típico adobe con techo de teja.

Dando la vuelta a la primera callecita se encuentra la plaza con su bellísima iglesia; no muy grande, toda de piedra y calicanto, rodeada de un cerco muy bien trabajado en la misma piedra tosca, con dos puertas en arco para el acceso al atrio. El primer arco de entrada, frente a la plaza; el segundo y más importante, con tres arcos más pequeños encima del primero, a manera de espadaña. La torre del campanario, muy bonita, con un remate de cornisas en ladrillo rojo, que contrastan agradablemente con la piedra.

Son aproximadamente las 7:45 de la mañana y el sol todavía no entra en la iglesia porque la montaña aún lo tapa. Dentro todo está muy oscuro, pero se distingue bien el altar mayor ricamente tallado y dorado con imágenes muy bellas y antiguas, como la pequeña imagen de la Virgen en su altar-cajita, la Reina Chica como la llaman, réplica de la principal, ya que al igual que en Cocharcas donde existen dos similares, son portátiles, y las usan para peregrinar en las proximidades, avivar su devoción y pedir limosna según dicen los lugareños.

Regia, maternal y atrayente

La patrona, Nuestra Señora de Caype, ocupa el lugar principal del altar mayor, regia y maternal, de un semblante muy suave y atrayente, que a pesar de la oscuridad es tan visible que se puede decir que brilla con luz propia.

Una callecita del poblado de Caype

En unos momentos más los primeros rayos de sol penetran las estrechas ventanas del lado izquierdo de la iglesia e iluminan poco a poco aquellos tesoros que ni el tiempo, ni el olvido e ingratitud de los devotos, o la rapiña de los impíos, han destruido por completo. Pero su estado es lamentable: los dos altares laterales parece que se fueran a derrumbar en cualquier momento, y el púlpito de estupenda talla es lo único que se aprecia sólido y esbelto, en aparentes buenas condiciones.

Los pocos habitantes de Caype son atentos y muy amables con los peregrinos. Un caballero invitó a nuestro enviado un refresco, y aunque no hablaba castellano se hizo entender: quería que diéramos a conocer el estado de su iglesia, para que alguien se interese por su restauración y done lo necesario para su refacción. Una anciana viuda lo invitó a desayunar a su casa: le acomodó encima de una piedra que tenía cueros de oveja y le sirvió un preparado de hierbas acompañado de arroz y mote. ¡Nunca olvidará cuán sabroso estaba!

Quiera la Santísima Virgen apresurar el día, no muy lejano, en que todas las maravillas del alma y de la civilización cristina en el Perú, puedan retomar el brillo y el esplendor de otrora, y mucho más... Y que aquellas almas que perseveran en la Fe, sean recompensadas con la aurora del Reino de María, tras los acontecimientos previstos por la Santísima Virgen en Fátima.

Nota.-

* Marcelo Arduz Ruiz, La Virgen de Copacabana en la provincia de Abancay, en “El Diario”, La Paz, 5/10/1997.


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